La sola mención de la palabra “orgullo” debería advertirnos de un gran peligro y generar un sano temor en el corazón del creyente. Pero ¿de qué se trata y por qué es tan grave?
Para comprenderlo, es necesario distinguir entre dos formas de apreciación: el orgullo como virtud y el orgullo como pecado. Mientras que el primero se refiere a la legítima satisfacción por los logros ajenos o actos loables, como un padre por su hijo o una esposa por su esposo, el segundo es una estimación excesiva hacia uno mismo y sus méritos, que deriva en un sentimiento de superioridad sobre los demás. Como bien señaló C. S. Lewis en Mero cristianismo: “El orgullo no obtiene placer por poseer algo, sino por tener más que el prójimo. Es la comparación lo que te hace sentir orgulloso, el placer de estar por encima del resto. Una vez que el elemento de la competencia se va, el orgullo se va”.
Y ahí está lo grave del orgullo: esta condición es específicamente desagradable a los ojos de Dios. Salomón nos recuerda en Proverbios que el Señor abomina al de “ojos soberbios” (Pro 6:17), situando la soberbia en el primer lugar de Su lista de abominaciones. Debido a que el orgullo no siempre se manifiesta de forma evidente, precisamos del consejo de la Palabra de Dios para examinar nuestros corazones y realizar los ajustes pertinentes ante su escrutinio. Analicemos tres elementos del orgullo: en dónde se origina, cómo se evidencia y el remedio que lo cura.

El origen del orgullo
El orgullo no es un mal menor, sino una rebelión profunda que tuvo su origen en el mismo Satanás al intentar ocupar el lugar de Dios. La Escritura lo describe con severidad: “Aun cuando tu corazón se ha enaltecido y has dicho: ‘Soy un dios, sentado estoy en el trono de los dioses’… No eres más que un hombre y no Dios” (Ez 28:2). Tras la caída, este mal se convirtió en una parte integral del ser humano.

Jesucristo enseñó con claridad que el orgullo no proviene de factores externos, sino del interior del hombre. Al discutir sobre la limpieza ceremonial, el Señor declaró: “Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de adentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, …avaricias, maldades, …el orgullo e insensatez”(Mr 7:20-23). Al enlistar el orgullo junto a pecados como el homicidio y el adulterio, Jesús revela que posee la misma fuente de origen y el mismo poder para corromper la sociedad y destruir al hombre de manera integral.

Pero ¿cómo se manifiesta en el exterior?
Las evidencias del orgullo
A lo largode las Escrituras, podemos identificar señales claras que delatan un corazón orgulloso. Consideremos por lo menos las siguientes tres:
1. El orgulloso se gloría en lo que posee: su sabiduría, su posición o sus posesiones
El profeta Jeremías nos ofrece un marco fundamental para un exhaustivo autoexamen: “No se gloríe el sabio de su sabiduría, ni se gloríe el poderoso de su poder, ni el rico se gloríe de su riqueza; pero si alguien se gloría, gloríese de esto: de que me entiende y me conoce” (Jer 9:23-24).
El hombre orgulloso busca ser el centro de admiración, utilizando lo que sabe o lo que tiene para demostrar su capacidad, y obtener así la admiración de otros, mantener el control y manipular a su antojo; tiene su confianza puesta en su conocimiento, su posición o sus riquezas. En contraste, el hombre humilde entiende que lo más valioso que puede tener es entender y conocer a Dios. Un hombre orgulloso nunca pensará en la gracia de las cosas que ha recibido de lo alto.

2. El orgulloso ignora la voluntad de Dios
El apóstol Juan instruye que “la arrogancia de la vida [no proviene] del Padre, sino del mundo” (1Jn 2:16). El orgulloso sigue sus propias pasiones en lugar de buscar la voluntad de Dios, olvidando que solo el que hace la voluntad del Señor permanece para siempre (1Jn 2:17).
3. El orgulloso sufre de amnesia espiritual
El orgullo está intrínsecamente ligado a olvidar quién es Dios y qué ha hecho por nosotros. Pablo nos confronta preguntando: “Porque ¿quién te distingue? ¿Qué tienes que no recibiste? Y si lo recibiste, ¿por qué te jactas como si no lo hubieras recibido?” (1 Co 4:7). Deuteronomio 8 demuestra la estrecha relación entre el olvido y el orgullo. Esta falta de memoria fue el principal pecado del pueblo de Israel; tras ser liberados de Egipto, cuidados en el desierto y bendecidos con abundancia en la tierra prometida por la mano poderosa de Dios (ver Dt 8:11-16), dijeron en su corazón: “Mi poder y la fuerza de mi mano me han producido esta riqueza” (Dt 8:17).

En contraste, la humildad es sinónimo de recordar: “Pero acuérdate del SEÑOR tu Dios, porque Él es el que te da poder para hacer riquezas” (Dt 8:18). El verdadero valor de un hombre radica en la capacidad de recordar constantemente la gracia de Dios que le provee todas y cada una de las cosas que tiene, tanto espirituales como materiales. Los hombres humildes tienen buena memoria.
El remedio para el orgullo
No existe duda de que el mayor ejemplo de humildad y el único remedio eficaz contra el pecado del orgullo es nuestro Señor Jesucristo. El apóstol Pablo describe el camino de la humildad como la actitud que debe imitar el creyente:
No hagan nada por egoísmo o por vanagloria, sino que con actitud humilde cada uno de ustedes considere al otro como más importante que a sí mismo, no buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás. Haya, pues, en ustedes esta actitud que hubo también en Cristo Jesús, el cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a Sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y hallándose en forma de hombre, se humilló Él mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Fil 2:3-8).

El evangelio es la piedra fundamental que pone fin a la raíz del orgullo, que, como ya explicamos, es en esencia el placer de estar por encima de otros. Si somos cristianos, seguimos a un Maestro y Señor que, siendo Dios, se humilló hasta lo sumo para salvarnos. Por la fe, al abrazar el evangelio, nuestro corazón es transformado; Jesús viene a reinar en él y se convierte en nuestro mayor tesoro; en consecuencia, nuestro deleite supremo es Él, deseamos conocerlo más y parecernos a Él. Las glorias vanas en el conocimiento, la posición o las riquezas, ignorar la voluntad de Dios u olvidar Su amor, se desvanecen.

Sin embargo, como seguimos siendo pecadores, necesitamos predicarnos el evangelio constantemente para amar e imitar a Jesucristo y triunfar así sobre este pecado. Persistir en el orgullo y decir que tenemos comunión con Dios es una contradicción. Los cristianos hemos sido llamados a la comunión con Jesús (1Co 1:9). Despojémonos, pues, de nuestro orgullo y recordemos que “Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes” (Stg 4:6).