¿Qué llena nuestras mentes cuando oramos?

La oración cambia cuando la mente se llena de la gracia de Dios y de la certeza de Su justicia final, produciendo gratitud, perseverancia y un clamor sincero por la salvación de otros.
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La mente es la fuente de la que brota la adoración genuina o, en su defecto, la más profunda idolatría; no hay un lugar neutral. El teólogo Juan Calvino lo expresó con una claridad contundente en sus Instituciones de la religión cristiana, al advertir sobre la inclinación natural de nuestros pensamientos:

Se puede ver que el ingenio del hombre no es otra cosa que un perpetuo taller para fabricar ídolos… El entendimiento humano, como está lleno de soberbia y temeridad, se atreve a imaginar a Dios conforme a su capacidad; pero como es torpe y lleno de ignorancia, en lugar de Dios concibe vanidad y puros fantasmas.

Y quizás no hay en la vida cristiana un ejercicio tan influenciado por la mente como la oración. Si nuestra mente está llena de banalidad, solo pediremos por banalidades. Si se enfoca en lo trivial, nuestras oraciones serán triviales. Sin embargo, si queremos aprender a orar como lo hicieron los apóstoles, necesitamos tener en la mente las verdades correctas; un entendimiento profundo de Dios y nuestra realidad.

En 2 Tesalonicenses 1:11, cuando Pablo ora por la iglesia, nos da una pista sobre lo que hay en su pensamiento. El texto dice: “Con este fin también nosotros oramos siempre por ustedes”. La frase “con este fin” nos muestra que el apóstol tiene algo en la mente. Las diferentes versiones nos dan a entender una implicación: “Por lo cual asimismo oramos” (RVR60), “Así que seguimos orando” (NTV) o “Por eso oramos” (NVI). Estas palabras de conexión nos obligan a preguntar: ¿con qué fin? ¿Basado en qué? ¿Cuál es el fundamento?

La oración cristiana nace de una mente cautiva de la verdad. / Foto: Lightstock

Pablo no ora en un vacío; tiene un robusto marco teológico en su mente que da forma y propósito a sus peticiones. Si analizamos lo que él tenía en su cabeza en los versículos anteriores (3-10), podremos aprender a orar de una manera que sea plenamente agradable a Dios. Así, basándonos en las enseñanzas de D. A. Carson en su libro Una llamamiento ala renovación espiritual,[2] específicamente en su capítulo 2 sobre “El marco de la oración”, exploraremos lo que debe estar en la mente del cristiano al orar. El estudio de este pasaje nos permite ver dos grandes elementos que deberían llenar nuestros pensamientos al acercarnos a Dios: la gratitud por las formas de gracia y la realidad del juicio final.

1. Gratitud por las formas de gracia

Pablo no empieza con peticiones, sino con adoración. Su mente está llena de gratitud por lo que Dios ya está haciendo en los tesalonicenses, para lo cual hay evidencias concretas. Él declara que esta gratitud no es opcional, sino un deber gozoso: “Siempre tenemos que dar gracias a Dios por ustedes, hermanos, como es justo” (v 3a). ¿Por qué es “justo”? Porque Pablo reconoce que el crecimiento que ve no es producto del esfuerzo humano, sino de la obra soberana de Dios. ¡La alabanza le pertenece solo a Él!

Ahora, ¿qué formas de gracia observa Pablo? Primero, que “su fe aumenta grandemente” (v 3b). La palabra griega pistis (fe) no solo se refiere a una creencia intelectual, sino a una confianza y fidelidad activas. La fe de los tesalonicenses no había quedado estancada en el momento en el que creyeron para justificación; era confianza y fidelidad vivas que se expandían y fortalecían visiblemente.

La oración madura aprende primero a agradecer. / Foto: Envato Elements

Y junto a la fe, Pablo celebra que “el amor de cada uno de ustedes hacia los demás abunda” (v 3c). Pablo aquí describe un afecto profundo hacia todos. No era un amor selectivo o limitado a un pequeño círculo, sino una entrega sacrificial creciente que permeaba toda la congregación. Ellos cumplían con la marca que Jesús estableció para Sus discípulos, cuando dijo: “En esto conocerán todos que son Mis discípulos, si se tienen amor los unos a los otros” (Jn 13:35).

Además, estas virtudes cristianas, la fe y el amor, eran probadas en el fuego. Pablo conecta su gratitud con la resiliencia de la iglesia: “Por lo cual nosotros mismos hablamos con orgullo de ustedes entre las iglesias de Dios, por su perseverancia y fe en medio de todas las persecuciones” (v 4). Su capacidad para resistir no era un secreto. En medio de persecuciones a manos de los opositores de la fe, ellos no sacrificaban ni la verdad del evangelio ni la santidad que este producía. Se habían convertido en un testimonio público, un ejemplo que Pablo usaba para animar a otras iglesias.

La gracia se hace visible cuando la fe persevera y el amor crece aun en medio de la prueba. / Foto: Lightstock

¿Cómo transforma esto nuestras oraciones? Cuando este marco llena nuestra mente, dejamos de ver a nuestra comunidad de fe a través de una lente de queja por sus errores o de problemas materiales por resolver. En lugar de eso, entrenamos nuestros pensamientos para buscar activamente las evidencias de la gracia de Dios en los demás. Nuestras oraciones por otros se vuelven más específicas, edificantes y centradas en lo que Dios hace. En la práctica, empezamos a orar diciendo: “Señor, te doy gracias porque veo crecer la fe de mi hermano en medio de su prueba. Gracias por el amor que está mostrando a su congregación. Todo eso es obra Tuya”. Este enfoque fomenta el gozo y nos enseña a celebrar a Dios por Su obra visible en Su pueblo.

