Respiro profundo y pongo la pluma sobre el papel. Pero las palabras no fluyen. Todavía no. Me detengo un momento para organizar mis pensamientos. Sé que debo preparar una expresión de simpatía, escribir una carta de condolencia a un amigo que ha sufrido una pérdida trágica. Quiero que él conozca mi amor, mi apoyo y mi consuelo en esta, su hora más difícil. Me imagino a aquel que vivió y murió, que floreció por un tiempo, pero que pronto se fue como las flores que se marchitan, como el polvo que sopla el viento. Y veo una vez más la naturaleza fugaz de la vida.
La vida es fugaz; fugaz como el rocío que se asienta sobre la hierba en la oscuridad de la noche, pero que luego se evapora con el primer calor de la mañana.
La vida es fugaz; fugaz como las hojas del árbol que se abren en primavera, que captan la luz del sol durante el verano, pero que caen al suelo en los primeros días frescos del otoño.
La vida es fugaz; fugaz como el lirio que florece en la oscuridad de la noche, que muestra su belleza por un solo día, pero que al atardecer se apaga y se marchita. Está aquí hoy, pero mañana ya no está, y su lugar no lo reconoce más.

La vida es fugaz; fugaz como la neblina que se levanta en el aire fresco de la mañana, pero que luego es disipada por la brisa más suave. Es fugaz como la nieve de primavera que cae de un cielo frío, pero se derrite en el momento en que toca el suelo cálido. Es fugaz como un barco que se desvanece en la distancia y navega hacia el horizonte lejano, fugaz como un tren que pasa veloz con un estruendo y desaparece. Apenas tomamos nuestro primer aliento antes de dar el último. Apenas abrimos los ojos antes de cerrarlos una vez más. Apenas vivimos antes de morir.

No es de extrañar que el sabio diga: “Ciertamente, si un hombre vive muchos años, que se regocije en todos ellos; pero que recuerde que los días de tinieblas serán muchos. Todo lo que viene es vanidad” (Ec 11:8). Esto es vapor, humo, polvo. Hay un tiempo para vivir y un tiempo para morir. Pero el tiempo para vivir parece tan corto y el tiempo de estar muerto tan largo.
Aun así, debo creer que, aunque la vida es fugaz, es preciosa. Aunque la vida termina tan pronto, importa muchísimo. Porque aunque la vida termina, esta continúa; porque aunque durmamos en el polvo, resucitaremos. El tiempo está ligado a la eternidad. Por eso: “Teme a Dios y guarda Sus mandamientos, porque esto concierne a toda persona. Porque Dios traerá toda obra a juicio, junto con todo lo oculto, sea bueno o sea malo” (Ec 12:13-14). Es por medio de la vida que nos preparamos para la muerte, y es por medio de la vida que vivimos en este mundo que nos preparamos para la vida que viviremos en el próximo.

Así que la vida es preciosa; preciosa como el oro que adornaba el templo donde el pueblo de Dios iba a inclinarse y a adorar, servir y sacrificar.
La vida es preciosa; preciosa como la sangre esparcida apresuradamente en los postes de las puertas, la sangre del cordero pascual que distinguía a los israelitas de los egipcios, a los objetos de misericordia de los objetos de ira.

La vida es preciosa; preciosa como las joyas sobre el sumo sacerdote mientras entraba al Lugar Santísimo para rociar sangre sobre el propiciatorio, para buscar el favor de Dios por otro año.
La vida es preciosa; preciosa como la perla que encontró un comerciante, la cual tenía un valor tan grande que vendió todo lo que tenía para adquirirla y la consideró el mejor de todos los negocios. Es preciosa como un tesoro escondido en un campo, preciosa como las puertas de perlas en la Nueva Jerusalén, preciosa como sus calles de oro.
Y así, ambas cosas son ciertas y ninguna disminuye a la otra. La vida es fugaz y frágil, pero preciosa y profundamente significativa. Aunque es corta, tiene trascendencia. Aunque termina inevitablemente, importa mucho. Aunque no es más que un instante y un suspiro, tiene el valor más alto.
Con eso en mente, puedo preparar una expresión de simpatía que reconozca tanto la importancia de una vida vivida como la tragedia de una vida perdida; tanto el dolor de una vida que ha terminado como el gozo de una vida que nunca terminará.
Publicado originalmente en Challies.