La inmoralidad sexual es una preocupación recurrente en nuestra crianza. Muchos adultos crecimos sin una educación sexual “sana y santa”, aprendiendo en cambio una versión distorsionada y mundana en la calle o de amigos. Quizás no se nos enseñó que la sexualidad es un regalo de Dios diseñado exclusivamente para el matrimonio. Aunque la inmoralidad es seductora, la Biblia aclara que su raíz es un asunto del corazón (Mt 15:19).
Ante esto, los padres tenemos el deber ineludible (Ef 6:4) de instruir a nuestros hijos en el diseño bíblico de la sexualidad. Hoy, la juventud recibe mucha información “adulterada”, incluso en las escuelas, donde se les dice que “todo es permitido”. Sin embargo, el verdadero problema no es esa influencia externa, sino la falta de instrucción y comunicación en el hogar, donde a menudo, se evita el tema por considerarlo “tabú” o por pensar que es “muy pronto”.
Debemos ser intencionales en equipar a nuestros hijos con la verdad de Dios para que puedan discernir la mentira. Si abordamos la sexualidad desde la perspectiva bíblica, deja de causar “morbo” y se revela como lo que es: un regalo honroso de Dios para el matrimonio. Esta enseñanza es vital en todas las etapas, sea en la niñez, adolescencia o adultez.
Lo ideal es que ambos padres participen en esta instrucción, usando la Palabra de Dios como la guía necesaria y suficiente. Es crucial que esta conversación sea constructiva y se adapte siempre a la edad y género de cada hijo, pues las necesidades de un niño de 7 años son distintas a las de un adolescente.

La sexualidad en Proverbios
El libro de Proverbios es de gran ayuda en este tema. Vemos al sabio Salomón aconsejando a su hijo (1:8), cumpliendo de esa forma el mandato de Deuteronomio 6 acerca de instruir a las nuevas generaciones. Él, siendo el hombre más sabio sobre la tierra en su momento, se tomó el tiempo de guiar a su hijo en el camino de la pureza sexual.
Parece contradictorio que alguien que fue tan inmoral, dedique gran parte de su tiempo para hablar y exhortar acerca de ese tema. Claramente es la gracia de Dios sobre su vida la que le da la autoridad para hacerlo, y es la soberanía de Dios, en definitiva, la que permite que todo lo que vivió ahora sirva para alertar a toda una humanidad a no caer en lo mismo. Si alguien sabía de la inmoralidad y sus consecuencias de primera mano, era Salomón. David, su padre, fue capaz de planear un asesinato para encubrir su pecado de manera sutil, dejándose vencer por la inmoralidad.

Con esto no quiero decir que necesitamos vivir en carne propia la inmoralidad y estar bajo el juicio de Dios para saber aconsejar a nuestros hijos en este tema. Tenemos la Palabra de Dios que nos muestra el diseño divino para la sexualidad, la pureza, la santidad y el honrar nuestro matrimonio. Necesitamos depender del Espíritu Santo para poder guiar, corregir, enseñar e instruir a nuestros hijos.
Salomón sabía que, aunque el pecado de su padre había sido perdonado, las consecuencias y el juicio de Dios para David no fueron quitados. Él conocía, y vivía también, en inmoralidad al tener 700 esposas y 300 concubinas; o sea, ese pecado Salomón lo conocía a la perfección y con ello, advierte a su hijo lo que sucederá si él no se alejaba de la inmoralidad.
Particularmente, Proverbios 5 constituye una advertencia contra la impureza y toca los temas que como padres debemos enseñar a nuestros hijos. Al igual que Salomón, debemos hablar de frente con ellos, orar que nuestro amoroso Dios nos dé la gracia para llegar a sus corazones, y el Espíritu Santo los sensibilice para que atiendan el consejo. Salomón hace varias observaciones que aún hoy son vigentes, las cuales sirven para instruir a nuestros hijos, y aun a nosotros mismos como matrimonios.

El modus operandide la inmoralidad
En los pasajes bíblicos de Proverbios, la inmoralidad es frecuentemente representada como una “mujer extraña”, lo cual nos permite analizar en detalle cómo opera este pecado. Revisemos brevemente cuatro formas en las que actúa esta mujer.
Engaña
Porque los labios de la extraña destilan miel,
Y su lengua es más suave que el aceite;
Pero al final es amarga como el ajenjo,
Aguda como espada de dos filos.
Sus pies descienden a la muerte,
Sus pasos solo logran el Seol.
No considera la senda de la vida;
Sus senderos son inestables, y no lo sabe (Pro 5:3-6).

