El cambio es obligatorio para el cristiano. Dios nos salvó para que tengamos comunión con Él, seamos transformados a la imagen de Cristo y ayudemos a otros a hacer lo mismo. Por tanto, es imprescindible que entendamos la naturaleza del cambio, y eso significa que necesitamos apreciar la necesidad de la muerte en el cambio.

La necesidad de la muerte en la regeneración
La regeneración es el glorioso milagro por el cual los muertos espiritualmente reciben nueva vida en Cristo. La imagen de la muerte se usa con frecuencia para describir la condición en la que se encuentran los incrédulos. Efesios 2:1-5 dice: “… ustedes …estaban muertos en sus delitos y pecados, en los cuales anduvieron en otro tiempo… Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo”. Colosenses 2:13 declara: “Y cuando ustedes estaban muertos en sus delitos y en la incircuncisión de su carne, Dios les dio vida juntamente con Cristo, habiéndonos perdonado todos los delitos”. Y, 2 Corintios 5:17 presenta un concepto similar: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; ahora han sido hechas nuevas”.
Pero, la muerte necesaria para nuestra regeneración, no es la nuestra. Estábamos muertos, pero era la muerte de Jesús la que fue necesaria para darnos vida. Su sacrificio sustitutivo en la cruz compró vida para todos los que creen en Él. ¡Gloria a Dios que no tuvimos que hacer nada para nacer de nuevo! No era nuestra muerte la que se necesitaba.

La necesidad de la muerte en la santificación
Considera Juan 12:24. En este pasaje Jesús explica a los discípulos el costo del discipulado mientras les revela el precio que Él pagaría al cumplir la voluntad del Padre: “En verdad, en verdad les digo que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, se queda solo; pero si muere, produce mucho fruto. El que ama su vida la pierde; y el que aborrece su vida en este mundo, la conservará para vida eterna”.
Los dos aspectos que Jesús describe aquí, pueden parecer contradictorios si no se comprende plenamente la verdad bíblica que comunica. Jesús se refiere a dos tipos distintos de muerte. El primer tipo es el enfoque de este estudio. El segundo tipo es la muerte eterna. La persona que rehúsa participar en el primer tipo de muerte experimentará el segundo, pero quien participa del primero no necesita temer el segundo.

Considera también Lucas 9:23-24 (Comparar con Mateo 16:24): “Si alguien quiere seguirme, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por causa de Mí, ese la salvará”. Colosenses 3:5 y Romanos 8:12-13 son aún más específicos:
Por tanto, consideren los miembros de su cuerpo terrenal como muertos a la fornicación, la impureza, las pasiones, los malos deseos y la avaricia, que es idolatría (Col 3:5).
Así que, hermanos, somos deudores, no a la carne… Porque si ustedes viven conforme a la carne, habrán de morir; pero si por el Espíritu hacen morir las obras del cuerpo, vivirán (Ro 8:12-13).

Estos no son meros recordatorios en tiempo pasado sobre haber muerto con Cristo; son mandamientos. Debemos seguir haciendo morir algo en nuestras vidas. Esto no reemplaza la crucifixión de Cristo; es simplemente la realidad de que, si tengo vida eterna en Cristo, debo querer matar en mí todo lo que ofenda al Salvador que murió por mí. Para tener nuevos deseos, debo matar mis viejos deseos. Nunca seré fiel a mi esposa si perpetuamente deseo engañarla. Mateo 5:27-30: “…el que mira a una mujer para codiciarla ya cometió adulterio con ella en su corazón. Si tu ojo derecho te hace pecar, arráncalo y tíralo… Y si tu mano derecha te hace pecar, córtala y tírala…”

Por supuesto, debemos cuidarnos de un extremo impío. Este pasaje no enseña ascetismo ni mutilación física. Es lenguaje figurado para ilustrar que nuestra batalla espiritual se libra contra nuestra carne pecaminosa. Dios no nos ordena cortarnos el brazo si somos tentados a robar. Él nos llama a hacer morir las obras de la carne, a madurar en santificación para dejar de desear aquello que antes deseábamos pecaminosamente.
A la luz de nuestra regeneración y santificación, los siguientes pasajes cobran aún más significado:
Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí… (Ga 2:20).
Pues los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y deseos (Ga 5:14).
Sabemos esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado con Cristo, para que nuestro cuerpo de pecado fuera destruido, a fin de que ya no seamos esclavos del pecado (Ro 6:6).

¡No tenemos que ser esclavos del pecado! Podemos aprender a matar esos deseos porque Jesús murió para salvarnos de ellos.
No podemos deleitarnos en Dios mientras nos deleitamos en los celos. No podemos llenarnos de ira y pretender vivir la vida de Cristo. No podemos ser lujuriosos, glotones, falsos o perezosos y a la vez crecer en el fruto del arrepentimiento. Debemos comprender la importancia de hacer morir las obras de la carne. Para hacerlo, necesitaremos un conocimiento creciente de las Escrituras y un discipulado activo con creyentes maduros para distinguir qué pensamientos, acciones y palabras deben ser mortificados en nuestra vida. ¡Que todos persigamos la muerte de aquello que desagrada al Señor mientras somos transformados a la imagen del Salvador que murió por nosotros!
