El quebrantamiento es una realidad fundamental que, de forma sorprendente, ha sido relegada en la predicación actual. No obstante, pese a su impopularidad, esta experiencia es esencial para la madurez espiritual del creyente. Esto nos obliga a preguntarnos: ¿qué lo hace tan vital? ¿Cuál es el designio transformador de Dios en él y, en última instancia, cómo puede ser una gracia divina algo que inevitablemente asociamos con el dolor?
La respuesta está en comprender que el quebrantamiento es siempre una obra de la misericordia divina, aun cuando nos cause dolor. Es, esencialmente, una triple manifestación de Su gracia en nuestra vida. Veamos cada una de ellas.
1. El quebrantamiento es gracia para la santificación
El quebrantamiento es descrito en la Biblia como una experiencia dolorosa que Dios trae a la vida del creyente con el objetivo de hacerle más parecido a Jesús, lo que conocemos como la santificación. Jesús ilustró esta experiencia en Juan 12:24, usando una imagen de la botánica para retratar Su propia muerte y, por extensión, la experiencia necesaria de Sus seguidores. Él afirmó: “En verdad les digo que, si el grano de trigo no cae en tierra y muere, se queda solo; pero si muere, produce mucho fruto”.
El quebrantamiento es el proceso en el que el “yo”, nuestro orgullo y toda fachada de falsa piedad son totalmente destrozados. Como escribe John Piper, el quebrantamiento “le quita al hombre todo aquello de lo que pudiera alardear, de manera que toda la gloria sea para Dios”.[1] Si Dios mismo nos quebranta para nuestra santificación y Su gloria, ¿por qué rechazarlo?

2. El quebrantamiento es gracia contra la ceguera espiritual
Todo creyente nacido de nuevo se encuentra en un proceso de crecimiento. Estamos siendo transformados a la imagen de Cristo (Ro 8:29; 2Co 3:18; Ef 4:13, 4:24). Aunque delante de Dios ya fuimos justificados, lavados y redimidos en Cristo (1Co 1:3, 6:11), la realidad es que aún somos pecadores.
El problema es que, si bien sabemos esto en teoría, en la práctica no experimentamos un dolor profundo por nuestro pecado, ni un deseo ardiente por la santidad. Somos ciegos y tibios. Ni siquiera podemos ver muchos de nuestros pecados como lo que realmente son. Como señala Jerry Bridges, “el pecado nos engaña al pensar que no es tan malo o haciéndonos creer que no es pecado”. [2]

Por esta causa, Dios obra el quebrantamiento del “yo”. Usa esta obra de gracia para que veamos la verdadera realidad espiritual de nuestros corazones. Es una experiencia que nos conduce a ver nuestra profunda pecaminosidad y nuestra tremenda necesidad de Cristo. Como dijo Andrew Murray: “El secreto es uno: mirarse a la luz de Dios y ver lo insignificantes que somos ante Su esplendor”. [3] Es solo en Su luz que vemos la luz (Sal 36:9; 1Jn 2:5).
Grandes hombres de Dios entendieron esto. John Knox confesó: “Cada vez que me acuerdo de mis pecados me siento apenado… Ahora lloro por mi corrupción”. John Bunyan escribió: “Si me pongo a examinar de cerca… lo mejor de las cosas que ahora estoy haciendo, descubro algún pecado en ellas… ¿quién podría salvar a un pecador tan grande como yo?”. George Whitefield dijo: “…hasta de mi arrepentimiento me hace falta arrepentirme”. Y Jonathan Edwards se sorprendía de no tener una mayor conciencia de su propia maldad.

Ninguno de nosotros se atrevería a decir que somos mejores que ellos. Sin embargo, nos miramos al espejo y nos vemos bien. Podemos pasar largos períodos sin una vida espiritual genuina, sin una vida de oración “con la puerta cerrada” (Mt 6:6). Esta ausencia de sentido de pecaminosidad no significa que seamos menos pecadores; solo significa que estamos más ciegos a la realidad. Necesitamos más luz espiritual para verlo. ¡Por eso necesitamos el quebrantamiento! Es gracia de Dios que suceda.
3. El quebrantamiento es gracia para depender de Dios
La vida cristiana es un imposible para las fuerzas del “yo”; solo es posible por la vida de Cristo y el poder del Espíritu Santo en nosotros (Ga 2:20; Col 1:27, 3:4). Somos débiles, pero la bendita gracia es que hay poder en la debilidad. Como el Señor le dijo a Pablo: “Mi poder se perfecciona en la debilidad” (2Co 12:9).
Aquí entendemos por qué el dolor del quebrantamiento espiritual puede ser causa de gozo. Muchas de nuestras lágrimas no han sido por juicio, sino por gracia. Es gracia que Dios nos lleve a adquirir un profundo sentido de nuestra pecaminosidad y de nuestra necesidad de dependencia absoluta de Cristo. En ese dolor, Dios nos lleva a la confesión y a la humildad. Es allí donde por fin podemos decir “¡Amén!” de todo corazón a las palabras de Cristo: “…separados de Mí nada pueden hacer” (Jn 15:5).

El principio de nuestro fracaso espiritual es nuestra ausencia de dependencia en la Vid Verdadera; decimos “Señor, te necesito” con nuestros labios, pero podemos pasar días y semanas sin siquiera orar. Si te falta oración, es porque te sobra orgullo. La falta de oración es una evidencia clara de que necesitamos quebrantamiento. Como decía un profesor de seminario: “El orgullo es invisible pero evidente”.
Conclusión: la purificación del quebrantamiento
Definitivamente el quebrantamiento es una experiencia dura. Leonard Ravenhill advirtió: “No hay precios de liquidación para las revoluciones del alma”.[4] ¡Necesitamos el quebrantamiento para ese avivamiento que tanto anhelamos! R. C. Sproul le llama “la misericordia severa”.[5] Es el carbón encendido en los labios de Isaías, que quema y duele pero limpia. El profeta, al ver la santidad de Dios, experimentó este quebrantamiento:
Entonces dije:
¡Ay de mí! Porque perdido estoy,
Pues soy hombre de labios inmundos
Y en medio de un pueblo de labios inmundos habito,
Porque mis ojos han visto al Rey, el SEÑOR de los ejércitos.Entonces voló hacia mí uno de los serafines con un carbón encendido en su mano, que había tomado del altar con las tenazas. Con él tocó mi boca, y me dijo: “Esto ha tocado tus labios, y es quitada tu iniquidad y perdonado tu pecado” (Is 6:5-7).

Sí, el quebrantamiento es gracia de Dios. Es una gracia que duele, pero es una gracia que purifica; es gracia que nos muestra la verdad, que trae esperanza y que produce un deleite más profundo en Cristo. El quebrantamiento del “yo” es doloroso, pero es mucho más doloroso abrazar el orgullo con tal de no ser quebrantados; trae lágrimas que nos hacen ver a Cristo más precioso y hermoso que antes. Y, al final, ¡el quebrantamiento nos lleva a Cristo en absoluta rendición! Ese es el lugar donde podemos tomar de Su plenitud, que es “gracia sobre gracia” (Jn 1:16), y todo lo que necesitamos para la vida de santidad, humildad y piedad (2P 1:3).
Referencias
[1] La sonrisa escondida de Dios, John Piper.
[2] Pecados respetables, Jerry Bridges.
[3] La humildad, Andrew Murray.
[4] ¿Por qué no llega el avivamiento?, Leonard Ravenhill.
[5] La santidad de Dios, R. C. Sproul.