¿Los cristianos romantizamos el matrimonio? No me refiero a las bodas, sino al matrimonio como tal. Esa es la pregunta que quiero poner hoy sobre la mesa. Porque en esta época posmoderna, especialmente entre generaciones más jóvenes, se suele decir que la iglesia, o bueno, los cristianos, hablamos del matrimonio de forma idealizada, como si fuera algo fácil, perfecto o libre de conflicto.
Pero antes de responder esa pregunta, tenemos que aclarar qué significa realmente romantizar.
En la cultura actual, romantizar no significa simplemente amar algo o valorarlo. Romantizar significa presentar una realidad compleja como si fuera fácil, ligera, emocionalmente satisfactoria todo el tiempo, sin costo ni conflicto.
Según la IA de Google romantizar algo significa:
“Idealizarlo o embellecerlo exageradamente, presentándolo como más atractivo, interesante o perfecto de lo que realmente es. A menudo se ignoran u ocultan los aspectos negativos o la realidad cruda para enfocarse en una versión más poética o deseable, algo muy común en Redes sociales y tendencias de estilo de vida”.

Por eso, cuando hoy se dice “no romantices el matrimonio”, muchas veces lo que se quiere decir es: “No lo pintes como algo que no duele, no cuesta y no exige. No me digas que todo es miel sobre hojuelas, porque la realidad es que no es así”.
Y si somos muy honestos, podemos decir que a veces esa crítica tiene algo de razón. En muchas ocasiones hemos hablado más acerca de lo maravilloso que es el matrimonio, pero no hablamos de las luchas que existen en él. Por ejemplo: hablamos de la bendición que es casarse jóvenes, pero no hablamos de los retos que se viven en los primeros años, después de la luna de miel. Hablamos del pacto de permanecer unidos toda la vida, pero no hablamos de cómo lograrlo; y tampoco hablamos de qué hacer cuando el matrimonio está en crisis. Porque sí, sabemos que llegará un momento en el que habrá una crisis matrimonial y la gracia de Dios, usando la sabiduría y madurez de los cónyuges, hará toda la diferencia.

Ahora bien, me da la impresión de que quienes defendemos el matrimonio tradicional somos justamente quienes somos acusados de romantizarlo. Especialmente quienes venimos de generaciones anteriores, como la generación X, más cercana a los Baby Boomers, y que crecimos en contextos de familias tradicionales y numerosas.
Nosotros hablamos del valor del matrimonio, de lo bueno que hay en él, de las mieles que también existen. Y para muchos, eso suena ingenuo e incluso incongruente.

Porque es cierto: históricamente ha habido violencia en el matrimonio. No nos cegamos a esa realidad y tampoco la negamos. Sabemos y con seguridad conocemos hombres que golpearon a sus esposas e hijos, y sus hogares no fueron refugios seguros ni felices.
Entonces la pregunta es válida: ¿cómo defender lo que ha sido un escenario de tanto dolor? ¿Por qué hablar de lo bueno del matrimonio sin que eso parezca romantizar algo que no siempre ha sido bueno?

No buscamos negar la historia ni ocultarla, pero sí buscamos entender y saber qué es lo que realmente estamos defendiendo.
Y aquí es donde creo que necesitamos hacer una aclaración fundamental. Cuando los cristianos defendemos el matrimonio tradicional, no estamos defendiendo ni negando los abusos que ocurrieron dentro de él, ni los que, lastimosamente, aún siguen ocurriendo hoy. Porque el abuso y la maldad no han desaparecido en nuestra época. Al contrario, parecen en aumento.

No estamos ignorando la violencia, el silencio ni la injusticia. No intentamos esconderlas debajo de la alfombra ni continuar como si nunca hubieran existido. No defendemos las distorsiones ni la evidencia del pecado en los corazones humanos. Defendemos el diseño de Dios para la familia, y confiamos en Su gracia para vivir matrimonios que le den honra y gloria.
La violencia no es el fruto del matrimonio, es el fruto del pecado. Y el pecado distorsiona cualquier cosa buena que Dios creó. La Biblia nunca llamó bueno al abuso. Nunca justificó el maltrato. Nunca bendijo la opresión dentro del hogar. Al contrario, cuando la Escritura habla del matrimonio, lo hace desde la entrega, la honra y el cuidado mutuo como vemos en Efesios 5:25 y 1 Pedro 3:7.

Por eso, hablar de lo bueno del matrimonio no es negar el dolor que ha existido. No es ocultar las luchas y los retos que, en ocasiones, incluso nos han hecho pensar que tal vez nos equivocamos al casarnos.
Hablar de lo bueno del matrimonio en Cristo es magnificar la obra de Dios en nuestros corazones y en nuestros hogares. Es darle la gloria a Dios por lo que Él ha hecho en medio de dos pecadores que viven bajo el mismo techo.

