¿Qué es el evangelio según la Biblia?

¿Cuál es el corazón del evangelio? Condenación justa, salvación gloriosa y una demanda radical.
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En el corazón de muchas de nuestras iglesias parece existir una peligrosa confusión: una falta de entendimiento sobre qué es realmente el evangelio y cuál es su verdadero poder. Esta situación se hace evidente de formas muy concretas en nuestro día a día.

La vemos, por ejemplo, cuando se le asegura a un niño que es salvo solo por “invitar a Jesús a su corazón”, o cuando damos por sentada la salvación de alguien simplemente porque levantó la mano o repitió una oración en un evento. A quienes toman una “decisión por Cristo”, a veces les pedimos que anoten la fecha en su Biblia como un ancla a la que aferrarse si las dudas aparecen, en lugar de guiarlos a una fe genuina y viva.

El problema se agrava cuando estas personas, que un día hicieron una profesión de fe, se alejan y vuelven a su antigua vida. En lugar de examinar con amor y seriedad si su conversión fue real, como la Escritura nos anima a hacer, a menudo les damos etiquetas como “cristianos apartados”. Sin embargo, un evangelio diluido o mal presentado inevitablemente producirá conversiones que no son genuinas. Por eso, es vital que volvamos a lo esencial y entendamos con claridad qué es el evangelio y cómo debemos presentarlo.

En muchas iglesias hay una peligrosa confusión sobre qué es el evangelio y cuál es su verdadero poder. / Foto: Lightstock

Las malas noticias: condenación

Aunque la palabra “evangelio” significa “buenas noticias”, su mensaje transformador comienza, paradójicamente, con noticias muy malas. Antes de poder apreciar la belleza de la solución, debemos comprender la gravedad de nuestro problema. La Biblia es clara al afirmar que toda la humanidad se encuentra en una condición espiritual desesperada.

El apóstol Pablo, en su carta a los Romanos, expone este diagnóstico sin rodeos: no hay una sola persona justa, todos se han desviado y nadie busca a Dios por su propia cuenta (Ro 3:9-18). El pecado no es simplemente una serie de errores o malas decisiones; es un estado de rebelión que nos separa de un Dios santo y nos coloca bajo Su justa ira. Como afirma Juan 3:36, “el que no obedece al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él”. Esta es la noticia más dura de todas: nuestra condición natural es de condenación.

El pecado no son solo errores, sino una rebelión que nos separa de Dios y nos pone bajo Su justa ira. / Foto: Unsplash

Pero ¿por qué el pecado merece una consecuencia tan severa? La respuesta se encuentra en la naturaleza misma de Dios. Su ira no es un arrebato de enojo como el que experimentamos los humanos; es la respuesta santa y perfecta de un ser absolutamente puro ante el mal. La santidad de Dios significa que Él no puede pasar por alto la rebelión ni coexistir con la impureza. Por lo tanto, Su oposición al pecado no es una opción, sino una expresión necesaria de Su carácter perfecto. Si Dios no se opusiera firmemente al mal, no sería el Dios justo y santo que las Escrituras revelan.

Ningún médico recetaría un tratamiento para una enfermedad mortal tratándola como un simple resfriado. Primero, debe comunicar el diagnóstico completo, por difícil que sea. De la misma manera, no podemos presentar el evangelio como un simple consejo para mejorar la vida. Si no dedicamos tiempo a explicar la realidad del pecado y sus consecuencias eternas, las “buenas noticias” de la salvación carecerán de sentido y urgencia. Es solo al enfrentar la oscuridad de nuestra condición que la luz del evangelio puede brillar con todo su poder.

