Las Bienaventuranzas son muy conocidas y, con razón, muy queridas, pero a veces las leemos sin prestarles la debida atención y no nos detenemos a reflexionar sobre su mensaje. Además, pueden resultar difíciles de entender. Al fin y al cabo, ¿qué quiere decir Jesús cuando enseña que los “pobres de espíritu” tienen el reino o que “los que lloran” encontrarán de alguna manera consuelo? ¿Qué tipo de lógica utiliza Jesús cuando dice que los perseguidos por causa de la justicia son, en realidad, bienaventurados?
Por otra parte, los sutiles imperativos implícitos en las bienaventuranzas pueden parecer imposibles de obedecer. Después de todo, ¿quién es siempre “misericordioso” y “puro de corazón”? ¿Quién de nosotros nunca deja de “tener hambre y sed de justicia” y busca siempre la paz? Aunque los cristianos buscamos estas virtudes, con demasiada frecuencia, ¡especialmente los lunes por la mañana!, sentimos lo lejos que estamos de la vida virtuosa que nos imponen las bienaventuranzas.
Necesitamos identificar qué son las bienaventuranzas para discernir cómo funcionan. Debemos verlas como invitaciones de Jesús moldeadas por el Antiguo Testamento, dirigidas a los que están vacíos y destinadas a producir fe en Cristo. Cuando las leemos correctamente, las vemos como un regalo bueno y misericordioso de Jesús que nos señala el camino hacia la vida bendita.

Las bienaventuranzas como invitaciones
Primero, las bienaventuranzas son invitaciones a una vida de gozo eterno. Cada una de las bienaventuranzas comienza con la palabra griega makarios, que en las Biblias en español se traduce con frecuencia como “bienaventurado”. El término se refiere al estado feliz de alguien que está viviendo una buena vida. Debido al uso generalizado del término en antiguos textos griegos, tanto religiosos como seculares, Friedrich Hauck postuló la existencia en la antigüedad de “un género específico de bienaventuranza para ensalzar la fortuna que le corresponde a alguien y para exaltar a esta persona sobre la base o condición de la buena fortuna” (Theological Dictionary of the New Testament [Diccionario teológico del Nuevo Testamento], 4:363).
¿Qué significa esto para nuestra comprensión de las bienaventuranzas? Significa que Jesús comenzó Su sermón con la intención de despertar nuestro interés invitándonos a la buena vida. Capta nuestra atención ofreciéndonos una felicidad profunda y duradera si escuchamos Sus instrucciones. De hecho, la primera palabra que sale de Su boca es makarios, y por si se nos pasó por alto, la repite ocho veces más en el párrafo inicial del sermón.
Las repetidas invitaciones de Jesús nos motivan al aprovechar nuestro deseo innato, dado por Dios, de felicidad y gozo duraderos, y nos guían hacia esa existencia feliz al señalarnos su fuente. Como dice Jesús al final de Su sermón, tales oyentes son como un hombre prudente cuya casa está construida sobre la roca y nunca es sacudida (Mt 7:24-25).

Invitaciones moldeadas por el Antiguo Testamento
Pero las bienaventuranzas no son simplemente invitaciones; son invitaciones moldeadas por el Antiguo Testamento. Jesús no predicó Su sermón en un vacío teológico, sino que entretejió en él temas que surgen de la ética y la escatología del Antiguo Testamento, conceptos que evocan las instrucciones y promesas presentes en él. La siguiente lista ilustra el tipo de temas y textos del Antiguo Testamento que sustentan las bienaventuranzas. (Los textos del Antiguo Testamento se enumeran en las páginas 8–9 de la 27.ª edición del Nuevo Testamento griego de Nestle-Aland [Nestle-Aland Greek New Testament])
- Pobres de espíritu: Salmo 34:18; Isaías 57:15; 61:1.
- Consuelo para los que lloran: Isaías 61:2-3.
- Los mansos heredarán la tierra: Salmo 37:11 (ver también Deuteronomio 4:38).
- Satisfacción para los hambrientos y sedientos: Salmo 107:5, 9.
- Bendición para los generosos y misericordiosos: Proverbios 14:21.
- Los de corazón puro verán a Dios: Salmo 24:3-4; 73:1 (ver también Génesis 20:5).

Saber cómo el Antiguo Testamento da forma a las bienaventuranzas nos ayuda a entender lo que Jesús quiso decir. Por ejemplo, Jesús promete consuelo a los que lloran (Mt 5:4). ¿Es esta una promesa general para cualquiera que se sienta triste? ¿O se aplica más específicamente a ciertos afligidos? Conocer el contexto de Isaías 61 nos ayuda a responder esta pregunta, pues en Isaías 61:2-3 la palabra “llorar” aparece tres veces para referirse a aquellos en Sión que esperan en la futura salvación del Señor. Lloran, escribe Dale C. Allison Jr., “porque los justos sufren, los impíos prosperan y Dios aún no ha rectificado la situación” (The Sermon on the Mount [El Sermón del Monte], 47). Lloran porque sus corazones y el mundo que los rodea están quebrantados, y anhelan que Dios haga nuevas todas las cosas (Ap 21:5).
Un ejemplo similar proviene de la promesa de Jesús de que los mansos heredarán la tierra (Mt 5:5). ¿A quiénes se refiere Jesús cuando habla de los mansos? Probablemente, Jesús alude al Salmo 37:11, que contiene la frase “los mansos heredarán la tierra”.
En el Salmo 37, los mansos se identifican como aquellos que confían en el Señor y esperan pacientemente en Él para su vindicación. En lugar de vengarse de los impíos que prosperan a su alrededor, se abstienen de la ira y son mansos mientras esperan en el Señor (Sal 37:8-11).