Cuando aprendemos a ver primero la obra de Dios en los demás, nuestras oraciones dejan la queja y se llenan de gratitud específica y gozosa. / Foto: Envato Elements

2. El juicio final

El segundo pilar que sostiene la oración de Pablo es una profunda conciencia de la justicia venidera de Dios. Su mente está anclada en la certeza de que la historia tiene un final y que vendrá un juicio glorioso: “Porque después de todo, es justo delante de Dios que Él pague con aflicción a quienes los afligen a ustedes” (v 6). Ahora, el apóstol no tiene una simple sed de venganza humana para que Dios castigue a los enemigos. En cambio, él hace una afirmación sobre el carácter divino: un Dios justo exige que las cuentas sean saldadas.

Para los creyentes, ese día traerá vindicación y paz. Pablo asegura que Dios les dará “alivio a ustedes que son afligidos, y también a nosotros” (v 7a). La palabra “alivio” (anesin en griego) denota el cese de la presión, una liberación, un descanso final. ¿Cuándo ocurrirá esto? No en esta vida, sino “cuando el Señor Jesús sea revelado desde el cielo” (v 7b). La esperanza cristiana no es vaga; está atada a la espectacular y gloriosa segunda venida de Cristo. En ese momento por fin podremos practicar el amor y la fe sin tener miedo de que el mundo nos quite la vida; no habrá obstáculos para la adoración y la comunión.

La oración cristiana se fortalece al recordar que la justicia de Dios prevalecerá y que Cristo traerá descanso definitivo a los que perseveran. / Foto: Lightstock

Sin embargo, ese mismo evento que trae alivio a los creyentes, trae retribución a otros. Pablo no se echa para atrás al describir el destino de aquellos que se oponen a Dios. El juicio traerá “castigo a los que no conocen a Dios, y a los que no obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesús” (v 8). Las dos descripciones son cruciales: abarca tanto a quienes ignoran deliberadamente la revelación de Dios como a quienes, habiendo escuchado el mensaje de salvación, se niegan a someterse a Cristo. Ya que el Señor entregó a Su Hijo para la redención del mundo y el pago de los pecados, no hay mayor ofensa que requiera un castigo que el ignorar dicha gracia.

Y la naturaleza de este castigo es terrible y definitiva: “Estos sufrirán el castigo de eterna destrucción, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de Su poder” (v 9). Las palabras “eterna destrucción” no significan aniquilación, sino una ruina perpetua y consciente. Como lo dijo nuestro Señor en Juan 5:28-29, habrá resurrección para todos: unos a vida y otros a condenación, a sufrir sin fin, estando apartados para siempre de la presencia de Dios, que es la fuente de toda vida, gozo y bien.

La certeza del juicio final orienta la oración hacia la eternidad. / Foto: Lightstock

Pero el día del Señor no termina solo con la recompensa de los justos y el juicio de los impíos. Su propósito final es la gloria de Cristo, quien vendrá “para ser glorificado en Sus santos en aquel día y para ser admirado entre todos los que han creído” (v 10). La magnificencia de Cristo no solo se reflejará en el castigo de Sus enemigos, sino principalmente en Su pueblo redimido. Los creyentes, salvados por gracia, se convertirán en los trofeos que exhibirán la grandeza y el poder de su Salvador para que todo el universo lo admire.

¿Cómo transforma esto nuestras oraciones? Una mente saturada con la realidad del juicio final ora de manera diferente. Nos concede una perspectiva eterna sobre el sufrimiento, de modo que, en lugar de solo pedir que la prueba termine, aprendemos a orar por la perseverancia por medio de la prueba, con la confianza puesta en el alivio venidero. A su vez, esta misma conciencia sobre el destino eterno enciende una urgencia por los perdidos, y nuestras oraciones por los incrédulos trascienden el deseo de una buena vida para convertirse en un clamor por su salvación. Esta confianza en el juicio perfecto de Dios también nos libera de la amargura y del pesado deseo de venganza personal, permitiéndonos entregar la injusticia en Sus manos y orar incluso por nuestros enemigos mientras esperamos Su justa vindicación.

Una mente más elevada

Entonces, volvamos a la pregunta inicial: ¿qué es lo que llena nuestras mentes cuando oramos? Si nuestra mente es transformada como nos exhorta Pablo en Romanos 12; si se enfoca en “las cosas de arriba, no en las de la tierra” como dice en Colosenses 3, entonces nuestras oraciones inevitablemente reflejarán esa transformación. Dejarán de ser un eco de nuestras preocupaciones pasajeras para convertirse en un reflejo de las prioridades eternas de Dios.

Que este sea el marco que dé forma a nuestras oraciones: por un lado, una gratitud gozosa por las muestras concretas de la gracia de Dios desplegadas en las vidas de los creyentes; por otro, una solemne conciencia del juicio final que se acerca, un día que traerá recompensa y alivio para los hijos de Dios y una justa retribución para quienes lo rechazaron. Al adoptar esta mente más elevada, nuestras oraciones no solo cambiarán, sino que se alinearán verdaderamente con el corazón de Dios.


[1] Institución de la religión cristiana, de Juan Calvino. Disponible aquí.

[2] Una llamamiento a la renovación espiritual: las prioridades de Pablo y sus oraciones D. A. Carson. Disponible aquí.

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David Riaño

David Riaño es editor general de BITE Project. Es parte del equipo plantador de la Iglesia Familia Fiel en Cajicá, donde también sirve en ministerios de enseñanza. Es Licenciado en Filología Inglesa y Magíster en Estudios Literarios de la Universidad Nacional de Colombia. Disfruta tomar café y ver series con su esposa Laura.

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