Permanecer también es parte del llamado

¿Y si una de las razones por las que no vemos ciertos frutos en el ministerio es que nos vamos demasiado rápido?
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Hace poco escuché a un pastor hacer una observación que me dejó pensando. Él decía que hace algunos años, cuando se reunía con otros pastores, gran parte de sus conversaciones giraban alrededor de preguntas como: “¿Cómo podemos servir mejor a nuestra iglesia?”, “¿Cómo puedo ayudar a este hermano?” o “¿Qué debería predicar después?”. Pero con el paso del tiempo había comenzado a notar un cambio. Ahora muchas conversaciones entre pastores giraban alrededor de otras preguntas: “¿A dónde piensas ir después?”, “¿Cómo está tu situación laboral?”, “¿Todavía te sientes pleno donde estás?” o “¿Hay alguna oportunidad más prometedora?”.

Por supuesto, no hay nada malo en pensar en nuestro futuro, evaluar una situación laboral o considerar una nueva oportunidad. Los pastores también tenemos familias, necesidades y decisiones que tomar. Dios puede llevarnos de una iglesia a otra, y hay temporadas que legítimamente terminan. Pero me pregunto si, sin darnos cuenta, hemos comenzado a pensar demasiado en el ministerio con las categorías de una carrera profesional y cada vez menos con las categorías bíblicas de un llamado.

Quizá por eso necesitamos recuperar una palabra que no siempre resulta emocionante: permanecer.

Permanecer en una iglesia. Permanecer con las personas cuando conocemos sus virtudes y también sus defectos. Permanecer cuando descubrimos que algunas cosas que pensábamos que cambiarían en meses tomarán años. Hay cosas que nunca podremos construir si siempre estamos pensando en lo próximo, y hay frutos que nunca veremos si no permanecemos el tiempo suficiente para verlos crecer.

El ministerio pastoral puede incluir cambios de iglesia y nuevas oportunidades, pero también requiere aprender a permanecer. / Foto: Lightstock

Pedro exhortó a los ancianos: “Pastoreen el rebaño de Dios entre ustedes” (1P 5:2). Es una expresión sencilla, pero significativa: el rebaño que está entre ustedes. El pastor es llamado a mirar, cuidar y amar a las personas que Dios ha puesto delante de él. Eso no significa que nunca pueda ser enviado a otro lugar. Pero esta afirmación debería recordarnos que la fidelidad comienza con aquellos que el Señor nos ha confiado hoy.

¿Cómo se ve esa permanencia en la práctica? ¿Qué significa permanecer cuando el ministerio deja de ser nuevo y las personas que servimos comienzan a mostrarnos no solo sus fortalezas, sino también sus debilidades?

El pastor es llamado a mirar, cuidar y amar a las personas que Dios ha puesto delante de él. / Crédito: Lightstock

Las personas no son proyectos

En el ministerio es fácil mirar a las personas como proyectos. Conocemos a alguien, identificamos algunas áreas en las que necesita crecer, comenzamos a discipularlo y naturalmente esperamos ver progreso. Y debemos esperarlo, porque parte del propósito del discipulado es que seamos transformados cada vez más a la imagen de Cristo.

Sin embargo, esa transformación no ocurre de la noche a la mañana y, sobre todo, no ocurre necesariamente en nuestros tiempos. Dios está comprometido con el crecimiento de Sus hijos, pero nunca nos prometió que ese crecimiento seguiría el calendario que nosotros hemos establecido para ellos.

Parte del propósito del discipulado es que seamos transformados cada vez más a la imagen de Cristo. / Foto: Lightstock

El problema aparece cuando comenzamos a ponerle fechas a la transformación de las personas. Después de cierto número de reuniones pensamos que aquel hermano ya debería haber cambiado, que ese matrimonio debería haber resuelto sus problemas o que aquella lucha con el pecado debería haber quedado atrás. Entonces volvemos a tener la misma conversación y comenzamos a frustrarnos. Incluso podemos preguntarnos si estamos perdiendo el tiempo.

Pero quizá estamos midiendo el crecimiento de una persona por la velocidad con la que nosotros esperábamos verlo y no por la paciencia con la que Dios suele obrar.

Ponerle fechas al cambio de las personas puede llevarnos a la frustración. / Foto: Lightstock

La parábola del sembrador nos recuerda que tampoco debemos medir el crecimiento solamente por su rapidez. La semilla que cayó en pedregales brotó enseguida, pero no tenía raíz. La que cayó en buena tierra terminó dando fruto, y lo hizo en abundancia (Mt 13:5-6, 20-23). Lo más visible al comienzo no siempre es lo más profundo al final. A veces necesitamos paciencia para que las raíces se profundicen y el fruto, a su tiempo, se haga evidente.

