¿Por qué Jesús tuvo que sufrir tanto?

El dolor de Jesús nos incomoda. Pero Él no vino solo a inspirar con Su ejemplo y enseñanzas, sino a recibir el castigo redentor.
Foto: Lightstock

El dolor de Jesús nos incomoda. Pero Él no vino solo a inspirar con Su ejemplo y enseñanzas, sino a recibir el castigo redentor.

La película de Mel Gibson, La pasión de Cristo, sigue siendo una de las producciones de clasificación R más taquilleras de la historia… y también una de las más controversiales (para quienes no la han visto, la cinta recrea de manera gráfica las últimas doce horas de la vida de Jesús, desde Su agonía en el huerto hasta Su crucifixión). Por un lado, la película ha sido blanco de duras críticas que señalan su violencia extrema o matices de antisemitismo; por otro, muchos rescatan que Gibson (aunque no sea el intérprete más riguroso de la historia o los Evangelios) se atrevió a mostrar la crudeza real de la muerte de Jesús.

Más allá de si estamos a favor o no de la película (considerando que muchos cristianos guardan reservas ante detalles tan gráficos de dolor que la Biblia misma no especifica), no podemos ignorar la reacción que provocó. Teólogos de todas las vertientes, ateos, críticos de cine y periodistas opinaron por igual. Al revisar esas críticas, surge un patrón: muchos sostienen que sería más provechoso dedicar tiempo a las buenas acciones de Jesús y a Sus enseñanzas éticas que a contemplar Su agonía en la cruz. La idea de fondo es que Su ejemplo de vida y Sus discursos son más importantes que Su muerte y Su dolor.

Mel Gibson, dirigiendo a Jim Caviezel en La Pasión de Cristo. / Foto: Dominio público

Esta crítica tiene algo de sentido: los cuatro Evangelios dedican la mayor parte de sus escritos a la vida y enseñanzas de Jesús, reservando solo un par de capítulos para la crucifixión. Sin embargo, al observar nuestra cultura actual, debemos preguntarnos: ¿por qué nos genera tanto rechazo la idea de un Jesús que sufre? ¿Por qué nos incomoda tanto la realidad de una muerte horrible y preferimos filtrar solo lo que nos resulta agradable?

Creo que la respuesta está en que habitamos la era del “Deísmo Terapéutico Moralista”. Este término, acuñado por sociólogos para describir la espiritualidad moderna, define una fe donde Dios existe para ayudarnos a ser felices y “buenas personas”, pero no tiene interés en juzgarnos ni en ser adorado. Bajo esta lógica, un Jesús que padece como en la película de Gibson no tiene lugar. Si no hay juicio y solo se trata de moralidad, el sufrimiento sale sobrando; mejor nos quedamos con el Maestro de ética.

El problema es que la Biblia plantea un escenario radicalmente distinto: sin el sufrimiento, el cristianismo simplemente es imposible.

la fe bíblica insiste en algo radical: sin la cruz, el cristianismo simplemente no existe. / Foto: Envato Elements

La profecía del Mesías que sufre

Para entender por qué el dolor es central en la fe cristiana, debemos contemplar el retrato que el profeta Isaías trazó siglos antes de la cruz. Isaías 53 describe al “Siervo sufriente”, al Mesías, y su descripción es tan detallada que no deja espacio para una visión romántica del Cristo que vendría. A lo largo del pasaje, vemos que el sufrimiento de este Siervo fue integral:

  • Un aspecto carente de atractivo y majestad: el texto aclara que el Mesías no tendría una presencia imponente. Creció “como raíz de tierra seca” (v 2) y Su apariencia física no tenía “majestad para que lo miremos, ni apariencia para que lo deseemos” (v 2). Lejos de ser un líder carismático por Su imagen, Su figura fue “despreciada y desechada de los hombres” (v 3).

  • Aislamiento y desprecio social: el Siervo experimentó el dolor de ser un marginado. Isaías lo describe como un “Varón de dolores y experimentado en aflicción” (v 3). Fue alguien “de quien los hombres esconden el rostro” (v 3); no recibió estima, sino que la sociedad lo consideró “azotado, por herido de Dios y afligido” (v 4).

  • La severidad del castigo físico: las palabras del profeta para describir el daño corporal son contundentes. El Siervo fue “herido” y “molido” (v 5). El texto menciona que fue “cortado de la tierra de los vivientes” (v 8) y que “derramó Su alma hasta la muerte” (v 12). El Señor mismo lo sometió a “padecimiento” y quiso “quebrantarlo” (v 10).

  • Sumisión y silencio absoluto: ante la opresión y el juicio injusto (v 8), el Siervo no ofreció resistencia. “No abrió Su boca” (v 7), manteniendo una actitud comparable a la de un cordero llevado al matadero o una oveja ante sus trasquiladores (v 7). No hubo en Él violencia ni “engaño en Su boca” (v 9).

