Cuando recién nos casamos vivimos en un apartamento. Durante esos dos años sabíamos que estábamos prontos a encontrar nuestro hogar en otro lugar. Y así fue, conseguimos una casa a la cual con mucha emoción bautizamos como “Casita.” Durante cinco años “casita” tomo forma y se transformó hasta parecerse a nosotros; disfrutamos verla llenarse de risas y llantos con la llegada de nuestros hijos. Vimos cuartos pasar de cuarto para visitas a oficina, de oficina a cuarto de bebé y de cuarto de bebé a un permanente desorden preescolar. Más sin esperarlo llego el día en que ya no vivíamos en “casita”, regresamos a vivir a un apartamento. “A-par-ta-men-to” le decía a Peniel para que pudiera pronunciar correctamente el nombre del nuevo lugar donde vivíamos. Pero lo que no quería admitir era la distancia y frialdad con la que nombraba el lugar; no era nuestra “casita”. Ya estaba todo en su lugar, teníamos más de lo que necesitábamos, podía ya caminar en la oscuridad; ¡conocía el lugar! Sin embargo, le seguía llamando “el apartamento”. Un día luego de hacer algunas diligencias, Peniel pregunto:

  • “¿Y ahora dónde vamos?”
  • Le contesté, “¿Qué tú crees?”
  • Con certeza contesto, “Para casita”
  • Le dije, “¿A Puerto Rico?
  • “¡No…!” “No, para el apartamento” – contestó decidido.

Peniel lo había entendido, su hogar no era un lugar específico, era allí donde pasa tiempo con su papá y mamá; dónde juega con su hermano hasta más no poder. Por otro lado, yo no quería ceder a llamar “casita” a este lugar dónde recién acababa de llegar. Al comenzar a examinar mi corazón, lo encontré desenfocado, buscando un lugar en esta tierra que pudiera llamar mío, un lugar que me diera seguridad. Entonces comenzé a reflexionar, ¿dónde está mi casa? ¿En Puerto Rico, en una nueva comunidad en Colorado Springs, en otro país? Y en ese momento, se hizo viva la escritura en Hebreos 11: 13-16:

“Todos ellos vivieron por la fe, y murieron sin haber recibido las cosas prometidas; más bien, las reconocieron a lo lejos, y confesaron que eran extranjeros y peregrinos en la tierra. Al expresarse así, claramente dieron a entender que andaban en busca de una patria. Si hubieran estado pensando en aquella patria de donde habían emigrado, habrían tenido oportunidad de regresar a ella. Antes bien, anhelaban una patria mejor, es decir, la celestial. Por lo tanto, Dios no se avergonzó de ser llamado su Dios, y les preparó una ciudad.”

¡Oh, qué gran verdad! Mi casa, mi hogar, no están en esta tierra, está dónde está mi Padre; dónde podré compartir con mis hermanos por la eternidad. Muchas veces lo cotidiano de la vida, los cambios y la incertidumbre nos hace olvidar que somos peregrinos y extranjeros en esta tierra. Señor, aumenta nuestra fe para vivir como peregrinos, poniendo nuestra seguridad en la esperanza de nuestra patria celestial. Publicado primeramente en Mujer Balanceada

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Myrna Rodriguez Medina

Soy Myrna, ama de casa, madre de dos hermosos y traviesos varones (Peniel y Jonatán), esposa de mi amor de Escuela Superior (Jonathan Ferré), y una mujer dependiente de Dios. Mi esposo es pastor/plantador de la Iglesia Bautista de Garden Ranch aquí en Colorado Springs, CO donde vivimos.

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