Nosotros mismos somos evidencia de esto. ¿Cuántas veces ha tenido el Señor que enseñarnos nuevamente aquello que pensábamos que ya habíamos aprendido? Hemos confesado más de una vez los mismos pecados y probablemente todavía luchamos con debilidades que conocemos desde hace años. Sin embargo, Dios no ha abandonado Su obra en nosotros. Su paciencia debería enseñarnos a ser pacientes con aquellos que nos ha llamado a cuidar.

Su paciencia debería enseñarnos a ser pacientes. / Foto: Unsplash

Pablo les dijo a los ancianos de Éfeso: “Por tres años, de noche y de día, no cesé de amonestar a cada uno con lágrimas” (Hch 20:31). Pastorear personas requiere tiempo porque estamos acompañando la obra que Dios está haciendo en seres humanos, no administrando proyectos que deben cumplir nuestros plazos.

Nuestra responsabilidad es enseñar, exhortar, amar, corregir y esperar, confiando en que Dios seguirá haciendo Su obra en ellos como continúa haciéndola en nosotros.

Pastorear personas requiere tiempo. / Foto: Unsplash

Algunas relaciones necesitan años

Varias personas me han preguntado por qué continúo reuniéndome con los mismos varones después de cuatro años. Algunos me han preguntado si no sería mejor comenzar otro grupo, enviarlos a plantar, hacer que comiencen a dirigir y dedicar mi tiempo a otros.

Entiendo la pregunta. De hecho, nace de un buen deseo: queremos multiplicarnos y ver que aquellos en quienes hemos invertido comiencen también a invertir en otros.

Pablo le dijo a Timoteo que aquello que había oído debía encargarlo “a hombres fieles que sean capaces de enseñar también a otros” (2Ti 2:2). Un discipulado saludable no debería producir dependencia innecesaria. Sin embargo, multiplicarnos no significa necesariamente dejar de caminar con las personas que hemos formado.

Formar discípulos implica enseñarles a caminar con madurez, sin abandonar el acompañamiento cercano. / Foto: Lightstock

Jesús pasó aproximadamente tres años con los mismos discípulos antes de enviarlos, y Pablo invirtió años en hombres con quienes continuó relacionándose aun después de confiarles nuevas responsabilidades.

Timoteo es quizás uno de los ejemplos más hermosos. Pablo lo conoció cuando todavía era un hombre joven (Hch 16:1-3), lo llevó consigo y durante años Timoteo pudo ver a Pablo predicar, sufrir y cuidar del pueblo de Dios. Con el tiempo, Timoteo comenzó a recibir mayores responsabilidades hasta que Pablo pudo confiarle una importante labor pastoral en Éfeso. Para entonces podía llamarlo su “verdadero hijo en la fe” (1Ti 1:2) y decir que había servido con él en el evangelio “como un hijo sirve a su padre” (Fil 2:22).

Esas relaciones fueron forjadas mientras servían juntos y su carácter era probado. Formar líderes requiere mucho más que reconocer talento y entregar responsabilidades. Necesitamos tiempo para conocerlos.

Formar líderes requiere tiempo, convivencia y servicio compartido. / Foto: Lightstock

Por eso, después de cuatro años conozco a estos hermanos de una manera que no los conocía durante los primeros meses. He caminado con ellos en momentos buenos y difíciles, he visto sus debilidades y fortalezas, he acompañado algunas de sus caídas y me he alegrado con sus victorias. Ellos también han visto las mías. Algunas conversaciones que tenemos hoy solo son posibles porque existen años de confianza detrás de ellas.

Miro esos años con mucha gratitud. He procurado enseñarles y caminar con ellos, pero también soy consciente de mis limitaciones y de cuánto he aprendido de ellos. Me alegra profundamente contemplar el fruto de ese tiempo, sabiendo que finalmente es el Señor quien produce el crecimiento.

Algunos se han casado y han tenido hijos. Hoy puedo verlos amar a sus esposas, enseñar la Biblia en sus hogares, procurar ser buenos padres y trabajar con responsabilidad. También los veo servir a la iglesia en la adoración, la enseñanza, la predicación, el diaconado, la hospitalidad y muchas otras necesidades.

Cuatro años de caminar juntos permiten conocer, acompañar y ver crecer a quienes Dios ha puesto a nuestro lado. / Foto: Lightstock

No son hombres perfectos, como tampoco lo soy yo, pero me gozo al reconocer la obra de Dios en sus vidas. Haber podido contemplarla desde tan cerca es uno de los grandes privilegios que el Señor me ha concedido durante estos años.

