Agosto 26
¡Sea para siempre la gloria del Señor! ¡Alégrese el Señor en sus obras! Él mira a la tierra, y ella tiembla; toca los montes, y humean. Al Señor cantaré mientras yo viva; Cantaré alabanzas a mi Dios mientras yo exista. Séale agradable mi meditación; Yo me alegraré en el Señor (Salmo 104:31-34).
Dios se regocija en la obra de la creación porque ella nos señala, más allá de sí misma, a Dios mismo.
Dios quiere que nos quedemos atónitos y maravillados ante Su obra creadora. Pero no por sí misma. Quiere que contemplemos Su creación y digamos: si la obra de Sus dedos (¡solo sus dedos! Salmo 8:3) está tan llena de sabiduría, poder, grandeza, majestad y belleza, ¡cómo será este Dios en sí mismo!
Esto es solo el reverso de Su gloria, como si se viera a través de un cristal. ¡Qué será ver la gloria del Creador mismo! ¡No solo Sus obras! Mil millones de galaxias no saciarán el alma humana. Dios, y solo Dios, es el deseo máximo del alma.
Jonathan Edwards lo expresó de la siguiente manera:
El deleite en Dios es la única forma de felicidad que realmente puede satisfacer el alma. Ir al cielo, disfrutar a Dios plenamente, es infinitamente mejor que las más placenteras comodidades en este mundo… [Estas] no son sino sombras; pero Dios es la sustancia. Estas no son sino débiles rayos de luz, pero Dios es el sol. No son más que arroyos; pero Dios es el océano.
Por eso el Salmo 104 concluye en los versículos 31-34, centrándose en Dios mismo. “Cantaré alabanzas a mi Dios mientras yo exista… Yo me alegraré en el Señor”. Al final, no serán los mares, ni las montañas, ni los cañones, ni las arañas acuáticas, ni las nubes, ni las grandes galaxias, lo que nos llene el corazón de asombro y nos llene la boca de alabanza eterna. Será Dios mismo.
Devocional tomado del libro The Pleasures of God, páginas 94–95.
