El dominio propio en la vida y teología de Juan Calvino

Antes de reformar Ginebra, el carácter de Calvino tuvo que ser formado. Su teología del dominio propio aún ilumina el camino hacia una vida santa.
Foto: James Aitken Wylie

Al recorrer la historia de la iglesia, vemos numerosos ejemplos de hombres y mujeres que, fortalecidos por el Espíritu Santo (Ga 5:22-23), vivieron con dominio propio. Estudiar nuestra herencia cristiana es, en parte, contemplar la vida de aquellos que, como enseña el apóstol Pedro, añadieron “al conocimiento, dominio propio…” (2 P 1:5-6). Este ejercicio no es solo informativo, sino obediente al llamado de considerar la gloriosa “nube de testigos” que ha crecido a lo largo de los siglos (Heb 12:1). 

En este sentido, meditar en el dominio propio de los creyentes del pasado puede ser profundamente edificante para nuestra vida hoy. En este artículo, quisiera centrarme en Juan Calvino, un pastor cuya vida se cimentó en lo que constituye el verdadero fundamento del dominio propio: la Palabra de Dios y el Espíritu de Dios. Exploraré cómo su teología de la vida cristiana aborda la formación del carácter, poniendo especial atención a los años comprendidos entre 1536 y 1539.

El dominio propio del reformador

El reformador francés nació en 1509, cuando Martín Lutero (1483–1546) tenía 26 años. En 1528, Calvino entró a estudiar leyes. Tres años más tarde, por el mismo tiempo en que su padre murió, viajó a París para consolidar su formación. A pesar de enfocar sus esfuerzos en la academia, algo ocurrió alrededor del 1533: Calvino experimentó una “súbita conversión” por parte de Dios. Si bien él no destinó muchas palabras a esta experiencia, en el prefacio a su comentario a los Salmos (1557) indicó que Dios llevó y sometió su mente a ser más enseñable. 

Imbuido con un “gusto de la verdadera piedad”, Calvino describió lo siguiente: “Inmediatamente fui inflamado con un deseo tan intenso de progresar [en la piedad], que, aunque no dejé del todo los otros estudios, los perseguí con menos ardor”. De esta manera, Dios utilizó su erudición académica para servir a la iglesia a través de uno de los pocos libros que han afectado profundamente el curso de la historia. En 1536, la Institución de la religión cristiana vio la luz. Un claro objetivo de esta obra se evidencia en su prefacio al rey Francisco I, donde Calvino manifiesta su deseo de instruir en la “verdadera piedad”. 

Retrato de Juan Calvino / Foto: Dominio público

Calvino demostró su dominio propio cuando aceptó el llamado a pastorear en la ciudad de Ginebra, Suiza, bajo la siguiente advertencia de Guillermo Farel (1489–1565): “Te digo, en nombre del Dios todopoderoso, que, si solamente te ocupas de tus estudios y no nos ayudas a llevar a cabo la obra de Dios, Él te maldecirá, porque estás buscando tu propia gloria y no la de Cristo”.

Estudiar y escribir no son en sí actividades pecaminosas, pero para que glorifiquen a Dios, deben realizarse conforme a Su voluntad. En el caso de Calvino, su labor teológica no podía limitarse a la comodidad del escritorio. Si su propósito era edificar a la iglesia, debía involucrarse activamente en su construcción, lo cual exigía entrega total: sangre, sudor y lágrimas, tanto de gozo como de sufrimiento, en el servicio al cuerpo de Cristo.

El objetivo de Farel y Calvino en Ginebra fue consolidar la Reforma, tarea que emprendieron por medio de la predicación del evangelio y la presentación de artículos destinados a la organización de la iglesia. Sin embargo, el proceso enfrentó fuertes obstáculos, tanto por parte del gobierno civil como del pueblo. Algunos ciudadanos rehusaban jurar fidelidad a la nueva confesión reformada propuesta por los predicadores, mientras que Farel y Calvino se opusieron firmemente a que el magistrado civil tuviera autoridad para determinar quién podía participar de la Santa Cena o imponer una liturgia contraria a sus convicciones.