  • La deshonra final: incluso en Su final, el sufrimiento incluyó la humillación de ser asociado con la delincuencia. “Se dispuso con los impíos Su sepultura” (v 9) y fue formalmente “contado” entre los transgresores (v 12).

Este pasaje nos obliga a ver a un hombre que es desintegrado por el dolor, la soledad y la injusticia. Se trata de un Siervo que, en lugar de dar un discurso ético desde un podio, se convierte en una ofrenda quebrantada que muere en absoluto silencio.

Isaías 53 describe al “Siervo sufriente” y su descripción es tan detallada que no deja espacio para una visión romántica del Cristo que vendría. / Foto: Jhon Montaña

Para muchos, habría sido mucho más lógico que el Mesías viniera directamente a ocupar Su lugar en el trono y establecer Su reino. Así, esta es la pregunta que ha resonado a lo largo de los siglos, desde los días del profeta hasta nuestra propia época: ¿por qué el Mesías tuvo que pasar por tanto dolor?

La necesidad de un pago

Isaías nos muestra que ese dolor fue un pago. La cultura nos vende la idea de que Jesús solo es un gran ejemplo a seguir para ser “mejores personas”. Y aunque es cierto que Su ejemplo de humildad y amor es nuestro máximo modelo, Su paso por la tierra fue mucho más que eso. Si Él solo fuera un modelo moral, la cruz habría sido un desperdicio total de sangre. ¡No necesitas que alguien muera de esa forma para darte una lección de ética!

El problema real es que estamos “descarriados como ovejas” que no tienen idea de por dónde van (v 6). El pecado no es una simple falta de modales; es una rebelión que nos deja en deuda con un Dios que es tres veces santo. Nosotros cometimos la falta y, por justicia divina, nos tocaba recibir el golpe.

Si Cristo solo fuera un modelo moral, la cruz habría sido un desperdicio total de sangre. / Foto: Lightstock

Y ahí es donde entra lo que llamamos “sustitución”. El texto dice que este Siervo sufriente tomó en Sus hombros el castigo que nosotros merecíamos:

Pero Él fue herido por nuestras transgresiones,
Molido por nuestras iniquidades.
El castigo, por nuestra paz, cayó sobre Él,
Y por Sus heridas hemos sido sanados.
Pero el Señor hizo que cayera sobre Él
La iniquidad de todos nosotros (v 5-6).

Esta es la diferencia fundamental entre una religión de reglas y el cristianismo. El cristianismo no se trata de portarse bien para que Dios nos acepte, sino de reconocer que Cristo es el único camino de reconciliación, pues pagó la cuenta que nosotros no podíamos pagar. Como explica Pablo en el Nuevo Testamento, Dios “lo hizo pecado por nosotros” para que pudiéramos estar a cuentas con Él (2Co 5:21).

Al final, si quitas el sufrimiento, te quedas con muy buenos consejos, pero sin ninguna esperanza real. Nuestra fe se sostiene en que alguien más recibió la herida que nos correspondía a nosotros. ¿Su sufrimiento fue horrible? Sí, al punto de que Jesús exclamó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27:46). Él fue separado de Dios para que nosotros fuéramos acercados.

La cruz no fue un símbolo vacío, sino un pago real. / Foto: Envato Elements

Nuestra propia cruz

Entender que el cristianismo se sostiene sobre el sufrimiento de Cristo cambia por completo nuestra manera de vivir la fe. No nos acercamos a Dios para intentar impresionar a un juez con nuestro desempeño espiritual. Al contrario, ver al Siervo “molido” en nuestro lugar nos empuja a una adoración que nace de la gratitud más profunda. Adorar es, en esencia, descansar en que Su sacrificio fue suficiente y que nuestra seguridad depende de Su historial perfecto, no del nuestro.

Esta misma convicción es la que nos da una perspectiva realista sobre nuestra propia vida: seguir a un Salvador que sufrió implica que nosotros también debemos estar dispuestos a llevar nuestra propia cruz. Ahora nuestra vida busca alinearse con Su corazón y sacrificio. Seguir Sus pisadas significa aceptar que el camino del discípulo incluye una carrera de santificación y lucha contra el pecado, donde necesitaremos constantemente la ayuda de Dios para no caer. Por eso, Jesús le dijo a la multitud: “Si alguien quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y que me siga” (Mt 16:24).

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David Riaño

David Riaño es editor general de BITE Project. Es parte del equipo plantador de la Iglesia Familia Fiel en Cajicá, donde también sirve en ministerios de enseñanza. Es Licenciado en Filología Inglesa y Magíster en Estudios Literarios de la Universidad Nacional de Colombia. Disfruta tomar café y ver series con su esposa Laura.

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