¿Está Dios enojado conmigo cuando peco?

Aunque Dios se desagrada cuando pecamos, Él nunca nos mira con desdén.
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Como puedes imaginar, recibimos muchas preguntas sobre lo que significa vivir como hijo de Dios. Somos transformados de rebeldes contra el Rey a hijos del Rey. Así que, ¿cómo cambia la disposición de Dios hacia nosotros? Y, en específico, ¿está Dios enojado con Sus hijos cuando pecan? Esta es la pregunta de una escucha llamada Kathleen. “¡Hola, Pastor John! Como creyente, ¿Dios sigue enojándose conmigo cuando peco? Yo creo que la ira de Dios es real y he abrazado la propiciación de Cristo por mis pecados. Pero lucho con entender la diferencia entre la ira de Dios y Su enojo por mi pecado antes y después de mi justificación. Personalmente, odio mi propio pecado y quiero deshacerme completamente de él. Pero, por ahora, ¿significa la muerte de Cristo por mis pecados y su subsecuente propiciación que Dios ya nunca se enoja conmigo cuando peco? O ¿es solo que Su ira final sobre mí ha sido satisfecha? ¿Cuál es la disposición afectiva de Dios hacia mí, en Cristo, cuando me tropiezo y peco en mi vida actual?”. Puede ser posible poner en un par de oraciones la compleja disposición afectiva de Dios hacia Sus hijos en esta época. Pero me parece que ese esfuerzo se queda corto de lo que las Escrituras en realidad hacen cuando las leemos para encontrar la disposición de Dios hacia nosotros. Puede ser de ayuda intentar sintetizar esas palabras; yo lo hago todo el tiempo. Eso es la predicación y la teología: el esfuerzo por entender todos los pasajes de la Biblia. Pero cuando se trata de ese momento en la mañana o en la noche cuando necesitamos una palabra de verdad y de firmeza y de ayuda y de ánimo, no son esas síntesis lo que tienen poder en nuestra vida sino las propias palabras de Dios mismo en la Escritura. Así que, permíteme hacer ambas cosas, pero pondré un énfasis especial en las Escrituras.

Disciplina, no condenación

Permíteme hacer una pequeña síntesis y luego referir a Kathleen a algunos pasajes específicos de la Escritura. Aquí está mi síntesis: La ira punitiva de Dios; es decir, Su ira de castigo o de condena, fue absorbida por completo cuando Cristo murió. Él se hizo maldición por nosotros. Él cargó nuestro pecado. Pero Dios aún puede enojarse y molestarse y entristecerse hacia Sus hijos amados en un sentido de disciplina, aunque no en un sentido de condena. Pongámoslo de manera positiva: Antes de ser creyentes, no podíamos agradar a Dios. “Sin fe es imposible agradar a Dios” (Hebreos 11:6). Antes, no podíamos agradar a Dios. Éramos por naturaleza hijos de ira (Efesios 2:3). Ahora que somos creyentes, sí agradamos a Dios y Él se deleita grandemente en nosotros como Sus hijos.

Nuestro alegre Dios

Esa es mi síntesis de lo que veo. Permíteme ahora volver a pasajes específicos para profundizar. Comencemos con la verdad fundamental de que Dios es un Dios que se alegra grandemente en proveer la esperanza del evangelio a los pecadores. En 1 Timoteo 1:11, Pablo se refiere al “glorioso evangelio del Dios bendito [o alegre]”. Nosotros debemos asegurarnos de sacar de nuestras mentes esa imagen de un Dios sombrío, cuyo Hijo de alguna manera se las arregló para contrabandearnos al cielo y ahora debemos mantenernos fuera de Su camino a menos que queramos que nos dé de cachetadas como tal vez lo hizo nuestro propio padre. Necesitamos deshacernos del pensamiento de que Dios es renuente a salvar a los pecadores. En Lucas 15, una y otra vez (como cuatro veces), habla sobre la felicidad. “Les digo que de la misma manera, habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentimiento” (Lucas 15:7). Sabemos que no solo está hablando de que los ángeles hacen fiesta, sino también Dios mismo, porque en la parábola del hijo pródigo, eso es exactamente lo que Él hace. Él sale corriendo. Toma a Su hijo en Sus brazos, lo abraza, hace una fiesta y dice: “Ven, hijo mayor, ven. ¡Está en casa, está vivo!”. Es decir, este padre está rebosante de felicidad, no de desgana, como si dijera: “Pues creo que tendré que salvar a mi hijo que desperdició mi propiedad”. Simplemente no es así.

Tristeza por el pecado

Él sí odia el pecado. Y no vamos a suavizar eso. Dios odia el pecado, incluyendo el mío, el pecado del John Piper regenerado. Dios odia el pecado, no solo porque lo deshonra sino también porque me daña a mí. El pecado nos daña a los creyentes. Efesios 4:30 dice que podemos entristecer a Dios con nuestro pecado. Y 1 Tesalonicenses 5:19 dice que podemos apagar el Espíritu con nuestro pecado. Es muy claro por 1 Tesalonicenses 4:1 que algunos comportamientos agradan a Dios y otros lo desagradan. Probablemente, el texto más importante donde vemos la tensión desde la perspectiva correcta es Hebreos 12:5-6: “Hijo Mío, no tengas en poco la disciplina del Señor, ni te desanimes al ser reprendido por Él. Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo”. Esto es lo que nos cuesta trabajo sentir cuando estamos siendo disciplinados, porque la disciplina aquí es por lo menos sufrimiento físico (puede que incluya otras cosas también). Sabemos que es sufrimiento físico porque dice: “Todavía […] ustedes no han resistido hasta el punto de derramar sangre” (Hebreos 12:4). Sabemos de qué tipo de cosas está hablando. Después, concluye que “[Dios] azota a todo el que recibe por hijo” (Hebreos 12:6). Luego, cita un proverbio comenzando con el versículo 10: “Él nos disciplina para nuestro bien, para que participemos de Su santidad. Al presente ninguna disciplina parece ser causa de gozo, sino de tristeza. Sin embargo, a los que han sido ejercitados por medio de ella, después les da fruto apacible de justicia” (Hebreos 12:10-11).