Y ahora también tengo el gozo de servir junto a ellos. Nuestras conversaciones ya no consisten solamente en escuchar sus necesidades o procurar aconsejarlos. También escucho sus consejos, aprendo de ellos y muchas veces encuentro en sus palabras la ayuda y el ánimo que yo mismo necesito. Quizá hemos pensado demasiado en el discipulado como un programa que eventualmente debemos terminar y muy poco como una relación que puede madurar junto con las personas.

Amar profundamente nos expone a la decepción

Precisamente, porque algunas relaciones necesitan años, hay cosas que solo el tiempo puede producir en ellas. Podemos conocer rápidamente información acerca de una persona, pero conocerla realmente, aprender a escucharla y llegar al punto en que podemos ayudarnos mutuamente requiere caminar juntos.

Como algunas relaciones necesitan años, hay cosas que solo el tiempo puede producir en ellas. / Foto: Lightstock

Si siempre estamos comenzando nuevas relaciones, tendremos muchas oportunidades de conocer personas, pero pocas de conocerlas profundamente. Pablo les dijo a los tesalonicenses: “Teniendo así un gran afecto por ustedes, nos hemos complacido en impartirles no solo el evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas, pues llegaron a ser muy amados para nosotros” (1Ts 2:8). Pablo no solamente entregó contenido. Entregó su vida. Compartir la vida significa permanecer el tiempo suficiente para que las personas dejen de ser solamente aquellos a quienes enseñamos y lleguen a ser personas amadas por nosotros.

Pero cuanto más conocemos a alguien, también desaparece la versión idealizada que alguna vez tuvimos de esa persona. Conoceremos sus temores, sus luchas y sus pecados recurrentes, y ellos conocerán los nuestros. Allí el amor comienza a costarnos algo. Es relativamente sencillo amar mientras solo conocemos fortalezas. Otra cosa es haber visto debilidades y decidir que seguiremos buscando el bien de esa persona. No podemos decir que queremos relaciones profundas si solamente estamos dispuestos a permanecer mientras sean fáciles.

Cuanto más conocemos a alguien, también desaparece la versión idealizada que alguna vez tuvimos de esa persona. / Foto: Lightstock

Eso también significa aprender a lidiar con la decepción. Somos humanos. No conocemos perfectamente el corazón de nadie ni ocupamos el lugar del Juez en el trono. Pero eso no elimina el dolor cuando alguien en quien hemos invertido nos miente, abandona aquello que durante años le enseñamos o decide caminar en pecado. Eso duele precisamente porque hemos amado. Jesús tuvo entre Sus discípulos a Pedro, quien aseguró que nunca lo abandonaría y pocas horas después negó tres veces conocerlo (Mt 26:33-35, 69-75). También tuvo a Judas, quien caminó con Él, escuchó Sus enseñanzas y finalmente lo traicionó (Mt 26:47-50). Si nuestro Señor experimentó la traición y el abandono de quienes estuvieron cerca de Él, no deberíamos pensar que podremos amar profundamente sin experimentar alguna vez ese dolor. Tampoco que el hecho de que suframos ese dolor sea un indicador de que debemos dejar el ministerio.

Pablo conoció algo de ese costo cuando les escribió a los corintios: “Y yo con mucho gusto gastaré lo mío, y aun yo mismo me gastaré por sus almas. Si los amo más, ¿seré amado menos?” (2Co 12:15). Pablo había entregado mucho de sí mismo y sabía que ese amor no siempre sería correspondido de la misma manera. Sin embargo, no concluyó que amar había sido un error. Por supuesto, existen relaciones abusivas, manipuladoras o peligrosas en las que establecer límites o distancia puede ser necesario. Permanecer tampoco significa que un pastor nunca pueda dejar una iglesia. Pero una relación difícil no es necesariamente una relación dañina.

Permanecer tampoco significa que un pastor nunca pueda dejar una iglesia. / Foto: Lightstock

A veces, amar a personas imperfectas simplemente es agotador y, si somos humildes, tendremos que reconocer que nosotros también podemos ser agotadores. Por eso nuestra satisfacción no puede convertirse en la medida del llamado. Cristo no nos amó porque fuéramos fáciles de amar. “Dios demuestra Su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Ro 5:8). La posibilidad de ser decepcionados no debería llevarnos a amar menos, sino a recordar cuánto necesitamos, nosotros mismos, del amor paciente de Cristo.

