Abril 23
Así dice el Señorde los ejércitos, el Dios de Israel, a todos los desterrados que envié al destierro de Jerusalén a Babilonia: “Edifiquen casas y habítenlas, planten huertos y coman de su fruto… Y busquen el bienestar de la ciudad adonde los he desterrado, y rueguen al Señorpor ella; porque en su bienestar tendrán bienestar” (Jeremías 29:4-7).
Si esto era cierto para los desterrados de Dios en Babilonia, cuánto más cierto será para los exiliados cristianos de este mundo “babilónico”. ¿Qué se supone que hagamos entonces?
Debemos hacer las tareas ordinarias que se deben llevar a cabo: edificar casas, vivir en ellas, plantar huertos. Nada de esto te contamina si lo haces para el verdadero Rey y no solo para que los demás lo vean, como hacen los que quieren agradar a los hombres.
Busca el bienestar del lugar a donde Dios te envió. Piensa que eres enviado de Dios a ese lugar, porque en verdad lo eres.
Ora al Señor por el bienestar de tu ciudad. Pide que cosas grandes y buenas sucedan en tu ciudad, y que sucedan por la gloria y el poder de Dios. Nunca olvides el bien supremo que la ciudad necesita, el cual es mil veces más valioso que la prosperidad material. Los cristianos nos preocupamos por todo sufrimiento, especialmente por el sufrimiento eterno. Ese es el mayor peligro que enfrenta toda ciudad.
Pero ni Dios ni Su pueblo son indiferentes a la salud, la seguridad, la prosperidad y la libertad de la ciudad. Todos deseamos estas cosas, y Jesús dijo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:39). De hecho, el Señor dice en Jeremías que amar tu ciudad es una forma de amarte a ti mismo: “En su bienestar tendrán bienestar”.
Esto no significa que debemos dejar de vivir como exiliados. Pedro dice que somos “extranjeros y peregrinos” (1 Pedro 2:11), y Pablo dice que “nuestra ciudadanía está en los cielos” (Filipenses 3:20). De hecho, le hacemos mucho bien a este mundo al mantenernos libres de sus atracciones y deseos, perseverando en nuestra posición. Servimos más a nuestra ciudad tomando nuestros valores de la ciudad “que está por venir” (Hebreos 13:14). Le hacemos el mayor bien a nuestra ciudad, cuando llamamos a tantos ciudadanos como sea posible a convertirse en ciudadanos de “la Jerusalén de arriba” (Gálatas 4:26).
Vivamos haciendo mucho bien (1 Pedro 2:12), de modo que los habitantes de nuestra ciudad deseen conocer a nuestro Rey.
