“Hoy no me siento con ganas”.
¿Cuántas veces has recurrido a esa excusa? Muchos tendemos a considerarnos víctimas de un corazón perezoso.
Ahora bien, conformarse con un corazón perezoso es un fenómeno muy extraño, aunque hoy en día sea una idea muy extendida y que normalmente no se cuestiona. Quizá no sea gran cosa si estamos hablando de si quieres mantequilla de maní en la tostada del desayuno. Pero hay mucho más en juego cuando esto se convierte en una excusa para descuidar a Dios, ya sea en Su Palabra, en la oración o en la comunión cristiana.
Concretamente, esta excusa ha servido para dañar los hábitos de salud espiritual relacionados con comenzar cada día con la voz de Dios en las Escrituras. Algunos somos cristianos demacrados y frágiles porque hemos aprendido, al igual que nuestro mundo, a satisfacer los caprichos de nuestros corazones cambiantes en lugar de dirigirlos y decidir moldearlos.

Tus afectos moldeables
En lo que podría ser su libro más agudo y profundamente espiritual, La oración: experimentando asombro e intimidad con Dios (2014), el difunto Tim Keller nos presenta una faceta del gran teólogo inglés John Owen (1616–1683) que está especialmente desfasada con respecto a las creencias modernas. Según Keller, Owen no aceptaría tan fácilmente la excusa “hoy no me siento con ganas”. De hecho, probablemente respondería fuertemente, y a muchos nos vendría bien.
Owen, como mínimo, cuestionaría si nuestros sentimientos iniciales determinan algo significativo. Seguramente no diría que dejemos de lado la Palabra de Dios (o la oración o la iglesia) para satisfacer cualquier inclinación no espiritual con la que nos hayamos despertado. Más bien diría, como resume Keller: “Medita hasta alcanzar el deleite”. No cedas a las primeras inclinaciones de tu corazón. Más bien, tómalas y guiálas. Abre la Biblia, centra tu atención en Aquel que es sumamente digno, mantén tu nariz en el Libro y tu mente en Jesús, hasta que tu corazón perezoso responda como debería.
Es un consejo sorprendente para una generación condicionada a “seguir su corazón” y, con el tiempo, presumir de remodelar nuestro mundo externo y objetivo basándose en la subjetividad y lo cambiante de nuestros propios deseos.

¿Cuántas veces oímos incluso a cristianos admitir, como excusa, que están “programados” de cierta manera? Es cierto que Dios nos ha programado de cierta manera. Pero ¿cuántas veces nos resignamos a estar programados de maneras en las que en realidad somos mucho más flexibles? Y el mundo no nos ayuda en esto. Nuestra sociedad ha llegado a fingir plasticidad precisamente en los aspectos en los que estamos programados (como el sexo biológico) y a fingir programación en los aspectos en los que en realidad somos plásticos (deseos y placeres).
Mucho antes de que se comenzara a hablar de neuroplasticidad, Owen creía en lo que podríamos llamar “plasticidad afectiva”, es decir, que tus deseos y placeres no están programados. Son flexibles. Puedes moldearlos y reacondicionarlos. Puedes reeducarlos. Quizás no seas capaz de cambiarlos por completo en un momento dado para sentir algo, pero puedes moldear tu corazón con el tiempo. Sí, puedes. Tus deseos, buenos y malos, no son simples dados. A lo largo del tiempo, como resultado de innumerables decisiones, son maravillosamente (y de forma inquietante) elegidos.

Reacondiciona tu corazón
En el capítulo 10 de La oración, Keller añade sus comentarios a las ideas premodernas de Owen, para ofrecer una perspectiva muy necesaria sobre la unión de la Palabra de Dios con nuestras oraciones por medio de la meditación. Se trata de una perspectiva sobre la formación y la reforma de nuestros corazones dóciles que supondrá un reto para los lectores de hoy. Frustrará a muchos, pero sin duda, inspirará a algunos.
En general, somos demasiado indulgentes con nuestra mente y corazón. Admitimos que podemos entrenar el cuerpo. De hecho, siempre estás entrenando el cuerpo, ya sea para bien o para mal. Y la mayoría estará de acuerdo en que se puede entrenar la mente, pues “la mente es un músculo”, por así decirlo. Puedes fijarla en un objeto concreto y aprender a mantenerla allí. Se necesita práctica. Ese entrenamiento es vital para comprometernos con la Palabra de Dios como debemos, y pocas habilidades son más difíciles o importantes de cultivar.

