Enero 18
Oigan ahora, ustedes que dicen: “Hoy o mañana iremos a tal o cual ciudad y pasaremos allá un año, haremos negocio y tendremos ganancia”. Sin embargo, ustedes no saben cómo será su vida mañana. Solo son un vapor que aparece por un poco de tiempo y luego se desvanece. Más bien, debieran decir: Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello. Pero ahora se jactan en su arrogancia. Toda jactancia semejante es mala (Santiago 4:13-16).
Santiago habla del orgullo y la arrogancia, y de cómo se manifiestan de forma sutil. “Se jactan en su arrogancia. Toda jactancia semejante es mala”.
Cuando uno toma tres tipos de tentación: la sabiduría, el poder y las riquezas, y los lleva a la confianza en uno mismo, estos forman un poderoso incentivo hacia la expresión máxima del orgullo: el ateísmo. La manera más segura de permanecer superiores en nuestra propia estima es negar cualquier cosa que esté por encima de nosotros.
Por eso, los arrogantes se interesan en mirar a los demás con desdén. C. S. Lewis dijo: “Un hombre orgulloso siempre mira con desprecio a cosas y personas; y, por supuesto, cuando uno está mirando hacia abajo, no puede ver lo que está por encima suyo” (Mero cristianismo).
Sin embargo, para preservar el orgullo, sería más fácil proclamar que no hay nada que observar por encima de uno. “El impío, en la arrogancia de su rostro, no busca a Dios. Todo su pensamiento es: ‘No hay Dios’” (Salmos 10:4). Finalmente, los orgullosos deben persuadirse a sí mismos de que no hay un Dios.
Una razón para lo anterior es que la realidad de Dios es de una intromisión abrumante en cada detalle de la vida. El orgullo no puede tolerar la participación íntima de Dios inclusive en los asuntos simples de la vida.
Al orgullo no le agrada la soberanía de Dios. Por tanto, al orgullo no le agrada la existencia de Dios porque Él es soberano. Expresará esto al decir: “Dios no existe” o “Iré manejando a otra ciudad para Navidad”.
Santiago dice: “No estén tan seguros”. Mejor digan: “Si el Señor quiere, viviremos y llegaremos a esa ciudad para Navidad”.
El punto de Santiago es que Dios es el que decreta si llegaremos a esa ciudad, y si viviremos para terminar este devocional. Esto es extremadamente ofensivo a la autosuficiencia del orgullo: el no tener control, ¡aun sobre si se llega al final del devocional sin que a uno le dé un derrame cerebral!
Santiago dice que no creer en el derecho soberano de Dios de manejar los detalles de nuestro futuro es arrogancia.
La manera de combatir esta arrogancia es ceder a la soberanía de Dios en todos los detalles de la vida, y descansar en Sus promesas infalibles de que mostrará Su poder a nuestro favor (2 Crónicas 16:9), de que nos seguirá con el bien y la misericordia cada día (Salmos 23:6), de que obrará en favor de los que esperan en Él (Isaías 64:4) y de que obrará en nosotros lo que necesitamos para vivir para Su gloria (Hebreos 13:21).
En otras palabras, el remedio para el orgullo es una fe firme en la gracia de Dios para el futuro.