La estrategia principal de la inmoralidad es el engaño. Salomón, en su sabiduría, advierte que la seducción entra principalmente por el oído, por medio de palabras de elogio. Cuando nuestros hijos, especialmente en sus etapas más vulnerables, no reciben la atención adecuada de nuestra parte —quizás por falta de tiempo o porque no los escuchamos eficazmente—, se vuelven presa fácil. Siempre habrá alguien del sexo opuesto dispuesto a ofrecer no solo un oído atento, sino también palabras que halagan, que dan aceptación y que los hacen sentir importantes.
Es nuestro deber primordial que nuestros hijos escuchen esas palabras de afirmación primero de nuestros labios. Así, no tendrán la necesidad de buscarlas en personas que podrían dañarlos. Debemos hablarles, adecuando el mensaje a su edad, sobre lo peligroso que es prestar atención a la zalamería, venga de conocidos o extraños. La inmoralidad no respeta edad, género, estatus social, religión ni parentesco.

Este mismo principio se aplica al matrimonio. Cuando una persona no recibe suficientes muestras de amor y afirmación de su cónyuge, se vuelve vulnerable. Un tercero puede aparecer ofreciendo exactamente esas palabras que halagan y que la persona necesita escuchar, pero que deberían venir de su pareja. Esto es un llamado urgente a ambos cónyuges: debemos estar siempre dispuestos a escuchar y hablar con nuestra pareja, evitando los largos periodos de silencio y la desconexión.
Debemos hacerles entender a nuestros hijos que, aunque esas palabras dulces los hagan sentir bien, amados o admirados por un tiempo, el final será amargo si se involucran sexualmente. Hay que tener cuidado con la persona que usa la adulación, especialmente si nuestras necesidades de afecto no están cubiertas y, más aún, si nuestra mirada no está puesta en Cristo. ¿Para qué experimentar la angustia de fallarle a Dios o al cónyuge? La inmoralidad miente: ofrece dulzura, pero entrega dolor, roba la honra y empobrece espiritualmente.

Roba la vida
La inmoralidad es una ladrona experta. Roba lo mejor de la vida: la juventud, la fuerza, el honor y, fundamentalmente, la paz. Debemos enseñar a nuestros hijos —adolescentes, jóvenes adultos y casados— que la inmoralidad tiene un costo altísimo en dinero, trabajo y esfuerzo, y que destruye la confianza. Comienza seduciendo “gratuitamente”, pero pronto exige una inversión total.
Quien cae en ella se ocupa en satisfacerla, ya sea entregando su honor por medio de la prostitución, de los amantes o de la pornografía. Gastará dinero comprando silencio o invirtiendo el fruto de su trabajo en cortejar a alguien que no tendrá compasión y que lo incitará a pecar más, apartándolo del Señor.
¿Por qué entregar lo mejor de la vida a este engaño? No solo en bienes materiales, sino en tiempo desperdiciado, buscando saciar una sed que solo Cristo puede calmar. Como padres, debemos, primero, aprender a fundamentarnos en Jesús y vivir conforme al Espíritu, no según la carne (Ro 8:5-6), para poder enseñar a nuestros hijos a hacer lo mismo y encontrar la paz que la inmoralidad roba.

Acaba con la felicidad
Y al final te lamentes,
Cuando tu carne y tu cuerpo se hayan consumido,
Y digas: “¡Cómo he aborrecido la instrucción,
Y mi corazón ha despreciado la corrección!
No he escuchado la voz de mis maestros,
Ni he inclinado mi oído a mis instructores” (Pro 5:11-13).
La inmoralidad conduce a un lamento profundo. Debemos hablarles a nuestros hijos sobre las graves consecuencias de no esperar el plan perfecto de Dios, buscando placer fuera de tiempo y con las personas equivocadas. Advirtámosles del peligro usando estos versículos. Aunque quizás no evitemos que pequen, sabrán que nos preocupamos por su santidad. Nuestras oraciones deben “estorbar” el pecado en sus vidas, pidiendo que el Espíritu Santo los convenza.
Oremos para que entiendan que es mejor frenar a tiempo y no esperar al arrepentimiento tardío, cuando su entendimiento esté nublado y lo estén perdiendo todo por encantos efímeros. El pecado de inmoralidad ciega, enferma el alma y conduce a la muerte.

Destruye la honra
He estado a punto de completa ruina
En medio de la asamblea y la congregación (Pro 5:14).
Todos conocemos casos, o quizás lo hemos vivido, de adulterio o pecado sexual. Siempre hay alguien que ve; los secretos raramente se guardan. Cuando todo sale a la luz, vienen la deshonra y la vergüenza pública. Salomón advierte sobre esta ruina en medio de la congregación.
No hay necesidad de pasar por esa humillación, de ser señalado por los que no tienen compasión o por aquellos heridos por la traición. No hay necesidad de vivir con etiquetas que recuerden ese pecado. Oremos para que nuestros hijos atiendan estos consejos y vivan en santidad.

