Todos los que caen

Las posesiones, los trabajos, las oportunidades…todo, absolutamente todo es puesto en nuestras manos y en nuestros caminos por Dios.
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“¡Qué bello es vivir!” dice el famoso refrán como queriendo contagiarnos de un ánimo sin igual. Casi puedo escucharlo saliendo de los coaches de vida que tanto abundan ahora. Pero ¿qué pasa cuando la vida pierde su sabor? ¿cuándo las ganas de vivir se convierten en pesadas cargas? ¿qué pasa cuando repetir una y otra vez “¡Qué bello es vivir!” no es suficiente? Dios. Dios es lo que pasa. Es Él quien viene a levantarnos, a darnos un recordatorio de que si estamos respirando es por Su gracia y eso viene a ser motivo suficiente para seguir adelante. Damos un paso más por amor a Él. Sin embargo, no vengo a platicarte de Su gracia, vengo a que recordemos Su providencia.

Todos los que caen

El Salmo 145:14-16 dice así: “El Señor sostiene a todos los que caen, y levanta a todos los oprimidos. A Ti miran los ojos de todos, y a su tiempo Tú les das su alimento. Abres Tu mano, y sacias el deseo de todo ser viviente”. Constantemente escucho de los incrédulos que Dios no puede ser real porque hay maldad en el mundo, no conciben a un Dios bondadoso. Este Salmo muestra el amor de Dios por el que sufre. Esto significa que Dios, desde Su trono nos brinda lo que necesitamos para vivir. Todos caemos, no me refiero en este momento al pecado, hablo sobre las ocasiones en que nuestras fuerzas no dan más y desfallecemos, caemos en desánimo, tristeza y depresión. Si tú te encuentras en este momento sintiéndote así, quiero que recuerdes las palabras del salmista, pues estas no pasan al olvido: El Señor levanta a los oprimidos. Permíteme contarte un poco sobre mí. En estos momentos estoy en una batalla de salud. Hace poco más de un año sufrí de pensamientos suicidas, no entendía por qué, pues por más que intentaba analizarme no tenía motivos fuertes de tristeza, no me sentía deprimida. Realmente quise escudriñarme y buscar un motivo de depresión, pero nunca lo encontré. Seis meses después empecé a tener desvanecimientos, falta de motricidad, pérdida de memoria, dolores de cabeza intensos. Me sometí a varios estudios y a esto le siguió una breve cadena de visitas médicas hasta llegar con un especialista. Hasta hace pocos meses despertaba y me quedaba en lágrimas clamando a Dios: “Llévame, no puedo con esto Señor. No tengo fuerzas para seguir”. Resultó que efectivamente: no tenía fuerza. Mi diagnóstico es hipoxia. Significa que tengo un nivel bajo de oxigenación, lo que hace que mi cerebro y mis músculos no tengan ese oxígeno necesario para tener movimientos. Comprendí que cuando le decía al Señor que no podía seguir con el día, era porque literalmente mi cuerpo no puede hacerlo. Necesito tiempos de descanso prolongados, medicamento que me ayuda a calmar los dolores…y necesito a Dios para salir adelante.

Dios provee

Sé que todos conocemos de la providencia de Dios, que hablamos constantemente sobre ella y de lo importante que es para nosotros. Si algo aprendí de esta enfermedad, es que muchas de esas veces, aunque la predicamos, no la comprendemos del todo. Porque bien es cierto que es hasta que estamos en un momento de necesidad en nuestras vidas que valoramos las cosas. Cuando comprendemos verdaderamente la necesidad de Dios, nuestra forma de alabarlo toma un sentido más profundo. ¿Cuántas noches nos vamos a dormir con la seguridad de que despertaremos? “Mañana lo hago”, “Estoy muy cansada, mañana lavo los platos”, “Nos vemos mañana”. Mañana, mañana, mañana…lo damos por sentado y esto no nos permite valorar lo grande que es Dios. Cada respiro, cada paso, cada amanecer se deben a Él. Nuestro cuerpo está tan maravillosamente creado que nos hemos acostumbrado a ver más sus defectos que lo asombroso de su diseño. Nos permitimos olvidar que cada célula ha sido puesta por nuestro Creador. Cuando despertamos, es porque Él ha decidido que lo hagamos. Nuestra vida entera está en Sus manos. Las posesiones, los trabajos, las oportunidades…todo, absolutamente todo es puesto en nuestras manos y en nuestros caminos por Dios. Somos mayordomos de cuanto tenemos, no solo del dinero, también del tiempo y de nuestros cuerpos. ¿Los estamos cuidando? Dios nos ha dado un propósito principal: glorificarle. Y esto incluye el tiempo en el que nos sentimos agotados, el tiempo en que estamos enfermos y desgastados pues dependemos de Dios y esto es parte de cómo le demostramos nuestro amor. ¿Vamos a seguir con una gratitud mediocre o vamos a comenzar a alabarle como se debe? Pablo escribe que Dios le dijo: “Te basta Mi gracia, pues Mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Co. 12:9); ahora comprendí de una manera muy real la aplicación de esto en mi vida. Cuando soy débil, veo el poder de Dios que me sostiene. Y es mi anhelo que no estemos en situaciones de dolor para poder reconocer la totalidad de Dios (aunque a veces es justo el llamado que necesitamos). Si estás en estos momentos pasando por opresión, si no tienes la fuerza para terminar la carrera, deseo que atesores esto: El Señor sostiene a todos los que caen. Dios te bendiga.

Priscila Fonseca

Priscila Fonseca

Priscila es conocida como la Bibliotecaria de la Apologética en la comunidad hispana. Estudia la Licenciatura en Teología Aplicada en el Seminario Bíblico de México, y ha sido ponente de varias conferencias apologéticas. Además es traductora de textos teológicos y apologéticos en Worldview Media, bloguera y creadora de «Encuéntrame en el Cielo», y profesora en Facts. Colabora con Papiro 52 y Editorial Clie en la difusión de literatura cristiana. Vive en México junto a su esposo Cristian y su perrito Chance.

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