Amados con gran amor

Esto es lo que tenemos que afirmar y ver en estos textos. En todo esto y detrás de todo este entristecer y apagar y desagradar y la disciplina resultante, no debemos perder de vista los siguientes textos. Así que permíteme solo leerlos. Son gloriosos. Empápate de ellos. “Por tanto, ahora no hay condenación para los que están en Cristo Jesús” (Romanos 8:1). Se fue; se acabó. No hay culpa; no hay condenación; no hay castigo. Cristo lo tomó todo. “Entonces, ¿qué diremos a esto? Si Dios está por nosotros [y lo está por completo], ¿quién estará contra nosotros? El que no negó ni a Su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también junto con Él todas las cosas?” (Romanos 8:31-32). Dios está empeñado en darnos todo lo bueno para nosotros. Aquí está Efesios 2:4-5: “Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor [este es el único lugar donde el apóstol Pablo utiliza la frase gran amor] con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo”. Si estás vivo en Jesús (eso significa: si tu corazón está vivo a Jesús, ama Jesús y confía en Jesús), Él tiene un gran amor por ti y esa es la evidencia. Aquí está mi salmo evangelístico favorito: “No nos ha tratado según nuestros pecados, ni nos ha pagado conforme a nuestras iniquidades. Porque como están de altos los cielos sobre la tierra, así es de grande Su misericordia para los que le temen. Como está de lejos el oriente del occidente, así alejó de nosotros nuestras transgresiones”. Aquí es donde se pone realmente tierno y dulce: “Como un padre se compadece de sus hijos, así se compadece el Señor de los que le temen” (Salmos 103:10-13).

El Rey canta

“El Señor tu Dios está en medio de ti, guerrero victorioso; se gozará en ti con alegría, en Su amor guardará silencio, se regocijará por ti con cantos de júbilo” (Sofonías 3:17). ¿Puedes escuchar a Dios cantar? No, todavía no puedes porque aún no tienes oídos glorificados y no podrías soportarlo. Simplemente pensarías que son truenos fuertes. “No tengan miedo, mi rebaño pequeño, porque es la buena voluntad del Padre darles el reino” (Lucas 12:32, NVI). Ah, amo ese versículo. Su padre, rebaño pequeño, Él es un Padre, Él es un Pastor, Él es un Rey. Él no solo nos da el reino. Él se complace en dárnoslo. Él encuentra buena voluntad en darnos el reino. Aquí está Salmos 147:10-11: “No se deleita en la fuerza del caballo, ni se complace en las piernas ágiles del hombre. El Señor favorece a los que le temen, a los que esperan en Su misericordia”. La razón por la que pienso que esto es precioso es porque podrías decir: “Bueno, tengo fuertes piernas; puedo correr. ¿Por qué no se deleita Dios en mi fuerza?”. Hombre, esto está escrito para la última hora de tu vida. Quiero decir, algún día no tendrás más piernas. Estarás acostado en cama. Pesarás 40 kg. Estarás en pañal. Respirarás por tu boca y desearás estar muerto. En ese momento, no se requiere nada de ti sino esperanza en que Él se te deleita en ti en ese momento. Esas son buenas noticias. Esas son realmente buenas noticias para los indefensos. Y todos nosotros, tarde o temprano, estaremos indefensos. Este último texto es una de mis promesas favoritas del nuevo pacto, Jeremías 32:40-41: “Haré con ellos un pacto eterno, de que Yo no me apartaré de ellos para hacerles bien, e infundiré Mi temor en sus corazones para que no se aparten de Mí. Me regocijaré en ellos haciéndoles bien, y ciertamente los plantaré en esta tierra, con todo Mi corazón y con toda Mi alma”.

Desdén contra desaprobación

Tal vez pueda ofrecer una última palabra de resumen que pudiera ayudar a empatar el desagrado de Dios con nuestro pecado y Su deleite en nosotros como Sus hijos. Aunque Dios se desagrada cuando pecamos, Él nunca nos mira con desdén. Recuerdo hablar hace algún tiempo con una mujer que luchaba con sentir el afecto de Dios por un sentimiento continuo de desaprobación. Cuando le presenté la distinción entre la desaprobación por la conducta de alguien a quien amas y el desdén de alguien a quien encuentras repugnante, algo hizo clic en su cabeza. Tal vez esto podría ayudarte también. Él nunca nos mira con desdén porque siempre está a nuestro favor, nunca en contra de nosotros. Él siempre nos restaurará y nos llevará sin falta a una eternidad donde no lo entristeceremos ni lo apagaremos ni lo desagradaremos más.

John Piper

John Piper

John Piper (@JohnPiper) es fundador y maestro de desiringGod.org y ministro del Colegio y Seminario Belén. Durante 33 años, trabajó como pastor de la Iglesia Bautista Belén en Minneapolis, Minnesota. Es autor de más de 50 libros.

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