Calvino demostró su dominio propio cuando aceptó el llamado a pastorear en la ciudad de Ginebra, Suiza. / Imagen: Bridgeman Images

La tensión llegó a tal punto que, en 1538, ambos fueron expulsados de la ciudad. Farel se trasladó a Neuchâtel, y Calvino, después de pasar por Basilea, se estableció en Estrasburgo, donde comenzó a pastorear una comunidad de refugiados franceses. Allí, bajo la influencia pastoral de Martin Bucer (1491–1551), vivió una etapa transformadora. Bucer y sus amigos ejercieron una profunda influencia en Calvino, ayudándole a cultivar el dominio propio, especialmente en áreas donde su temperamento podía dificultar la edificación de la iglesia.

Bucer le enseñó una verdad esencial: la predicación del evangelio de la gracia debe estar respaldada por un carácter igualmente lleno de gracia. En otras palabras, el contenido del mensaje no puede separarse de la vida del mensajero. Esta lección marcó profundamente a Calvino y se reflejó en la segunda edición de la Institución de la religión cristiana, especialmente en el capítulo final sobre la vida cristiana, donde se percibe claramente la influencia de su relación con Bucer.

La teología de Calvino para nuestra piedad

Luego de considerar brevemente el contexto histórico, vale la pena preguntarse: ¿cómo crecer en santidad y desarrollar el dominio propio según Calvino? A partir del capítulo sobre la vida cristiana en la segunda edición de La Institución de la religión cristiana, se pueden destacar cinco principios esenciales:

  • La santidad es el propósito del llamado cristiano. Calvino afirma que la vida cristiana comienza con la convicción de que “la santidad es el propósito de nuestro llamado”. Al estar reconciliados con el Padre, Cristo no solo nos justifica, sino que también es nuestro modelo de vida santa. Su imagen debe reflejarse en nosotros, pues “[sin] santidad, nadie verá al Señor” (Heb 12:14).

  • La teología debe vivirse, no solo enseñarse. La verdadera teología no se limita al conocimiento teórico o al discurso, sino que transforma la vida diaria. Como dijo Calvino: “el evangelio es enseñanza dirigida no para la lengua, sino para la vida”.

  • El dominio propio nace del reconocimiento de pertenencia a Dios. Practicar la templanza implica reconocer que no nos pertenecemos. Como hijos de Dios, vivimos para Su gloria, conscientes de que cada aspecto de nuestra vida es una respuesta a Su presencia y autoridad.

  • Nuestros dones son para el servicio, no para la vanagloria. La negación de uno mismo incluye comprender que los talentos y habilidades que hemos recibido tienen como fin la edificación de la iIglesia. No son propiedad personal, sino medios para servir al cuerpo de Cristo.

  • La vida cristiana valora lo presente, pero anhela lo eterno. Calvino enseña que los creyentes no deben despreciar este mundo ni caer en la ingratitud, pues aquí comenzamos a probar la bondad de Dios. A la vez, deben meditar constantemente en la vida venidera, reconociendo que “si el cielo es nuestro hogar, ¿qué más es la tierra sino un lugar de exilio y destierro?”.
Calvino consideraba que la vida cristiana comienza con la convicción de que “la santidad es el propósito de nuestro llamado”. / Imagen: French School

Dominio propio hoy

El dominio propio es parte del fruto del Espíritu, que revela quién gobierna verdaderamente nuestros corazones; en el caso del creyente, debe ser Cristo. La teología y el testimonio de vida de Juan Calvino son especialmente necesarios en nuestras iglesias hoy. Su énfasis en la unión entre doctrina, carácter y servicio pastoral ofrece una guía firme para tiempos donde muchas veces se separa el conocimiento teológico de la vida cristiana práctica.

Nuestras comunidades no solo requieren buena enseñanza y predicación fiel, sino también hombres y mujeres cuya vida refleje lo que proclaman. Por eso, el carácter —y en particular el dominio propio— es esencial tanto para el estudio teológico como para el crecimiento continuo en el ministerio. La vida cristiana que Calvino modeló y enseñó nos recuerda que la formación del corazón es inseparable de la fidelidad doctrinal y el servicio a la iglesia.

Israel Guerrero Leiva

Israel Guerrero Leiva (chileno) posee un Máster en Teología (M.Th.) en el Seminario Teológico de Edimburgo y Universidad de Glasgow, Escocia. Actualmente está realizando un Ph.D. en Teología Sistemática en la Universidad de Edimburgo. Junto con su esposa Camila y sus dos hijas —Emma y Eilidh— son miembros de la Free Church of Scotland. Su pasión es contribuir a la formación teológica reformada de los futuros teólogos y plantadores de iglesias en el mundo hispanohablante. Es administrador de la página de Facebook “Bavinck y Kuyper en español”.

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