La envidia nunca caza sola

¿Qué hombre podría enfrentarse a un lobo tan feroz, por no hablar de un grupo de lobos feroces?

Una de las cosas más duras de fracasar es, al mismo tiempo, ver a otros triunfar. En algún momento, todos sentimos el amargo sabor de la pérdida, pero nada es tan doloroso como ver a alguien conseguir lo que tú querías.  Por ejemplo, en mi época de estudiante, veía cómo compañeros más dotados que yo eran más sobresalientes, recibían más reconocimiento y tenían más oportunidades. Al ver que otros recibían exactamente lo que yo quería, ardía de rabia, resentimiento y odio por sus talentos.  Es muy fácil enojarse cuando vemos que Dios otorga bendiciones a otros, como ser, un alto aumento salarial, un esposo confiable, una esposa hermosa, hijos obedientes, una mente inteligente, ese don espiritual que siempre quisiste o la capacidad de servir a la iglesia mejor de lo que nunca pensaste que podrías. También, es demasiado fácil alegrarse de la pérdida de otros porque abre una vía para nuestro «éxito», sea cual sea.  Entonces, ¿qué es esta amargura? ¿Qué es esta ira? Es ese asesino llamado envidia.  Envidia  La envidia invierte el orden bíblico, en lugar de «gozaos con los que se gozan y llorad con los que lloran» (Ro 12:15), nos incita a «llorar por los que se alegran y alégrate por los que lloran» (Joe Rigney, Envy and Rivalry in Christian Ministry [Envidia y rivalidad en el ministerio cristiano]). En última instancia, la envidia desea tener lo que otros tienen. Nos hace ser infelices hasta que poseamos lo que otros tienen, o más aún, hasta que tengamos más que ellos.  En su esencia, la envidia es el pecado inquieto de la ira y de la infelicidad ante los dones dados por Dios que disfruta otra persona.  Como todos los pecados, la envidia seguramente traerá la muerte eterna. Así que, para que no nos mate la envidia, debemos matarla. Pero para matarla tenemos que saber que la envidia nunca caza sola nuestro corazón.  Un lobo con pecados hermanos  La envidia es como un lobo feroz, dispuesto a devorar tu felicidad. Y, como un lobo, nunca está solo: caza y vive con hermanos. La envidia viaja en un grupo sanguinario de pecados que desea drenar la alegría de tu corazón hasta dejarlo seco. Dirige la caza del asesino, y sus hermanos mayores se esconden en la hierba, alentando y alimentando la envidia para que se ensañe con otros que reciben «algo mejor» de Dios. Los nombres de estos pecados hermanos son idolatría, ingratitud y orgullo. Para alimentar a su hermano menor, la envidia, dicen horribles mentiras. Así que, para matar la envidia, debemos entender las mentiras de las que se alimenta.  La mentira de la idolatría  Uno de los hermanos de la envidia, la idolatría, aparta los ojos de Dios y mira, en cambio, el éxito, la felicidad y los regalos de otras personas y dice: «He aquí tu dios«. A partir de esto, la envidia se alimenta y arde con una adoración perversa que eleva el regalo por encima del Dador. Todos hemos sido engañados por esto: vemos los preciosos regalos de otros y los deseamos como si fueran divinos. Y así, al decirnos que esos dones deben ser deseados más que a Dios, la idolatría hace que el corazón esté dispuesto a envidiar.  La mentira de la ingratitud  Entonces, ese pecado malhumorado llamado ingratitud echa más leña al fuego. La ingratitud escucha a su gemelo, la idolatría, y dice: «Esos regalos son mucho mejores. ¿Por qué Dios te da simples regalos?». Pero al final, dice: «Dios no es suficiente. Él no te satisface, pero esos regalos sí«. De esto, vemos que la ingratitud alimenta nuestra envidia porque nos ciega a nuestras bendiciones dadas por Dios, y pone el foco en la generosidad de otros, comparando las riquezas que Dios te ha dado con las que Él les dio a ellos.   La mentira del orgullo  Entonces, el hermano pretencioso, ese antiguo pecado llamado orgullo, utiliza la misma vieja mentira del Jardín: «Eres digno de tener estos dones. Seguramente, Dios te los retiene porque sabe que si los tienes, ‘llegarás a ser como Dios'». Y nosotros escuchamos. Vemos las bendiciones de los demás y nos decimos que las merecemos porque somos mucho mejores. En el fondo, queremos los dones de los demás porque, en última instancia, queremos ser alabados como alguien dotado.  La envidia no es un asesino en solitario, sino que merodea en un grupo de lobos feroces. Es un pecado horrible que rechaza los dones de Dios y a Dios mismo. Es idólatra, ingrato y orgulloso. Eleva el don por encima del Dador y, en última instancia, rechaza a Dios como satisfacción suprema del alma.   Combatir a los lobos con el León  ¿Qué hombre podría enfrentarse a un lobo tan feroz, por no hablar de un grupo de lobos feroces? Seguramente, se trata de una tarea insuperable que sólo conduce a ser despedazado. Sin embargo, hay una esperanza real. Tenemos de nuestro lado al todopoderoso León de la tribu de Judá, Jesucristo.  No sólo ha vencido todo el pecado, sino también la propia muerte (1 Co 15:54-57). Y como tenemos Su propio Espíritu habitando en nosotros (R 8:11), no sólo tenemos una oportunidad contra la envidia, sino un resultado seguro de que Dios nos perfeccionará y llevará a cabo Su obra en nosotros (Fil 1:6). Así que, realmente podemos tener éxito en la lucha contra la envidia. Pero ¿cómo la combatimos realmente?  Y en el último día, el gran día de la fiesta, Jesús puesto en pie, exclamó en alta voz, diciendo: Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba. El que cree en mí, como ha dicho la Escritura: “De lo más profundo de su ser brotarán ríos de agua viva”.  Nuestra mejor arma, pues, es creer lo que Jesús dijo en las Escrituras. Y en la Biblia, Jesús les dijo: “Yo soy el pan de la vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed” (Jn 6:35). De nuevo la Escritura dice: “Respondió Jesús y le dijo: Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed, pero el que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré se convertirá en él en una fuente de agua que brota para vida eterna” (Jn 4:13-14)  Sólo cuando vivimos para-Cristo podemos estar verdaderamente satisfechos (Mt 5:6), y vencer nuestros impulsos de envidia. Sólo cuando abandonemos las cisternas secas y nos acerquemos a la fuente de agua viva, veremos la insensatez de desear regalos menores y estaremos agradecidos por lo que Dios es para nosotros. Y, cuando confiemos en las promesas de Jesús de que sólo Él es nuestra satisfacción suprema, sabremos que, en Él, ya tenemos más de lo que podríamos desear.  Este artículo se publicó originalmente en Desiring God. 

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