Un Salvador extraordinario en una vida común y corriente

En un mundo que admira y anhela la grandeza, recordar la sencillez de nuestros Salvador es beber de un agua refrescante.
Foto: Envato Elements

“Ponle por nombre Jesús”, dijo el ángel.

Un nombre común y corriente en aquella época. Nada especial.

Nació en un lugar común y corriente.

Vivió una vida común y corriente. Trabajando en el oficio de su padre en un pueblo ordinario.

Viviendo nuestras vidas ordinarias. Experimentando nuestras heridas y sueños. Nuestro dolor y nuestra alegría. Bailando exuberantemente en las bodas. Llorando en los funerales.

No fue tenido en cuenta por los que cuentan esas cosas.

Antes de beber la copa de la muerte, apuró la copa de la vida. Plenamente humano y plenamente Dios, bautizado en nuestra vida ordinaria y cotidiana antes de revelar su gloria. Cubierto de carne para que pudiéramos acercarnos a Él, y tocarle.

Abrázale y sé abrazado.

El Salvador vivió una vida común y corriente. Trabajó como carpintero en un pueblo común, viviendo una vida ordinaria. Antes de beber la copa de la muerte, apuró la copa de la vida. / Foto: Pexels

La Suya no fue una misión a corto plazo, simplemente sorbiendo de la copa de nuestras luchas. Se lo bebió todo, hasta el fondo, hasta el anhelo vacío de algo más.

La simpatía dio paso a la empatía en la vida cotidiana y ordinaria de un carpintero de pueblo, ofreciendo luz para nuestra oscuridad; pan y vino para nuestra hambre y sed.

Muriendo por nosotros, Dios en una cruz, ofreciendo no solo Su muerte, sino también Su vida para nuestro rescate. Su ofrenda de muerte se cumplió por todos los días que le precedieron.

Su cuerpo resucitado fue el de un hombre adulto, no el de un ángel o un espíritu. Un cuerpo físico, portador de los días y años de Su vida terrenal. Guardaba las cicatrices del sufrimiento, grabadas en recuerdo de un amor que no moriría. De una vida que cargó con nuestras penas.

Vida por muerte, luz por oscuridad, alegría por dolor, curación por sufrimiento.

Cielo para el infierno.

Comprado por Su muerte y resurrección, sí. Pero también por Su vida cotidiana, ordinaria, sin pecado.


Este artículo se publicó originalmente en el blog de Andrea Sanborn.

Andrea Sanborn

Hola, soy Andrea. Soy esposa y madre adoptiva de una familia multirracial. También soy madre de un hijo adulto con capacidades cognitivas limitadas y una forma única de navegar por el mundo. Pero sobre todo soy una mujer que aprende día a día lo que significa amar y ser amada por su Creador. Escribo las cosas que necesito recordarme a mí misma. Escribo cosas que espero que muevan el espíritu hacia una devoción más profunda a Jesús. Escribo sobre cosas que a menudo se ocultan bajo el clamor y la angustia del mundo, donde la fe encuentra fundamento en la esperanza. Espero que lo que leas aquí te bendiga, como me bendice a mí escribirlo.

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