Enero 16
“Basta ya, Señor, toma mi vida porque yo no soy mejor que mis padres”. Y acostándose [Elías] bajo el arbusto, se durmió; pero un ángel lo tocó y le dijo: “Levántate, come”. 1 Reyes 19:4-5
Seguramente, todos nosotros nos hemos encontrado en algún valle espiritual cuando esperábamos estar en la cima de la montaña. Quizá, cuando menos lo anticipábamos, nos golpeó la fatiga física, o recibimos noticias desalentadoras o algún pecado que nos asediaba regresó a asolarnos.
El profeta Elías terminó escondiéndose en el desierto, principalmente porque su enfoque había cambiado: había comenzado a ver a Dios a través de las circunstancias, en lugar de ver sus circunstancias a través de Dios. Él había magnificado las dificultades de su vida y estas lo habían paralizado. A medida que comenzó a caminar por vista, en lugar de fe, su paz fue alterada y su prosperidad espiritual, erosionada.
Elías había caído en la trampa del “yo”. Al enfocarse en los muchos fracasos de los israelitas hacia Dios, había caído engaño ante la idea de que era el único que servía al Señor (1R 19:10). Su fe y su esperanza habían sido reemplazadas por descontento y por una falta de paz. En su autocompasión, huyó al desierto, abandonó su trabajo, se tiró debajo de un arbusto y le pidió a Dios la muerte. No obstante, en lugar de juzgarlo o de reprenderlo, Dios vino a Elías y lo refrescó con alimento y bebida, preparándolo para el viaje que tenía por delante. Entonces, con un susurro apacible, el Señor se reveló de nuevo a Sí mismo a Su siervo abatido y lo reconstituyó, dándole una nueva lista de tareas que debía realizar (vv. 4-16).
Durante momentos difíciles, a menudo permitimos que la autocompasión nos invada. Comenzamos a pensar que somos los únicos que enfrentamos tales pruebas. Algunos podríamos sentirnos identificados con la experiencia de Elías; el Señor nos usó de gran manera y tuvimos influencia a favor del evangelio en el pasado, pero, por la razón que sea, ahora estamos muy lejos de aquella cima. Dios puede permitir que toquemos fondo, pero nunca nos dejará allí. Tal como el ángel estuvo con Elías en ese valle, también el Espíritu de Dios está con nosotros en el nuestro.
Si descubres que estás en un desierto, no encuentres solamente un arbusto para acostarte a su sombra. No asumas que tus mejores días están detrás de ti. Dios tiene un propósito para ti y para mí. Él termina lo que comenzó (Fil 1:6). Descansa en el recuerdo de la presencia de Dios y persevera en la obra que Él te ha llamado a hacer.
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