Y, aunque es mucho más controvertido, puedes entrenar tu corazón, no solo en las emociones pecaminosas que debes evitar, sino también en las emociones justas que debes cultivar. Con la Biblia abierta ante ti, puedes aprender, como Keller resume a Owen, a “meditar hasta el punto del deleite”.
Las tres etapas de la meditación
Algunos cristianos bienintencionados, se proponen leer la Biblia, no sienten gran cosa (si es que sienten algo), y pasan rápidamente a recitar unas cuantas peticiones rápidas y superficiales, para luego emprender su día. Owen diría, junto con C. S. Lewis, que te conformas con muy poco, si es que te conformas con algo. Más bien, Owen querría que lucháramos como Jacob al otro lado del Jaboc, hasta que amaneciera. Lucha con tu propia alma perezosa. Dirígela. Dale la vuelta. Lucha con ella hasta que haga lo que debe hacer y sienta más como debe sentir acerca de las maravillas y los horrores de la Palabra de Dios. Dile, en efecto, al Dios de la Palabra: “No te dejaré ir a menos que me bendigas”, y disciplina tu corazón para recibir el gozo para el que Dios lo creó.

Ahora bien, conviene hacer algunas aclaraciones para recuperar este arte perdido de la meditación. Owen distinguía entre estudio, meditación y oración. La meditación es el puente entre recibir la Palabra de Dios (en la lectura y el estudio) y responderle (en oración). “La meditación…”, dice Owen:
…se distingue del estudio de la Palabra, en el que nuestro objetivo principal es aprender la verdad o declararla a los demás; y también de orar, en la que Dios mismo es el objeto inmediato. Pero… la meditación… es el afecto de nuestros propios corazones y mentes con amor, deleite y [humildad] (citado en Keller, La oración).
La meditación es, entonces, distinta del estudio y la oración, aunque se superpone con ellos, y podría dividirse en tres etapas secuenciales.

1. Fijar tu mente
Comienza con la lectura de la Biblia, leyendo y releyendo, cuanto más despacio mejor. Y a medida que encontramos diversas lagunas de conocimiento en lo que dice y significa el pasaje, podemos recurrir brevemente a algún “estudio” para “aprender la verdad” o comprender correctamente el texto. Los principiantes tendrán más preguntas y necesitarán decidir con qué frecuencia detenerse a estudiar o simplemente seguir leyendo y recoger pistas a medida que avanzan. Pero lo más importante es que la meditación comienza con la inmersión en las palabras de Dios.
A diferencia de la “meditación” oriental, que busca vaciar la mente, la meditación bíblica requiere llenar la mente con la verdad de la revelación de Dios en Su Hijo y en las Escrituras. No nos levantamos y meditamos, no en el sentido estricto de la palabra. Comenzamos con la Biblia, fijando nuestros pensamientos en Dios y en Su Hijo por medio del contenido de su Palabra.

2. Inclina tu corazón
Fijar nuestros pensamientos puede ser bastante difícil, pero inclinar el corazón es pesado para muchos. No porque no se pueda hacer, sino porque hemos sido educados para asumir que no se puede. Así que aquí es donde Owen (y Keller) parecen contundentes y sorprendentes. Owen nos aconseja, una vez que hemos fijado nuestra mente en la Palabra de Dios, que “perseveremos en los pensamientos espirituales para nuestro refrigerio” (Works of John Owen [Obras de John Owen], volumen 7, 393). Es decir, meditar hasta que sientas la Palabra. Predicate a ti mismo hasta que sientas como deberías sentir. ¿La Palabra declara la majestad de Dios? Sentir asombro. ¿Advierte a los pecadores? Sentir temor. ¿Anuncia buenas noticias? Sentir gozo.
El objetivo no es meditar durante un tiempo determinado, sino meditar hasta alcanzar el deleite, persistir “para tu refrigerio”. El apóstol Pedro habla del presente, no solo del futuro, acerca del gozo que el cristiano experimenta ahora, en esta era, no solo en la venidera, cuando dice: “A quien ahora no lo ven (a Jesús con sus ojos físicos), pero creen en Él, y se regocijan grandemente con gozo inefable y lleno de gloria” (1P 1:8). Se nos ofrece un gozo inexpresable y glorioso incluso ahora, y no hay mejor manera de hacerlo que fijando nuestra mente en la Palabra de Dios y meditando hasta que Él nos sonría y abrigue nuestras almas con una verdadera dosis de deleite.

