Enero 5
“Porque todo sumo sacerdote tomado de entre los hombres es constituido a favor de los hombres en las cosas que a Dios se refieren, para presentar ofrendas y sacrificios por los pecados… Nadie toma este honor para sí mismo, sino que lo recibe cuando es llamado por Dios, así como lo fue Aarón. De la misma manera, Cristo no se glorificó a Él mismo para hacerse Sumo Sacerdote, sino que lo glorificó el que le dijo: ‘Hijo Mío eres Tú, Yo te he engendrado hoy’; como también dice en otro pasaje: ‘Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec’”. Hebreos 5:1, 4-6
El concepto de sacerdocio y el sistema sacrificial están muy lejos de nuestro mundo occidental contemporáneo, pero entenderlos es fundamental para la vida cristiana. La práctica del sacrificio de animales en Israel en el Antiguo Testamento no era un sistema creado por el ser humano en un intento vano por alcanzar a Dios y por hacerse aceptable ante Él. En cambio, tenía la intención de ayudar al pueblo de Dios a entender Su carácter, Sus expectativas y la maravilla de Su plan de redención (y aún hoy puede ayudarnos a hacer esto). En todos sus detalles, Dios estaba apuntando a Su pueblo hacia la obra terminada y perfecta del Señor Jesucristo, quien llegaría como el gran Sumo Sacerdote y como el sacrificio perfecto ofrecido en su lugar.
Históricamente, el sumo sacerdote de Israel debía venir de la línea de Aarón, el hermano de Moisés, y era considerado con “el rango más alto” entre sus hermanos (Lv 21:10, NTV). Este individuo habría experimentado las mismas condiciones sociales, presiones y pruebas que los hombres y mujeres a quienes representaba, lo que habría ayudado a hacerlo un abogado más compasivo a favor de ellos.
Sin embargo, mucho antes de la llegada de Jesús, el patrón histórico del nombramiento del sumo sacerdote había sido corrompido por Herodes el Grande y por otros gobernantes que escogían ellos mismos al sumo sacerdote. Ellos no entendieron que el papel del sumo sacerdote no era un honor concedido por el hombre, sino, en última instancia, un llamado de Dios, como fue para Aarón. Los sumos sacerdotes no debían representar al sistema político; debían representar al pueblo de Dios ante Él mismo.
Este es uno de los factores que convierten a Jesús en el mejor sumo sacerdote que puede existir: Él no tomó para Sí la gloria de volverse un sumo sacerdote; en cambio, fue nombrado por el Padre. Él reconoció: “Si Yo mismo me glorifico, Mi gloria no es nada; es Mi Padre el que me glorifica, de quien ustedes dicen: ‘Él es nuestro Dios’” (Jn 8:54). Él soportó de manera perfecta las mismas dificultades que nosotros. Él se ha presentado ante el Dios Todopoderoso por causa de nuestros pecados, aun cuando Él fue sin pecado. Con un espíritu de gentileza, Jesús nos mueve hacia la justicia. Ya que Él ofreció el sacrificio perfecto (de hecho, ya que Él fue el sacrificio perfecto), tú y yo podemos disfrutar de la presencia de Dios tanto ahora como por la eternidad. Ningún pecado ni sufrimiento, ninguna decepción ni desesperanza puede volver menos verdadera esta gloriosa realidad: tú tienes un sacerdote para siempre, y, por lo tanto, tienes un lugar con Él para siempre.
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