Si Dios no se opusiera firmemente al mal, no sería el Dios justo y santo que las Escrituras revelan. / Foto: Lightstock

Las buenas noticias: salvación

Frente al sombrío diagnóstico de nuestra condenación, ahora brilla con una fuerza incomparable la luz del evangelio. Estas son las “buenas noticias”: la proclamación de lo que Dios ha hecho para rescatar a la humanidad. La famosa frase atribuida a Francisco de Asís, “predica el evangelio y, si es necesario, usa palabras”, tiene un gran problema: es imposible comunicar estas noticias sin hablar. Si bien nuestras vidas deben reflejar el poder transformador de Dios, la noticia específica de la muerte y resurrección de Cristo debe ser anunciada verbalmente. Se centra en eventos históricos con un significado eterno, y el apóstol Pablo lo resume de manera magistral en su primera carta a los Corintios, donde nos presenta el evangelio que él mismo recibió y predicó.

La primera verdad fundamental es, en palabras de Pablo, “que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras” (1Co 15:3). Esta frase es inmensamente profunda. Que muriera “por nuestros pecados” significa que Su muerte fue sustitutiva; Él, que vivió una vida perfecta y sin mancha (Heb 4:15), tomó voluntariamente nuestro lugar. En la cruz, Dios cargó sobre Su Hijo la culpa de nuestra rebelión para que Él recibiera el castigo que nosotros merecíamos. Fue un intercambio divino: Él tomó nuestro pecado para que nosotros pudiéramos recibir Su justicia (2Co 5:21).

En la cruz, Dios cargó sobre Su Hijo la culpa de nuestra rebelión para que Él recibiera el castigo que nosotros merecíamos. / Foto: Lightstock

La segunda verdad fundamental que Pablo presenta es “que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras” (1Co 15:4). Su sepultura confirma la realidad de Su muerte, pero la historia no termina ahí. ¡Él resucitó! La resurrección es el sello de aprobación del Padre; es el veredicto divino que declara que el sacrificio de Cristo fue aceptado como pago completo y perfecto. Esta victoria sobre la tumba es la prueba de que la muerte ha sido vencida y es la fuente de nuestra esperanza y la garantía de una vida nueva y eterna para todo el que cree.

Estas dos verdades fundamentales, la muerte sustitutiva y la resurrección victoriosa de Cristo, son el corazón innegociable del evangelio. No son dos ideas separadas, sino un solo y glorioso acto de redención anunciado por Dios desde el principio.

La resurrección es el sello de aprobación del Padre; es el veredicto divino que declara que el sacrificio de Cristo fue aceptado como pago completo y perfecto. / Foto: Lightstock

Conclusión: la demanda del evangelio

Hemos recorrido el evangelio en sus dos facetas: la terrible noticia de nuestra justa condenación ante un Dios santo y la gloriosa noticia de la salvación que Cristo ofrece a través de Su muerte y resurrección. Este es el mensaje que salva. Sin embargo, aunque la salvación es un regalo que se recibe gratuitamente por la fe, nunca debe ser presentada como algo superficial o sin consecuencias. Este glorioso evangelio demanda una respuesta de todo nuestro ser.

Es vital terminar con una advertencia que el mismo Jesús nos dio: la necesidad de “calcular el costo”. En una de sus enseñanzas, Jesús contó la parábola de un hombre que quiso construir una torre. Antes de empezar, nos dice Jesús, esta persona prudente primero se sienta y calcula si tiene los recursos para terminar la obra, no sea que ponga el cimiento y luego no pueda acabarla, convirtiéndose en el hazmerreír de todos (Lc 14:28-30).

La salvación es por gracia, pero seguir a Cristo lo cuesta todo. Entender y aceptar esa demanda es el siguiente paso para cualquiera que haya comprendido verdaderamente la magnitud de las buenas noticias.

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Rubén Rodriguez

Rubén Rodríguez es pastor de la Iglesia Bautista Misionera en el Barrio Bélgica, en Ponce, Puerto Rico. Tiene un Bachillerato en Biblia en el Colegio Universitario Bautista de Puerto Rico. Está casado con Rebeca Garayalde Vargas y tienen dos hijos, Ellah y Mikel.

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