Durante algún tiempo he meditado sobre cómo interpretamos los movimientos, enseñanzas, modas y formas de pensar que se aglomeran en todos los medios de comunicación para terminar siendo enseñados en las aulas de educación. A veces los interpretamos desde nuestras circunstancias, otras veces desde la tradición y otras desde lo que hemos vivido. Pocas veces vemos hacia atrás a la evidencia histórica y, como cristianas, no siempre comparamos lo que pensamos y experimentamos con la Biblia.
La teología feminista, por ejemplo, si es leída desde la perspectiva de una mujer que ha sufrido violencia, seguro será un aliento a su alma y una forma de envalentonarla para seguir adelante. El pensamiento progresista que impera hoy, sobre todo entre los jóvenes que no conocen un mundo sin redes ni tecnología, seguramente verán como innecesario preservar la unidad familiar frente a su éxito personal.

Y esto no solo afecta a nivel cultural. Si permitimos que la cultura moldee nuestra forma de pensar, entonces lentamente, será nuestra base para todo, para toda opinión que tengamos del mundo y de nuestro corazón. Además, cada interpretación, si no es hecha bajo el poder del Espíritu Santo y la Palabra de Dios, se centrará en el ser humano, como la era moderna lo ha hecho. Así que, no es una sorpresa que el feminismo engañe a las mujeres para ser su propio dios y que ellas son dueñas de ellas mismas.
El pensamiento de una mujer necia
Una de las razones por las que se abraza todo pensamiento que enaltece a la mujer es precisamente porque después de la caída en Génesis 3, deseamos ser nuestro propio dios y el corazón se inclina a lo que no le conviene porque su visión ha sido distorsionada por el pecado. No podemos confiar en nuestros instintos, ni en las experiencias, ni en los juicios que hacemos si no están bañados de la verdad de Dios.

Una mujer necia es aquella que, como bien dice Proverbios 9:13-15 es: “La mujer insensata es alborotadora, es simple y no sabe nada. Se sienta a la puerta de su casa, en un asiento, en los lugares altos de la ciudad, llamando a los que pasan, a los que van derechos por sus sendas: ‘El que sea simple, que entre aquí’”. La necedad no llama al decoro ni a la prudencia, sino a la controversia y a opinar por todo y por nada. Y no solo eso, una mujer necia invita a otros a ser parte de su necedad porque su pasión por demostrar su punto de vista hierve fuerte dentro de ella.
¿Acaso te identificas? ¿Cuántas veces Dios dice “no” y tu persistes? ¿Cuántas veces sabes que no debes responder así, quizá con mentira o con dureza, pero lo haces? ¿Cuántas veces contagias a tus hijos con lo que opinas de otros? ¿Cuántas veces hieres con tus palabras y luego te justificas? ¿Cuántas veces tu esposo te llama la atención sobre una actitud y le das la espalda? ¿Cuántas veces una hermana en la fe te confronta con un pecado y la bloqueas de tus redes? Una mujer necia es incorregible, se queda en su trono y no escucha… tristemente ni a Dios; una mujer necia es religiosa, porque aunque asista a la iglesia todos los domingos, su corazón está lejos de allí.

El pensamiento de una mujer sabia
No debe ser así en el pensamiento de las hijas de Dios que se han rendido a Él. Este artículo no es para colocar a una mujer por sobre otra, porque en el proceso de santificación, todas hemos pasado de ser necias a ser un poco más sabias cuando hemos sido quebrantadas por el Espíritu Santo y respondido a Su llamada de atención. Sabemos que la obra santificadora del Espíritu es Suya, pero nosotras tenemos una responsabilidad de responder a lo que ya ha dicho que debemos hacer. Así que, no te sientas desanimada si aún hay rastros de necedad en tu vida, más bien, pídele a Dios que te permita verlos para entregarlos a Él.

Una mujer sabia tiene como prioridad a Dios y Su Palabra porque es su alimento que da forma a sus pensamientos. En momentos de aflicción, de toma de decisiones o de temor, ella tiene pensamientos santos sobre los cuales actuar. Mujer, cada momento que meditas en la Palabra y la guardas en tu corazón son como municiones que tienes para disparar contra la tentación de ser el centro y buscar tu camino.
La sabiduría es poner por obra Su Palabra y lo que haces, hablas, decides y piensas proviene de tu corazón. ¿De qué está lleno tu corazón? La mujer sabia, al contrario de la necia, es humilde, piensa en los demás ante que en ella, piensa en la gloria de Dios y no en la de ella, es prudente con sus labios y es compasiva con los errores de otros, no se toma todo personal, sino que recuerda la misericordia con la que Dios la ha investido cada día para darla a otros, especialmente a los de su hogar. La mujer sabia reconoce que amar a Dios por sobre todas las cosas es el antídoto perfecto para la mortal enfermedad del pecado que te quiere dominar.

¿Qué debes dominar?
Las mujeres ejercen dominio, pero sobre ellas mismas con el poder del Espíritu Santo. Son guardianas que dependen de Dios, no controladoras que dependen de sí mismas. Las hijas de Dios caminan solas, según sus sentimientos o perspectivas aisladas del consejo de la Biblia y de su comunidad. Las hijas de Dios no se justifican que “así es su personalidad” y por eso su lengua está golpeando a cada simple que se acerca. Necesitamos dominar la lengua que es el megáfono de lo que reside en su corazón.
Las hijas de Dios dominan su boca para no provocar riñas (Pro 18:6-7); aprenden a callar porque lo que más desean no es su deseo, sino el de Dios (Pro 14:1); buscan consejo de otros (Pro 18:1); aprende escuchar antes de responder (Stg 1:19); enseñan con la verdad (Pro 31:26); hacen grato tener conocimiento divino (Prov. 15:2); la prudencia las caracteriza (Pro 16:21).
Las mujeres deben dominar sus pasiones que guían sus decisiones sobre cómo vivir. Por ejemplo, las compras, la cantidad de tiempo en las redes sociales, el deseo de tener un cuerpo como el de una joven de 20 años, el deseo de un mejor esposo o incluso de arrepentirse de estar casada, anhelar que los hijos sean mejor portados que el de otra hermana, y puedo seguir.
Mujer, domina los pensamientos que dejas anidar en tu corazón, lo que sale de tu boca y las pasiones guían tus actos. No estás sola en esta tarea, el Espíritu Santo te ayuda por medio de Su Palabra para traer convicción de pecado y para recordarte las palabras de Jesús: eres amada, justificada, santificada y perdonada para que puedas vivir en la libertad de hacer la voluntad de Dios.