Hace años, cuando la conferencista provida Gianna Jessen habló en nuestra iglesia, dijo muchas cosas memorables. La que más se me quedó grabada es que para ser seguidor de Cristo hay que estar dispuesto a ser odiado.
Estoy de acuerdo, y de eso es de lo que quiero hablar. Por supuesto, esto no significa ser odioso. Tampoco significa buscar ser odiado. O tener un complejo de persecución, de modo que pienses que a la gente no le gustas porque sigues a Cristo, cuando en realidad no les gustas porque simplemente eres grosero o desagradable.
Estoy totalmente a favor de la cortesía, la amabilidad y el amor con espíritu de servicio al decir la verdad. Busco practicar esto con los no cristianos que me rodean. Pero en algún momento, la mayor bondad que podemos ofrecerles, que surge de una vida de humildad y fidelidad a Cristo, es la buena noticia acerca de Jesús. (Esa buena noticia en realidad implica algunas noticias muy malas sobre la pecaminosidad humana, que es lo que hace que la cruz sea ofensiva, lo que significa que molesta a la gente).

El peligro surge cuando vivimos con tanto miedo a que nos etiqueten erróneamente que no nos atrevemos a dar un paso adelante como seguidores de Jesús sin complejos y sin vergüenza. Pueden llamarnos fanáticos de Jesús, ignorantes, poco cool, intolerantes o lo que quieran, no pasa nada. Debemos hacer lo que creemos que agrada a nuestro Señor, sin importar cómo se refleje en las encuestas de opinión. Eso incluye amar a los demás y dar de manera radical, ministrar a los desamparados, abordar las adicciones, decir que creemos que está mal matar a niños de todas las edades y ayudar a las personas a encontrar alternativas. No hacemos estas cosas buscando la aprobación de nuestra cultura, sino la de nuestro Rey.
Si buscamos la aprobación de nuestra cultura, o bien nunca la obtendremos, o bien la obtendremos a costa de dejar de representar a Cristo. Se nos promete que, si vivimos piadosamente en Cristo Jesús, sufriremos persecución. Si no estamos sufriendo persecución, en algún grado, ¿qué nos sugiere eso?

Sin duda debemos ser amables, y es triste cuando los cristianos no lo son. Pero también es triste cuando imaginamos que la “amabilidad” tiene un impacto mayor del que realmente tiene. La amabilidad no es el evangelio. Algunos conceptos modernos de evangelización son poco más que ser amable con tu vecino y prestarle tu cortadora de cesped con la esperanza de que, de alguna manera, él venga a Cristo sin que tú tengas que decir las palabras del evangelio, lo cual correría el riesgo de que él piense que eres raro. Nuestro buen ejemplo es importante, pero no es suficiente. Hay verdades reales con las que hay que lidiar al rendirnos a Jesús (1Co 15:1-6). Y estas verdades se expresan con palabras.
Estoy totalmente a favor del análisis de la audiencia y de comprender las percepciones de esta generación y hablar de una manera que puedan entender. Pero en lugar de dejar que el mundo establezca nuestra agenda y las reglas básicas de lo que podemos y no podemos decir, preguntémosle al Señor cuál es la mejor manera de llevar el mensaje atemporal del evangelio a estas personas.

Pero, y digo esto a partir de algunas conversaciones que he tenido con cristianos “geniales”, la respuesta no es alterar el contenido del evangelio para convertirlo en algo con lo que todos puedan estar fácilmente de acuerdo. Si el evangelio se convierte en nada más que el reflejo de una cosmovisión que ellos ya tienen, no tiene nada que ofrecerles. Es el evangelio de Dios. Dado el precio que Él pagó en la cruz para ofrecerlo, Él tiene el derecho de decir cosas difíciles, tales como que Jesús es el único camino al Padre y que estamos destinados al infierno sin Él. Ese mensaje no es popular y nunca lo será. Nuestra tarea no es editar el mensaje, sino transmitirlo.
Entre algunos creyentes, la definición de un buen cristiano es mantener las creencias en privado, no desafiar a quienes comparten públicamente creencias que deshonran a Cristo, y evitar la controversia a toda costa para que no se nos perciba como “ese tipo de cristianos” que supuestamente favorecen la Inquisición y viven para quemar brujas. Queremos tanto que el mundo nos quiera, que terminamos distanciándonos de la fe cristiana histórica, de la doctrina bíblica (incluido el infierno) y de las iglesias (porque todos son hipócritas, excepto nosotros). Terminamos haciéndonos indistinguibles del mundo y, por tanto, no tenemos nada que ofrecerle.

A veces nos erigimos en defensores de la moralidad poniendo los ojos en blanco ante esos predicadores callejeros, felicitándonos por no ser así. La predicación callejera no es lo mío, pero puedo darte nombres de personas que han venido a Cristo por medio de la predicación callejera. Es más difícil nombrar a aquellos que han venido a Cristo mediante cristianos que piensan que no es “cool” decirle a la gente la verdad bíblica de que necesitan arrepentirse de sus pecados (sinónimo de males; básicamente un gran insulto), y volverse a Cristo para ser salvos del infierno.
No es nuestro trabajo ser populares. No somos concursantes de American Idol. Y no somos los redactores de discursos ni el equipo de relaciones públicas de Cristo, retocando a Jesús para que tenga mayor atractivo ante las personas que no quieren escuchar lo que Él dijo sobre el pecado y el infierno. Él es el Rey, Él toma las decisiones, nosotros solo somos Sus embajadores. Así que representemos al Jesús real, al Jesús completo, no solo al Jesús culturalmente aceptable.

No hay nada nuevo ni posmoderno en que el evangelio aleje a algunas personas. Eso siempre ha sido así, al igual que siempre ha sido cierto que algunas personas anhelan escucharlo y apreciarán profundamente que hayas tenido el valor suficiente para hablarles de Jesús.
Como dijo D. L. Moody cuando alguien criticó su enfoque de la evangelización: “Me gusta más la forma en que yo lo hago que la forma en que tú no lo haces”.
No es misericordioso ni amable ocultar el evangelio a aquellos que, según Jesús, irán al infierno sin Él. A veces, lo que imaginamos que es nuestra misericordia y amabilidad es, en realidad, indiferencia o cobardía.
“Y ustedes serán odiados de todos por causa de Mi nombre” (Mr 13:13).
“Si el mundo los odia, sepan que me ha odiado a Mí antes que a ustedes” (Jn 15:18).
Publicado originalmente en Eternal Perspective Ministries.