¿Por qué el cristiano debería buscar hábitos saludables? ¿Hay alguna razón que vaya más allá de “verse bien”?
La industria contemporánea del fitness ha hecho muy bien su trabajo. Por medio de campañas persuasivas, ha sabido afianzar en el corazón de hombres y mujeres el afán por lograr sus propios objetivos físicos a cualquier costo.
Con frecuencia, somos bombardeados con mensajes como: “Busca la mejor versión de ti mismo”, “tú eres todo lo que necesitas” o “tu cuerpo te pertenece”. Todo esto evidencia que, desde el punto de vista del humanismo, el hombre se erige como el amo absoluto de sus cambios y progresos. Se busca siempre la gloria personal, alimentando la vanidad y, tristemente, menospreciando a quienes no “dan la talla”. A esta idolatría del cuerpo y del egoísmo es a lo que llamo el “fitness caído”.
Sin embargo, creo firmemente que un cristiano puede y debe perseguir hábitos saludables, pero desde una trinchera muy distinta: en el contexto de la búsqueda de su santidad personal y el amor hacia otros. Veamos cuatro formas en las que el ejercicio físico es una oportunidad para crecer juntos en comunidad.
1. El ejercicio como oportunidad para el dominio propio
En su primera carta a Timoteo, el apóstol Pablo exalta la disciplina del carácter (la piedad) por encima del ejercicio físico: “Más bien disciplínate a ti mismo para la piedad. Porque el ejercicio físico aprovecha poco, pero la piedad es provechosa para todo, pues tiene promesa para la vida presente y también para la futura” (1Ti 4:7-8). En este pasaje, Pablo no prohíbe ni sataniza el ejercicio físico; lo que hace es enfatizar la futilidad de ejercitar el cuerpo si esto no tiene una relación directa con el crecimiento espiritual. Un cuerpo fuerte con un espíritu marchito es una tragedia a la luz de la eternidad.

Estoy convencido de que los hábitos saludables, cuando se enmarcan en el concepto del dominio propio (parte del fruto del Espíritu) y la disciplina personal, son parte integral del carácter piadoso de todo creyente. Dejar que nuestros impulsos dominen nuestro cuerpo es un peligro espiritual que Pablo advierte con claridad y dolor en Filipenses 3:18-19:
Porque muchos andan como les he dicho muchas veces, y ahora se lo digo aun llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo, cuyo fin es perdición, cuyo dios es su apetito y cuya gloria está en su vergüenza, los cuales piensan solo en las cosas terrenales.
Tanto si eres de los amantes del deporte y la buena nutrición, como si te cuesta horrores la disciplina personal, quiero invitarte a meditar en lo que tiene que decirnos la Escritura respecto a estos procesos de progreso y cambio físico. Ejercitemos nuestro corazón fortaleciendo estas verdades bíblicas sobre la disciplina y la mayordomía de nuestro cuerpo.

2. El ejercicio como oportunidad para corregirnos en amor
Seamos honestos. Todos tenemos hábitos que cambiar y patrones de conducta que no son precisamente saludables. Unos luchan con la pereza y el sedentarismo, otros batallan con la gula o la ansiedad por la comida. Al final, todos lidiamos con las debilidades de nuestra carne. Lo hermoso del evangelio es que no caminamos solos; estamos juntos en este proceso llamado santificación progresiva, confiando en que el carácter de nuestro Señor Jesucristo se forjará en nuestros corazones y que esto, inevitablemente, se reflejará en un estilo de vida ordenado y saludable. ¡Y para eso tenemos las correcciones de nuestros hermanos! Proverbios 27:6 dice: “Fieles son las heridas del amigo, pero engañosos los besos del enemigo”.
Lo cierto es que este tipo de correcciones sobre nuestros hábitos deben hacerse en un entorno seguro, lleno de gracia y de manera profundamente bíblica. No podemos ir por ahí disparando juicios y diciéndole a los hermanos a discreción todo lo que deben corregir en sus tallas o dietas; eso sería falta de amor. Pero lo que sí podemos y debemos orar juntos, exhortarnos con gracia para que el Señor ponga un deseo profundo de ser fieles en el cuidado de nuestro cuerpo, que es templo del Espíritu Santo (1Co 6:19). La intencionalidad del ejercicio y la nutrición debe verse como una mayordomía corporal bíblica, vivida de manera individual, pero siempre para Su gloria.

3. El ejercicio como oportunidad para servirnos mutuamente
Mateo 20:26 dice: “No ha de ser así entre ustedes, sino que el que entre ustedes quiera llegar a ser grande, será su servidor” (Mt 20:26). La vida del cristiano se resume en una entrega de constante servicio a su Señor y a la esposa de su Señor, que es la Iglesia. El creyente que comienza un proceso de instaurar hábitos saludables debe anclar su mente en una verdad fundamental: es beneficiario de la gracia del Señor para el fin mayor de servir a los demás. ¡No somos ni seremos el centro del proceso!
La belleza y centralidad de la mayordomía corporal radica en reconocer que somos responsables de administrar algo que no nos pertenece. Cuidamos de nuestra salud física para tener la vitalidad, la energía y la disposición de servir a nuestro Dios, a nuestra familia y a nuestra congregación sin ser un estorbo por negligencia propia.
Además, esto tiene un impacto hacia afuera. No podemos olvidar las palabras de Cristo: “Ustedes son la luz del mundo. Una ciudad situada sobre un monte no se puede ocultar” (Mt 5:14). Nosotros, la iglesia, hemos de mostrar al mundo cómo debe ser vivida la vida saludable sin caer en la vanidad. El mundo debe ver nuestra actitud equilibrada frente al cuidado del cuerpo. Que cuando te vean comer con prudencia, descansar lo necesario y ejercitarte con modestia, no vean a alguien obsesionado con los espejos, sino que tan solo vean a un cristiano buscando agradar y ser útil a su Señor.

4. El ejercicio como oportunidad para estimularnos a las buenas obras
Hebreos 10:24 dice: “Considerémonos como estimularnos unos a otros al amor y a las buenas obras” (Heb 10:24). A menudo pensamos que esas “buenas obras” se limitan a acciones de orden ministerial dentro del edificio de la iglesia. Sin embargo, implican también todas aquellas tareas cotidianas que nos permiten desarrollar con eficacia nuestro llamado: servir en casa, cuidar a los hijos, ayudar a un hermano en necesidad, e incluso tener la fuerza física y mental para preparar la predicación de un sermón. Nos estimulamos a estas buenas obras a través de hábitos saludablemente bíblicos que glorifican al Señor en el día a día. Una simple caminata, un plato de comida balanceado, una tanda de ejercicio y un correcto descanso se convierten en combustible para el ministerio.

Por lo tanto, el ejercicio de una mayordomía corporal bíblica no es un asunto estrictamente individual en el cristiano; es un acto colectivo. Los beneficiarios somos todos: en primer lugar, el que lo ejerce y, en segundo lugar, el que observa e imita tal ejemplo. A diferencia de los “procesos saludables” de la industria del fitness, que están centrados en alcanzar objetivos personales y egoístas, la mayordomía corporal fundamentada en Cristo abraza el apoyo colectivo.