Estoy abrumada. Revoleo los ojos ante la frase más popular de mi vida, garabateada en cuadernos con espirales, machacada en tinta con letra en mayúscula. El título de mi diario de oración desde que cumplí dos dígitos de edad podría ser algo como: “Claramente abrumada” o “Aquí vamos otra vez: abrumada en cada temporada”. Soy una rocola de una sola canción.
Hoy no fue distinto. Luego de lavar en una casa prestada y ahorrar en ropa prestada que no entraba en nuestro equipaje prestado, nuestra familia de ocho condujo a nuestra cuarta casa misionera en tan solo un par de meses. Me senté en el asiento del pasajero, acomodada en una pila de libros de homeschool, con las piernas enredadas en una posición fetal, intentando no aplastar las cajas a mis pies de cereal de desayuno a medio comer. Fruncí el ceño ante los bolsones de ollas antiadherentes y ropa bajo mis codos. Parecíamos tan indigentes como yo me sentía. Mi esposo se dio cuenta de mi mirada vidriosa tan familiar y me aseguró: “Estamos bien”.
“Estoy abrumada” se pone diferentes camisetas, pero todos poseemos una de ellas. Cuando la vida es un laberinto, o cuando nos sentimos bajo el agua, incapaces de tocar fondo, ¿cómo respondemos? ¿Superamos en silencio el ataque de pánico? ¿Nos escondemos de la vida a través del sueño? ¿Corremos obsesivamente, lavamos nuestra casa como si hubiera atravesado la Peste Negra, o compramos cosas que nadie necesita?
Como pecadores en un mundo dolido y caído, con frecuencia nos encontramos con los ojos bien abiertos y aterrorizados. ¿Estamos pecando cuando estamos abrumados? ¿Dónde está Dios cuando, luego de muchos años, nuestros diarios de oración son como carteles de SOS en las arenas de mil islas desiertas? ¿Qué podemos esperar a medida que crecemos en Cristo?

Historias de los muy cargados
Algunas personas están obsesionadas con la cocina francesa, otras con las cartas de Pokémon. Dios tiene una afinidad visible con las personas en crisis; hombres y mujeres tambaleándose al final de sus cuerdas. Él se acerca a los débiles y agotados. Nadie se aferra tanto a los abrumados como nuestro Padre. La Escritura rebalsa de historias acerca de Dios interceptando a Su pueblo en el momento máximo de sus suspiros.
El siervo de Eliseo
Abrumados por las hordas de enemigos que los rodeaban en la batalla, el siervo de Eliseo dice: “¡Ah, señor mío! ¿Qué haremos?” (2R 6:15). Elías intercede por su sirviente, y Dios le concede al jóven espectáculos celestiales al ver los caballos invisibles y los carros de fuego.
Dios puede utilizar las oraciones de un santo sazonado para trabajar en nuestro favor, haciendo crecer nuestra vista espiritual y la resistencia en la batalla. No siempre vemos con claridad en medio del caos y la amenaza. El miedo intenta hacernos murciélagos ciegos. Dios busca lo contrario: Él nos da la vista cuando el camino está patas arriba. Hay más en nuestras situaciones abrumadoras de lo que el ojo puede ver.

Elías
Abrumado por la montaña rusa del ministerio, Elías desea morirse. Habiendo celebrado la victoria de Dios sobre Baal recientemente, ahora él está escapando por su vida. Elías suplica en el desierto: “Basta ya, Señor, toma mi vida porque yo no soy mejor que mis padres” (1R 19:4). No una vez, si no dos, Elías se queda dormido (como las personas abrumadas también lo hacen), y Dios lo despierta ambas veces con el almuerzo en lugar de sermones o retos; tortas cocidas en piedras calientes y una vasija de agua.
Como una madre atenta, a Dios le importa nuestra necesidad física de sueño, nutrientes, oxígeno y sol. Quizás utilice una caminata por bosques esmeralda o esa suave porción de pastel de durazno que te recuerda a Su placer paternal para sostener tu constitución hecha de polvo.