Insisto: hablar bien del matrimonio, de lo bueno que Dios ha sido con nosotros, no es romantizarlo. Es reconocer que, con Cristo como fundamento, vivimos bajo Su gracia y tenemos la seguridad de que, con el paso del tiempo, creceremos, maduraremos y seremos más sabios para dirigir nuestros hogares y cuidar los corazones de nuestro cónyuge, el nuestro y el de nuestros hijos.
Proverbio 24:3-4 dice:
Con sabiduría se edificará la casa,
y con prudencia se afirmará;
y con ciencia se llenarán las cámaras
de todo bien preciado y agradable.

Así que, con seguridad hay cristianos que romantizan el matrimonio. Pero también habemos cristianos que hablamos de las maravillas del matrimonio, no porque sea perfecto, sino porque hemos entendido que nuestra unión refleja la unión de Cristo con Su iglesia, como nos dice Efesios 5, y adicional a eso, el matrimonio es un instrumento en las manos del Señor para santificarnos y conformarnos a la imagen de Jesús.
Muchos en el pasado vivimos en matrimonios duros durante años. Con dolor, con pérdidas, con pecado de ambas partes, con carencias, con fracturas y corazones rotos. Tal vez no con violencia física, golpes o maltrato visible, pero sí con actitudes que atentaban contra la imagen de Dios en nosotros.

Y aun así, por la gracia y la misericordia de Dios, hoy podemos dar testimonio de que Él es fiel. Que Dios cambia corazones. Que restaura Su imagen en nosotros. Que nos fortalece en Él y en el poder de Su fuerza. Y que, caminando acompañados de hermanos firmes en la fe, los corazones heridos pueden sanar, la confianza puede ser restaurada, y un hogar puede edificarse bajo la gracia de Dios.
Sin duda, el matrimonio es un lugar donde se revela el carácter de Cristo y donde crecemos en santidad. Por eso, no romantizamos el matrimonio. Magnificamos la bondad, la gracia y la misericordia de Dios en medio del pacto que hicimos delante de Él.

Y eso quizá lo aprendimos de nuestros padres que, con seguridad no fueron perfectos y su matrimonio tal vez no fue digno de imitar, pero, con honestidad podemos decir que históricamente, el matrimonio no fue más fuerte porque las personas fueran más santas, más maduras, menos pecadoras o no tenían problemas ni luchas.
No. Fue más fuerte porque estaba sostenido por algo más grande que ellos mismos. Había comunidad que acompañaba, tanto en la iglesia como en el vecindario. Había una comprensión clara de responsabilidad y permanencia. Había temor de Dios. Había un sentido de querer reparar lo que se había dañado.

Defender el matrimonio no es defender abusos, silencios dañinos ni sufrimientos ocultos; muchos de nosotros, especialmente quienes crecimos en generaciones anteriores, podemos hablar de estas realidades con conocimiento de causa. Defender el matrimonio tradicional, y hablar bien de él, es defender la verdad de que en Cristo hay esperanza aun cuando todo parece perdido.
Un matrimonio estable no es un matrimonio perfecto. Es un matrimonio arraigado en Dios, en la certeza de Sus promesas, en creer que sigue afianzándonos a Él. Es confiar que todo lo que acontece en nuestras vidas es para nuestro bien (Ro 8:28-29). Es un matrimonio en el cual un cónyuge está dispuesto a dar su vida por la del otro por amor a Dios primeramente.

La estabilidad matrimonial Es testimonio de Su gracia…
Eclesiastés 4:12 nos recuerda que un “cordón de tres dobleces no se rompe pronto”.
Un matrimonio no permanece porque dos personas sean fuertes y perfectas o porque nunca pequen uno contra el otro, sino porque Dios es quien los sostiene y ellos han entendido la gloriosa verdad que nos dejó escrita diciendo: “Separados de Mí nada pueden hacer” (Jn 15:5).
Así que, ¿los cristianos romantizamos el matrimonio? A veces sí, cuando ocultamos el proceso y fingimos perfección. Pero no cuando lo honramos con la verdad. No cuando la gloria de Dios es más importante que nuestro deseo de ser reconocidos por otros.
El matrimonio es un taller de gracia. Un lugar donde Dios forma, confronta, sana y santifica. Un lugar donde podemos ser testigos fieles de Su obra en nosotros y de que Él escucha, nos conoce, nos recuerda, nos ve…
Hablemos de la belleza del matrimonio, mostremos con hechos a la cultura de hoy, a esa que huye del compromiso y que con frecuencia cuestiona la permanencia de la familia normalizando desechar lo que cuesta, que, honrar el matrimonio no es romantizarlo. Es glorificar a Dios en alta voz. Es confiar en que Dios, quien comenzó la buena obra en nosotros, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo (Fil 1:6). Y que así sea, amén.
Artículo publicado originalmente en Escribo para no olvidar.