Marzo 25
Jesús les dijo: “Yo soy el pan de la vida; el que viene a Mí no tendrá hambre, y el que cree en Mí nunca tendrá sed” (Juan 6:35).
Este pasaje señala el hecho de que creer en Jesús es alimentarse y beber de todo lo que Jesús es. Implica tanto como decir que la sed de nuestra alma se satisface con Jesús, de manera que ya no tenemos sed.
Él es el fin de nuestra búsqueda de satisfacción. No hay nada más allá de Él, y tampoco nada mejor.
Cuando confiamos en Jesús de la manera en que Juan quiere que lo hagamos, la presencia y promesa de Jesús nos satisfacen tanto que ya no estamos dominados por la atracción de los placeres del pecado (ver Romanos 6:14). Esto explica por qué ese tipo de fe en Jesús anula el poder del pecado y hace posible la obediencia.
Juan 4:14 apunta en la misma dirección: “Pero el que beba del agua que Yo le daré, no tendrá sed jamás, sino que el agua que Yo le daré se convertirá en él en una fuente de agua que brota para vida eterna”. De acuerdo con Juan 6:35, la fe que salva de la que se habla acá es como beber del agua que satisface los deseos más profundos del alma.
Lo mismo ocurre en Juan 7:37-38: “En el último día, el gran día de la fiesta, Jesús puesto en pie, exclamó en alta voz: ‘Si alguien tiene sed, que venga a Mí y beba. El que cree en Mí, como ha dicho la Escritura: “De lo más profundo de su ser brotarán ríos de aguaviva”’”.
Por medio de la fe, Cristo se convierte en una fuente inagotable de vida dentro de nosotros que nos satisface para siempre y que nos guía al cielo, y en el camino nos libera de las ilusiones pecaminosas de otras satisfacciones. Esto lo hace enviándonos su Espíritu (Juan 7:38-39).