Algunas cosas solo pueden verse si permanecemos

El fruto más hermoso del ministerio muchas veces tarda. Conocemos a un hombre que apenas sabe cómo leer su Biblia y años después lo vemos enseñándola a sus hijos. Caminamos con un matrimonio durante una temporada difícil y, con el tiempo, comenzamos a ver una ternura que antes no existía. Acompañamos a alguien que lucha una y otra vez con el mismo pecado y un día nos damos cuenta de que, por la gracia de Dios, aquello que antes dominaba su vida ya no lo gobierna de la misma manera.

No podemos decir que queremos relaciones profundas si solamente estamos dispuestos a permanecer mientras sean fáciles. / Foto: Lightstock

No podemos fabricar esos momentos ni acelerarlos. Santiago utiliza la imagen del labrador: “Miren cómo el labrador espera el fruto precioso de la tierra, siendo paciente en ello hasta que recibe la lluvia temprana y la tardía” (Stg 5:7). El labrador trabaja, pero también sabe esperar. No confunde paciencia con pasividad. Siembra, cuida y espera porque sabe que hay una parte del crecimiento que nunca estuvo bajo su control.

Quizá por eso las personas que más han marcado nuestra vida no siempre son aquellas que nos dijeron algo extraordinario una sola vez. Muchas veces son quienes estuvieron allí. Nos conocieron cuando éramos más inmaduros, nos corrigieron cuando fue necesario, celebraron nuestros avances y no desaparecieron cuando volvimos a tropezar. Con el tiempo comprendimos que su permanencia también era una forma de amor. Por la gracia de Dios, nosotros mismos podemos convertirnos en esa clase de personas para otros.

Las personas que más han marcado nuestra vida no siempre son aquellas que nos dijeron algo extraordinario. / Foto: Envato Elements

¿De qué hablaremos cuando nos reunamos?

No sé si aquella observación que escuché sobre las conversaciones entre pastores describe a todos. Probablemente no. Pero desde entonces he pensado varias veces en aquellas preguntas: “¿A dónde piensas ir después?”, “¿Todavía te sientes pleno?” o “¿Hay algo mejor para ti?”. Quizá necesitamos recuperar algunas de las preguntas anteriores.

¿Cómo puedo amar mejor a la iglesia que Dios me ha dado? ¿Cómo puedo ayudar a ese hermano con el que llevo años caminando? ¿Cómo puedo predicar mejor la Palabra el próximo domingo? ¿Cómo puedo formar a otros sin dejar de caminar con ellos? ¿Cómo puedo ser más fiel con las personas que el Señor ya puso delante de mí?

Tal vez dentro de veinte años algunos no recuerden todos nuestros sermones ni cada consejo que les dimos. Habrá personas en las que invertimos mucho y cuyo camino finalmente será diferente al que esperábamos. Pero también, por la gracia de Dios, habrá hermanos a quienes vimos llegar inmaduros y a quienes tendremos el privilegio de ver convertirse en hombres y mujeres que aman a Cristo, forman familias, sirven a otros y enseñan a una nueva generación aquello que alguna vez alguien tuvo la paciencia de enseñarles.

Habrá hermanos a quienes vimos llegar inmaduros y a quienes tendremos el privilegio de ver convertirse en hombres y mujeres que aman a Cristo. / Foto: Lightstock

Y nosotros tampoco seremos los mismos. Ellos habrán tenido que ser pacientes con nosotros, habrán visto nuestras debilidades y, en muchos casos, se habrán convertido en amigos que nos aconsejan, nos animan, oran por nosotros y sirven a nuestro lado. Quizás entonces comprenderemos que permanecer nunca significó que nosotros éramos los fuertes ayudando durante años a los débiles. Dios estaba formando una familia y, mientras lo veíamos obrar en ellos, también estaba obrando en nosotros.

Conclusión

Tal vez permanecer no siempre parezca extraordinario. Pero muchas veces la fidelidad se construye precisamente así: predicando otro domingo, teniendo otra conversación, ofreciendo otra oración, acompañando otro año y confiando en que Dios hará crecer aquello que nosotros solo podemos sembrar y regar. Porque permanecer también es parte del llamado.

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Martín Manchego

Martín Manchego

Martín Manchego posee una licenciatura en Estudios bíblicos, Artes y Humanidades de Texas Baptist College, y una maestría en estudios teológicos del Southwestern Baptist Theological Seminary. Sirve como pastor en la Iglesia Bíblica Gracia y Verdad en Miraflores, Lima. Además es compositor del álbum “Perfecto Salvador” y dirige un canal propio en YouTube, en el cual comparte devocionales, entrevistas, canciones, audiolibros y reseñas de libros. Está felizmente casado con Denisse.

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