Estos dos ejemplos ilustran la importancia de interpretar las invitaciones de Jesús en las bienaventuranzas a la luz del Antiguo Testamento. Específicamente, el Antiguo Testamento aclara que la buena vida a la que Jesús nos invita se ofrece a aquellos que confían en Él y anhelan que venga Su reino. Anclar nuestra interpretación al Antiguo Testamento nos protege de los errores de universalizar las palabras de Jesús o recrearlo a nuestra propia imagen.
Invitaciones a los “vacíos”
La estructura de las bienaventuranzas también nos ayuda a comprender el significado de las palabras de Jesús. Hay nueve declaraciones makarios, pero hay buenas razones para pensar que hay ocho bienaventuranzas distintas con una adicional al final. Primero, la bienaventuranza adicional rompe el ritmo. Las primeras ocho bienaventuranzas hablan en tercera persona (“Bienaventurados los que…”), pero la última cambia a la segunda persona (“Bienaventurados [ustedes]…”). En segundo lugar, el contenido de la novena bienaventuranza no difiere sustancialmente de la octava, sino que más bien la reafirma y la amplía. Por último, la primera y la octava bienaventuranzas se reflejan mutuamente, ya que ambas contienen la frase “el reino de los cielos” e identifican el reino como posesión actual de los creyentes (“de ellos es el reino de los cielos”). Por el contrario, las otras bienaventuranzas no mencionan “el reino de los cielos” y hablan únicamente de una promesa futura.

Además, dentro de las ocho bienaventuranzas distintas hay dos grupos de cuatro: Mt 5:3-6 y Mt 5:7-10. El primer grupo enfatiza la bendición para los vacíos; el segundo, la bendición para los llenos. En el primer grupo están los pobres en espíritu, los que lloran, los mansos y los hambrientos. Sienten su insuficiencia espiritual, su quebrantamiento y su falta de justicia. Incluso su mansedumbre puede definirse negativamente como la moderación de la fe. El segundo grupo, por otro lado, está lleno de misericordia, pureza, paz y justicia. Mientras que el primer grupo tiene hambre y sed de justicia, el segundo grupo ha sido colmado de ella hasta el punto de sufrir persecución.
La estructura de las bienaventuranzas nos enseña que, en el sermón, Jesús invita a los vacíos a venir y ser llenos. Jesús no ofrece la felicidad definitiva a quienes confían en sí mismos para obtener riquezas espirituales, restauración y justicia. Más bien, Jesús ofrece la vida del reino a quienes están vacíos y, con fe, lo buscan a Él para su bien eterno. Y al hacerlo, Jesús promete que no dejará a Sus seguidores vacíos, sino que los llenará infaliblemente. Debido a que descansan en Sus promesas, Él los llenará con Su misericordia, pureza, paz y justicia, cada vez más en esta vida y plenamente en la próxima. No los dejará como están, sino que los transformará de gloria en gloria (2Co 3:18).
Invitaciones a confiar en Jesús
Por último, las bienaventuranzas nos invitan a confiar en Jesús. Al comienzo de Su sermón, Jesús establece no solo los parámetros de una vida bendita, sino también el modelo de Su propia vida y ministerio. Como muestra el resto del Evangelio de Mateo, Cristo vivió las bienaventuranzas a la perfección.
Por ejemplo, al llamarnos a la mansedumbre, Él mismo fue manso y humilde (Mt 11:29; 21:5). Al animarnos a tener hambre y sed de justicia, Él mismo tuvo más hambre de la Palabra de Dios que de pan (Mt 4:1-4). Siguió la invitación a mostrar misericordia al mostrarla constantemente a lo largo de Su ministerio (Mt 9:27; 15:22; 17:15; 20:30-31). A diferencia de los fariseos, Jesús mostró una preocupación genuina por la pureza de corazón (Mt 15:17-20; 23:25-28). Como Hijo de Dios, fue el pacificador por excelencia en Su obra salvadora y, más que cualquiera de nosotros, fue perseguido por causa de la justicia.

Como nuestro representante y precursor, Jesús vivió decididamente las bienaventuranzas en nuestro lugar, consumando y cumpliendo toda justicia por nosotros (Mt 3:15). Como nuestro ejemplo, Él modeló la vida cristiana con Su gozo profundo y duradero. De esta manera, tenemos en Jesús no solo un Maestro, sino también un Salvador, y aunque ahora lo seguimos con pasos vacilantes, lo seguiremos, pues Él nos ha precedido y por la fe le pertenecemos. Y por medio de nuestra fe en Él, disfrutamos tanto ahora como para siempre del gozo feliz al que Él nos invita en las bienaventuranzas.
Publicado originalmente en Desiring God.