Owen ofrece esperanza a quienes piensan que esto es imposible: “La constancia en [este] deber dará la capacidad para ello. Aquellos que se adhieran conscientemente a su cumplimiento aumentarán en luz, sabiduría y experiencia hasta que sean capaces de manejarlo con gran éxito”. Keller luego comenta, basándose en el Salmo 1: “Los árboles no crecen de la noche a la mañana. La meditación es un proceso sostenido, como un árbol que crece con sus raíces hacia la fuente de agua. Los efectos son acumulativos. Hay que perseverar. Debemos meditar ‘día y noche’, de forma regular y constante”.
Los cuestionamientos surgen no solo por nuestro pecado, sino también por nuestra humanidad. Owen lo sabía tan bien como nosotros, si no mejor. Anticipándose a nuestra objeción, Keller escribe:
Owen es bastante realista. Admite que, a veces, por mucho que lo intentemos, simplemente no podemos concentrarnos, o nos damos cuenta de que nuestros pensamientos no se vuelven grandes y conmovedores, sino que nos sentimos aburridos, duros y distraídos. Entonces, dice Owen, simplemente hay que volverse hacia Dios y orar de forma breve e intensa. A veces, eso es todo lo que harás durante el resto del tiempo programado, y otras veces, el mero hecho de orar sirve para concentrar la mente y ablandar el corazón. (La oración)

Hay una gran diferencia entre el realismo ocasional y un patrón diario de resignación. Hay un mundo de diferencia entre un principiante perezoso y un veterano sabio, que ha aprendido el arte perdido y ha llegado a experimentar la tercera etapa con regularidad, a pesar de los “a veces” de sequedad y distracción.
3. Disfruta de tu Dios
En la etapa final, damos rienda suelta, o espacio, al disfrute (o al clamor) que comenzó en la segunda. Avivamos la llama del afecto adecuado por la verdad que tenemos ante nosotros. Este es el punto culminante de la meditación, disfrutar de Dios en Cristo, que llena nuestras almas con “una respuesta”. Como comenta Keller, “escuchamos, estudiamos, pensamos, reflexionamos y meditamos las Escrituras hasta que hay una respuesta en nuestros corazones y mentes”, lo que nos lleva a orar. Según Keller,
la meditación antes de orar consiste en pensar, luego inclinarse y, finalmente, disfrutar de la presencia o admitir la ausencia y pedir su misericordia y ayuda. La meditación consiste en pensar una verdad y luego asimilarla hasta que sus ideas se vuelvan “grandes” y “dulces”, conmovedoras y afectivas, y hasta que la realidad de Dios se sienta en el corazón.

Y esta forma de “sentir a Dios en el corazón”, por medio de la meditación en Su Palabra, da lugar a nuestra respuesta de oración.
Sin la inmersión en las palabras de Dios, es posible que nuestras oraciones no sean solo limitadas y superficiales, sino también desconectadas de la realidad. Es posible que no estemos respondiendo al Dios real, sino a lo que deseamos que Dios y la vida sean. De hecho, si se dejan a sus anchas, nuestros corazones tenderán a crear un Dios que no existe… Sin una oración que responda al Dios de la Biblia, solo estaremos orando a nosotros mismos.
Por tanto, queremos orar de manera que nuestras oraciones estén motivadas y vinculadas a la recepción de la Palabra de Dios. “Nunca produciríamos toda la gama de oraciones bíblicas si iniciáramos según nuestras propias necesidades internas y nuestra psicología. Solo se puede producir si respondemos en oración según quién es Dios tal como se revela en las Escrituras”.
No solo la verdad, sino Jesús
Keller termina este bendito décimo capítulo con Jesús mismo como el foco principal de nuestra meditación. El Dios-hombre no solo se deleitaba en la Palabra de Dios como el hombre bienaventurado del Salmo 1, sino que Él mismo es “aquél a quien apuntan todas las Escrituras”. Como cristianos, aprendemos a meditar tanto con Él como sobre Él.
Al leer, releer, estudiar y meditar en las Escrituras, perseveramos en conocer y disfrutar no solo de la verdad, sino en la Verdad misma. Para los cristianos, el enfoque final de nuestra meditación es personal, y es tanto perfectamente humano, como plenamente divino en la persona de Jesucristo.
Publicado originalmente en Desiring God.