Febrero 8
“Supongamos que uno de ustedes tiene un amigo, y va él a medianoche y le dice: ‘Amigo, préstame tres panes, porque un amigo mío ha llegado de viaje a mi casa, y no tengo nada que ofrecerle’. Les digo que, aunque no se levante a darle algo por ser su amigo, no obstante, por su importunidad se levantará y le dará cuanto necesite. Así que Yo les digo: pidan, y se les dará; busquen, y hallarán; llamen, y se les abrirá”. Lucas 11:5-9
Es tentador pensar que hablar sobre Dios es la expresión principal de nuestra relación con Él. Sin embargo, es posible que hablemos con Dios sin ningún conocimiento íntimo de quién es Él en verdad. A menudo, la evidencia de nuestra relación personal con Dios no se encuentra en nuestras palabras públicas, sino en nuestras oraciones privadas, no en lo que decimos sobre Él, sino en lo que le decimos a Él. De hecho, tal como se dice que Robert Murray M’Cheyne afirmó en alguna ocasión: “Lo que un hombre es de rodillas ante Dios, eso es él, y nada más”.
¡Allí está el reto! Porque, si somos honestos, muchas de nuestras oraciones reflejan una relación estática o distante, no el dinamismo que debería marcar una amistad cálida. Ahora bien, si esto es verdad de nosotros, podemos estar seguros de que no estamos solos. Los discípulos de Jesús también querían crecer en intimidad con su Padre celestial, pero sabían que necesitaban que el Señor les enseñara a hacerlo (Lc 11:1); como respuesta, Jesús, una vez esbozado lo que se llamaría el “Padre Nuestro”, les relató una parábola sobre la petición audaz de un amigo.
Para iniciar Su ilustración, Jesús establece la relación de los dos hombres de Su historia: son amigos. Luego, explica cómo uno de ellos, por mostrar hospitalidad a un huésped que llegó de viaje, va a casa del otro a medianoche a pedirle prestados tres panes. Inclusive, se arriesga a despertar a toda la familia de su amigo con tal de hacer la petición. Jesús dice que, gracias a su audaz persistencia, el segundo amigo se levanta y le da al primero lo que necesita.
Lo que necesitamos entender de la historia de Jesús es esto: si una amistad humana sincera produce una respuesta tan generosa, podemos estar seguros de que Dios jamás nos rehusará nada que de verdad necesitemos cuando acudimos a Él en oración. La petición del hombre fue audaz, pero, por más demandante que pudiera haber sonado, fue escuchada por un amigo y respondida gracias a su persistencia. Por tanto, ¿cuánto más podemos estar absolutamente confiados en que nuestro Padre celestial está dispuesto a responder cuando nos acercamos a Él con un corazón sincero y humilde?
Estar seguros delante de Dios no es necesariamente presuntuoso. Más bien, podemos tener confianza ante Su trono por causa de la amistad que Él mismo ha establecido con nosotros por medio de Jesús. Gracias a Él, podemos hablar con nuestro Creador con la “importunidad” de un amigo cercano. ¡Qué idea tan increíble! No existe la medianoche para Dios, ni habrá tampoco un momento cuando le sea inconveniente que acudamos a Él como nuestro Amigo. Todo lo que tenemos que hacer es tocar a la puerta.
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