Cómo combatir la inmoralidad
Es posible que algunos hayamos aprendido sobre el modus operandi de la inmoralidad mediante la dolorosa experiencia de pecar, ya sea fornicando o adulterando. Probablemente otros, por el favor inmerecido de Dios, no hayamos caído de esa manera y hayamos conocido estos peligros por medio del estudio de Su Palabra. Sea cual sea nuestro caso, una vez que entendemos cómo actúa, es de vital importancia conocer también cómo debemos actuar para combatirla. Revisemos cuatro formas para evitarla.
No buscar fuera lo que Dios ha provisto
Bebe agua de tu cisterna
Y agua fresca de tu pozo.
¿Se derramarán por fuera tus manantiales,
Tus arroyos de aguas por las calles? (Pro 5:15-16).
Dios, en Su infinita bondad y sabiduría, ha provisto de manera piadosa, santa e ilimitada el placer sexual dentro del pacto matrimonial. La inmoralidad, en todas sus formas (adulterio, fornicación, pornografía), ofrece una versión corrupta y limitada de ese mismo placer. Por tanto, si esperamos y confiamos en el plan perfecto de Dios, la inmoralidad se vuelve completamente innecesaria.

Dios no solo lo sugiere, sino que nos manda a cumplir con el deber conyugal, a no negarnos el uno al otro (1Co 7:5). El mandato es encontrar el placer sexual exclusivamente en nuestro matrimonio, renunciando a buscarlo fuera y evitando ser partícipes de los pecados sexuales que, lamentablemente, se practican con tanta libertad en el mundo.
Mantenerse puro
Sean para ti solo,
Y no para los extraños contigo (Pro 5:17).
Continuando con el contexto de la metáfora del pozo, es fundamental recordar y hacer saber a nuestros hijos casados que deben mantenerse en santidad. Esto implica guardar el lecho marital sin manchas, como lo exhorta Hebreos 13:4. Debemos recordarles que, como hijos de Dios, su pacto es exclusivo; no tienen por qué “compartir” a su pareja. Si Dios ha provisto de Su bondad para ellos por medio de su cónyuge, deben permanecer fieles en ese lugar sagrado, pues es allí donde Dios envía Su bendición como matrimonio. Las personas inmorales, por definición, no son fieles.

A nuestros hijos solteros, el mensaje es igualmente crucial: deben mantenerse puros para cuando llegue el momento de casarse. De inicio, esto puede parecer una tarea titánica en el mundo de hoy. Sin embargo, debemos recordarles la promesa de la gracia: Dios no les dejará ser tentados más de lo que puedan soportar (1Co 10:13). Por eso, el tiempo de soltería es ideal para fortalecerse en Dios mediante Su Palabra y la obediencia. La rendición de cuentas es vital. Es bueno que pidan apoyo en oración, y nosotros, como padres de jóvenes solteros, debemos apoyarnos en pastores o líderes juveniles.
Bendecir el lecho
Sea bendita tu fuente,
Y regocíjate con la mujer de tu juventud,
Amante cierva y graciosa gacela;
Que sus senos te satisfagan en todo tiempo,
Su amor te embriague para siempre (Pro 5:18-19).
No cabe la menor duda de que Dios bendice la sexualidad dentro del matrimonio. Es honorable y le agrada. Debemos tomar el ejemplo de Salomón y animar a nuestros hijos a que, llegado el momento, disfruten plenamente a su cónyuge. Deben aprender a gozarse solo con su pareja en el matrimonio. Al tener estas conversaciones, debemos evitar usar palabras que puedan apenarlos o causarles vergüenza. Simplemente, hagámosles saber que dentro del matrimonio pueden estar confiados en que su sexualidad es bendecida por Dios. Deben mantenerse en santidad para que su matrimonio y su vida sexual glorifiquen al Dios de los cielos. Hablemos con nuestros hijos sobre sexualidad con prudencia y de manera honorable, reflejando el diseño divino: santo, puro y basado en la confianza de que lo que enseñamos es bíblico.

Cuidar la mente
¿Por qué has de embriagarte, hijo mío, con una extraña,
Y abrazar el seno de una desconocida? (Pro 5:20).
Después de que Salomón le muestra a su hijo la inmensa bendición que es el matrimonio, le presenta la conclusión lógica: querer estar con alguien más es una necedad. Ya sea en fantasear con otra mujer o consumir pornografía, la mente del individuo no debe estar centrada en lo prohibido (Fil 4:8). Al contrario, debe reconocer lo bendecido que es por Dios al tener un cónyuge con quien pasará el resto de sus días.
Incluso a nuestros hijos solteros podemos instruirlos en esto mismo: en guardarse y saber esperar por la persona con quien se casarán. No vale la pena que pierdan la paz ni la cabeza por querer experimentar un placer momentáneo; deben saber esperar la bendición completa. Instruyámosles a que llenen su mente con la Palabra de Dios (Col 3:16). Deben saber que siempre pueden contar con nosotros para escucharles y con nuestras oraciones cuando se sientan tentados.