Marzo 6
“El hombre y su mujer se escondieron de la presencia del SEÑOR Dios… Pero el SEÑOR Dios llamó al hombre y le dijo: ¿Dónde estás?”. Génesis 3:8-9
Los niños de todas etnias, idiomas y países disfrutan del juego de las escondidas. Es un pasatiempo universal e inocente. Sin embargo, el primer juego de escondidas en este mundo no fue ni divertido ni inocente. Fue completamente serio.
Después de la desobediencia de Adán y Eva en el huerto, se escondieron el uno del otro detrás de hojas de higuera, y de su Creador detrás de los árboles del huerto. Intentaron un encubrimiento, pero Dios vino a buscarlos con una pregunta sencilla: “¿Dónde estás?”.
Esta pregunta pone de cabeza la suposición común de que el hombre está buscando a Dios, quien se esconde en algún lugar en el universo o más allá de él. En cambio, descubrimos lo opuesto: nosotros somos los que estamos escondiéndonos, y Dios es quien viene a buscarnos.
La pregunta de Dios a estos primeros seres humanos podría parecer extraña. Después de todo, ¿acaso no sabe Dios todas las cosas? No obstante, Dios preguntó dónde estaban Adán y Eva, no para obtener nueva información, sino porque quería ayudarles a entender su situación. Dios vino a atraerlos, más que a expulsarlos.
Imagina las muchas maneras en que Dios pudo haber reaccionado a la rebelión de Adán y de Eva. Si hubiera respondido en juicio estricto, habría traído sobre ellos de manera instantánea la sentencia de muerte que les había advertido (Gn 2:16-17). Sin embargo, la naturaleza de Dios siempre es tener misericordia, por lo tanto, vino a ellos con una sola pregunta. Este es el primer vistazo que tenemos de la gracia de Dios después que la humanidad le dio la espalda. Dios no les dio de inmediato lo que merecían por justicia; en cambio, por Su inmensa bondad, les otorgó lo que no merecían: una oportunidad para responder y regresar a Él.
Ninguno de nosotros se sentiría cómodo si nuestros seres más cercanos pudieran ver todos nuestros pensamientos más profundos y acciones pasadas. Podemos ocultar la verdad de los demás y, quizá, incluso de nosotros mismos. No obstante, ocultarla de Dios es inútil. Simplemente no existe lugar donde ocultarnos ni nadie más a quien culpar.
No debemos creer la mentira de que Dios no verá nuestros “pequeños” pecados que mantenemos ocultos de otros. Él los ve. En última instancia, Él ve nuestra alma y sabe exactamente lo que hemos hecho y dónde nos encontramos. Lo maravilloso es que no necesitamos fingir que nos podemos esconder. Él viene a nosotros en misericordia, no en juicio, “porque Dios no envió a Su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por Él” (Jn 3:17). ¿Estás cargado por algún pecado que te asedia o por alguna vergüenza secreta? ¿Estás intentando esconder de Dios lo que has estado escondiendo de otros? Nunca ha habido un mejor momento para dejar de esconderte de Él. Ven a la luz. Revela lo que no puedes ocultar de Él para que Él pueda cubrirlo con Su sangre y tú puedas saber que eres conocido y perdonado. Él es un Dios de amor que salva y que quiere una relación con nosotros.
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
