Actualmente vivimos en medio de una densa neblina moral, una época donde el brillo de las pantallas y las tendencias del momento nos bombardean con la idea de que la verdad es subjetiva, llamando a lo que Dios ha llamado malo como bueno, y viceversa. Es una generación que, como un barco que ha perdido su brújula en alta mar, deambula sin rumbo en su oposición a Dios. Basta con mirar a nuestro alrededor para notar esta penumbra: observa las noticias sobre los gobernantes de tu nación, cuyas vidas a menudo se caracterizan por oscuridad moral; piensa en las conversaciones de tus familiares incrédulos, saturadas de vanidad, o en el vacío que gobierna las motivaciones y deseos de tus vecinos. Sin duda, todos podemos estar de acuerdo en que vivimos en tiempos de profunda oscuridad moral.
Sin embargo, no haré de este artículo otra de las muchas críticas a nuestra sociedad actual; mi mayor preocupación no es la tormenta exterior, sino que esa oscuridad se ha posado sobre la iglesia y ha comenzado a atenuar su luz. Como sucedió siglos atrás en Edén, hemos cambiado la claridad de la verdad de Dios por el espejismo sutil del enemigo, y corremos el riesgo de perder el propósito para el cual hemos sido puestos en esta tierra: ser la luz del mundo (Mt 5:14) y reflejar a Aquel que es la Luz Verdadera (Jn 1:9).
Ante este escenario, surgen preguntas fundamentales para todo cristiano. ¿Es nuestra vida radicalmente diferente a la vida de los incrédulos que nos rodean, como la luz es radicalmente diferente de las tinieblas? ¿Son nuestras motivaciones y deseos un contraste evidente frente a los de aquellos que no creen en Jesucristo? Hoy quiero dirigirme a ti, hermana en Cristo. ¿Estás siendo un reflejo de la luz de Cristo en medio de este mundo de oscuridad?

Reflejando la luz de Cristo
Pablo escribió a los cristianos que vivían en Filipos para exhortarlos a ser lumbreras en medio de un mundo tenebroso. En Filipenses 2:14-15, leemos: “Hagan todas las cosas sin murmuraciones ni discusiones, para que sean irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin tacha en medio de una generación torcida y perversa, en medio de la cual ustedes resplandecen como luminares en el mundo”.

Con la expresión “una generación torcida y perversa”, se refería a una sociedad que había perdido su rumbo correcto y que se caracterizaba por una moral completamente depravada, como la sociedad en la que vivimos hoy. Las palabras de Pablo son, entonces, igualmente relevantes para los cristianos de hoy.
Según este pasaje, la exhortación de Pablo a los cristianos de ser como “luminares que resplandecen en el mundo” tiene dos aspectos prácticos: hacer todo sin murmuraciones ni discusiones, y ser irreprensibles. Consideremos ambos aspectos de forma práctica para la mujer cristiana de hoy.

Reflejar a Cristo haciendo todo sin murmuraciones
La palabra “murmuraciones” en este pasaje no se refiere al chisme, sino a la queja. Aunque el deseo de quejarnos es común para la mayoría de nosotras, debemos reconocer que esta actitud es pecaminosa y contraria al reflejo que debemos dar de Cristo.
Cuando nos quejamos, estamos rechazando lo que Dios soberanamente ha elegido para nosotras; aceptamos la doctrina de la soberanía de Dios en nuestra mente, pero realmente no confiamos en el gobierno bondadoso de Dios sobre nuestra vida. Al quejarnos, actuamos como el pueblo de Israel en medio del desierto, quien luego de ser liberado por Dios de su opresión, desconfiaba de su cuidado soberano. Sobre esta actitud se advierte severamente: “Ni murmuren, como algunos de ellos murmuraron, y fueron destruidos por el destructor” (1Co 10:10).

Amada hermana, ¿Tienes esta actitud de murmuración? Si estás soltera, ¿te quejas por no tener un esposo? Si estás casada, ¿te quejas porque tu esposo no es el líder que debería ser? Si no tienes hijos, te quejas por no poder disfrutarlos, pero si los tienes, te quejas de no poder tener un fin de semana de descanso. La queja es un pecado que solemos ignorar, y una actitud permanente entre los que están sin Cristo; debemos combatirlo hoy mismo si deseamos reflejar a Cristo como Él merece.
Debemos confiar en Dios y tener gozo en medio de la angustia al abrazar Su voluntad sin murmurar contra Él. Podemos confiar en que Dios es bueno y misericordioso, pues Su Palabra asegura: “Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a Su propósito” (Ro 8:28).

Refleja a Cristo siendo irreprensible
Ser irreprensible podría entenderse como un mérito excepcional, el carácter de alguien de quien no hay nada malo que decir. Desde mi perspectiva, Daniel es un ejemplo de alguien irreprensible en medio de un contexto malvado, de quien sus enemigos dijeron: “No hallaremos ningún motivo de acusación contra este Daniel a menos que encontremos algo contra él en relación con la ley de su Dios” (Dn 6:5).
Hermana, que todo lo “malo” que tengan que decir de nosotras sea que seguimos a Cristo radicalmente, que le amamos, y que actuamos conforme a Su Palabra, aunque a los ojos de nuestra sociedad actuemos con locura; no debe extrañarnos que las tinieblas rechacen la luz, o quieran opacarla. Reflejamos a Cristo cuando el cuidado de nuestros hijos en el hogar es una prioridad antes que buscar el reconocimiento del mundo, cuando amamos a nuestros maridos y nos sujetamos a ellos, respondiendo con bien si recibimos el mal.
Los cristianos somos la luz del mundo, porque reflejamos a la Luz Verdadera. Reflejamos a Cristo cuando vivimos como Él, sin quejas, aun cuando iba camino a la cruz, y siendo irreprensibles en medio de una generación perversa. Si las tinieblas son cada vez más densas, no dejemos que nuestra luz se ahogue. Así, cierro con la exhortación de nuestro Señor en el Sermón del Monte:
Ustedes son la luz del mundo. Una ciudad situada sobre un monte no se puede ocultar; ni se enciende una lámpara y se pone debajo de una vasija, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en la casa. Así brille la luz de ustedes delante de los hombres, para que vean sus buenas acciones y glorifiquen a su Padre que está en los cielos (Mt 5:14-16).