Marta
Abrumada por su hermana María, sentada y disfrutando de Jesús mientras ella revolotea por la habitación como un trompo, Marta refunfuña (Lc 10:39-40). Jesús podría haber apaciguado la indignación de Marta al agradecerle por ser hospitalaria, pero no lo hace. Jesús ve sus cargas con visión de rayos X. Él identifica ansiedad donde la fe debería haber tenido lugar.
Dios nunca consiente nuestros ídolos, aún los más decentes. Él quiere más para nosotros de lo que nosotros queremos. Su bisturí puede diseccionar nuestras vidas distraídas y amores fragmentados para darnos la mejor porción, por la cuál María pausó y se quedó.

Pedro
Abrumado por negar a Cristo tres veces cuando juró defenderlo hasta la sangrienta muerte, Pedro llora (Mt 26:75). Él piensa que podría llorar por la eternidad. Hasta que Jesús se aparece ante él en la costa. No es casualidad para Pedro que esta escena de pesca sea similar al felíz día en que Jesús lo llamó, pidiéndole que lo siguiera (Lc 5:1-11). El mundo de Pedro cambia a medida que Jesús lo interroga. Tres veces Jesús le pregunta a Pedro si lo ama, cada pregunta más incisiva que la anterior, más, más dura que cualquier atracción a la pesca en su corazón (Jn 21:15-17).
Mientras nuestro pecado puede maniatar nuestra esperanza, no abruma al Señor Jesús. Él comisionó a Pedro otra vez cerca del mar, recordándole quién era y qué haría Dios por medio de su vida y muerte. Jesús puede estar llamándonos a dejar la culpa que debilita para servirle como hijos, diciéndonos a todos los que hemos fallado como Pedro: “Sígueme”.

Jesús
Abrumado por la copa de sufrimiento en Sus labios, Jesús ora rostro a tierra en el polvo de Getsemaní. El polvo del pecado del mundo pronto lo sofocará. “Estoy en agonía”, podría haberle dicho a Sus amigos, si no hubieran estado dormidos profundamente. Su cuerpo humano, estresado al máximo, expresa alarma y suda sangre. El Cordero sin mancha pide otra manera, pero nunca duda de que Su Padre sabe que es lo mejor. “No se haga Mi voluntad, sino la Tuya” (Lucas 22:42). Jesús llora, esperando la turba de medianoche y el beso de Judas.
Abrumados por Él
El sirviente de Eliseo, Elías, Marta y Pedro son buena compañía, pero Jesús abrumado lo cambia todo. Nuestro Señor estaba abrumado hasta la muerte, pero no estaba controlado por ello. Esto nos enseña algunas cosas.
Primero, si seguimos los pasos de Jesús, no deberíamos sorprendernos cuando nos encontremos acostados en oración de manera similar, inadecuados para la tarea frente a nosotros.
Segundo, no estamos pecando automáticamente cuando experimentamos una fuerte presión y estrés. Como Jesús, nos dolemos de la muerte de un amigo (Mt 14:12-13), requerimos refrigerio después de la prueba (Mt 4:11), y necesitamos decir palabras impopulares a personas populares (Mt 23), y todo esto puede sentirse abrumador.
Tercero, si vamos a sobrevivir a un sinfín de situaciones abrumadoras que llenan nuestras oraciones y diarios, Dios debe ser supremamente abrumador para nosotros. Los problemas temporales quieren dejarnos rostro a tierra en desesperación. Dios quiere dejarnos acostados también, en sumisión humilde y gozosa a Su voluntad. Cuando estamos abrumados por Dios en lugar de estar abrumados por nuestros problemas, Su amor constante y fidelidad brillarán como un valioso collar en nuestros cuellos (Pro 3:3). Caminaremos con una buena renguera a causa de nuestra batalla espiritual (Gn 32:22-32). Sin importar el desastre, miraremos hacia las montañas y diremos sobre cada gramo de circunstancias abrumadoras: “Mi ayuda viene del Señor” (Salmo 121:2). Y seremos como nuestro Señor: el Hijo en Getsemaní sometido a Su Padre cuando le costaría todo, porque sabía que Su Padre es muy bueno.

Hemos experimentado este fenómeno. Los ciegos escriben himnos que dan vista espiritual a generaciones, las viudas perdonan a los asesinos de sus cónyuges, los discapacitados demuestran una resistencia especial, los heridos consuelan a otros desde un granero abundante en cuidados celestiales. Las inundaciones de abrumación no acaban con aquellos abrumados por Dios. Las olas son amenazantes, pero la atención de estos santos está en otro lado, como suele estar la atención de los amantes desafortunados. Cristo los abruma con gloria y los hace levantarse.