No hace mucho, tuve una conversación interesante con una maravillosa mujer cristiana de Nigeria que recientemente se ha mudado a Escocia. Pasamos un tiempo compartiendo experiencias y contrastando las diferencias entre la iglesia (en su conjunto) en el Reino Unido y en África. Ella describió cómo los creyentes en África oraban con mucha más “urgencia y dependencia”. Dijo que, aunque hay muchos falsos maestros y enseñanzas disparatadas, la mayoría de las personas tendría algún tipo de creencia y respeto por Dios. Desde que llegó a Escocia, ha estado sorprendida por el desprecio hacia Dios en nuestro país y por cómo muchos de sus nuevos vecinos, compañeros de trabajo y amigos continúan con sus vidas diarias sin siquiera un pensamiento acerca de Dios.
Mientras discutíamos por qué el estado espiritual parece tan diferente en el mundo Occidental que en los países en vías de desarrollo, llegamos a la conclusión de que, en general, la gente en Occidente realmente cree que no “necesita” a Dios. Ella dijo que muchos acuden a Dios en África por desesperación y necesidad, mientras que obviamente en nuestro país privilegiado la “necesidad” no parece tan grande. En general, la gente puede seguir con sus vidas perfectamente bien por su cuenta, muchas gracias.

A dónde nos conduce el orgullo
Mientras reflexionaba sobre esto, me di cuenta de que este no es solo un problema para el incrédulo. Me sentí confrontada por cuán a menudo puedo vivir con esta actitud orgullosa. Cuando olvido el evangelio, olvido mi desesperación. En la superficie, cuando la vida es buena, continúo flotando por los días, en mis propias fuerzas, olvidando mi necesidad del Señor.
Peor que el hecho de que el orgullo puede llevar a una falta de dependencia, el orgullo también puede conducir a la autoexaltación. No solo no reconozco que sin Dios no soy nada; también creo la mentira de que lo que tengo, lo he construido yo. Mis amistades, mi ministerio, mi hogar, mis talentos, mi familia, mi carrera, y la lista continúa. Antes de darme cuenta, el orgullo ha alcanzado un nuevo nivel y mi jactancia sale sutilmente en conversaciones, oraciones públicas o publicaciones en redes sociales. Estoy segura de que en el fondo tú sabes de lo que estoy hablando. Ya sea que nos sintamos bien o mal con nosotros mismos, la mayoría pasamos demasiado tiempo simplemente pensando en nosotros mismos. No importa cuán duro intentemos suprimir nuestro orgullo, con frecuencia vuelve a aparecer para mostrar su fea cabeza.

El lugar del orgullo
John Piper me golpeó en la cara con esta cita: “Toda autoexaltación es una re-crucifixión de Cristo porque Él murió para matar el orgullo”. Jesús murió para matar el orgullo. Toma un momento para pensar en eso. ¿Tu orgullo se siente como si hubiera sido crucificado en la cruz? El mío ciertamente no siempre. De hecho, incluso diría que a veces, cuanto más tiempo llevamos siendo salvos, más parece crecer el orgullo.
A medida que maduramos en nuestra fe, la gente empieza a acudir a nosotros por consejo, sabiduría y oración. Aprendemos más de la Biblia, y no pasa mucho tiempo antes de que pensemos que hacemos un trabajo bastante bueno respondiendo algunas de esas preguntas complicadas en el estudio bíblico y orando elegantes oraciones teológicas que reciben un gran “¡amén!”. Nos piden compartir nuestros testimonios, hablar en conferencias y escribir blogs, y todo el tiempo nuestros egos están creciendo sutilmente más y más. ¿Quién no quiere ser apreciado y agradarle a la gente? ¿Quién no quiere sentir que es necesario y que tiene algunas perlas de sabiduría para ofrecer a otros? El orgullo no se encuentra solo en los incrédulos en nuestro lugar de trabajo que desprecian a Dios. No, lo peor de todo es que el orgullo suele verse más claramente en nosotros, seguidores de Jesús.

Pero Piper dice que Jesús murió para matar el orgullo. Por tanto, el único lugar adecuado para el orgullo en la vida del cristiano es la tumba. Entonces, ¿cómo podemos realmente tener libertad sobre el orgullo en nuestras vidas? ¿Podemos tener victoria? ¿Hay esperanza? Bueno, aunque no tengo todas las respuestas, ¡sí sé que hay esperanza! Si estamos en Cristo, el Espíritu Santo es nuestra esperanza y nuestro ayudador; Aquel que puede y humillará nuestros corazones orgullosos. Si quieres crecer en humildad hoy, aquí hay dos lugares para comenzar.
1. Conoce tu pecado
Tres capítulos después de comenzar la Biblia, descubrimos que la humanidad tiene un serio problema de pecado; uno que no podía ser tomado a la ligera por el Dios del universo; uno que expulsó a Adán y Eva del jardín y lejos de la presencia de Dios. Los siguientes 1186 capítulos de la Biblia son una gran historia de nuestros desvíos pecaminosos y del amor redentor de Dios.
Es fácil, cuando hablamos o pensamos sobre el pecado, echarle la culpa a los “inmorales” que nos rodean. “Esas personas están mal, ellos necesitan ayuda”. Pero curiosamente, a lo largo de los Evangelios, es más comúnmente la moralidad lo que mantiene a las personas lejos de Jesús, no la inmoralidad. El orgullo es el asesino. Señalamos con el dedo, juzgamos a otros, nos ponemos en pedestales, sin reconocer momento a momento que nuestro orgullo y la llamada “moralidad” nos alejan aún más de nuestro Salvador.

Creyente, ¿reconoces hoy tu estado pecaminoso, vil y orgulloso delante del Dios Santo? ¿Puedes identificar y asumir específicamente tu pecado, de una manera concreta y vulnerable? Robert Murray McCheyne nos dijo: “Aprende mucho de tu propio corazón, y cuando hayas aprendido todo lo que puedas, recuerda que solo has visto unos pocos metros dentro de un pozo que es insondable”.
El primer paso hacia la humildad es la desesperación. Necesitamos conocer nuestro pecado, no para caer en la autocompasión, sino para que en nuestra enfermedad corramos al médico. En nuestra ceguera, pidamos vista. En nuestra arrogancia, supliquemos limpieza. En nuestra muerte, clamemos por vida.

2. Conoce a tu Salvador
En el esfuerzo por “crucificar el orgullo” está el peligro de quedar atrapados en un complejo de culpa introspectivo que nos deja en un pozo de desesperación. Aunque necesitamos desesperarnos por nuestro estado delante de Dios, también debemos avanzar desde allí. Si no avanzamos más allá de la desesperación, practicamos la “autoexaltación invertida”: soy tan pecador, nunca lo hago bien, soy alguien a quien no se puede amar. Nota que aquí el enfoque sigue en el yo, por tanto, el orgullo sigue actuando.
Imagina ir al médico y hablar durante tanto tiempo sobre lo malos que son tus síntomas que no dejas ninguna oportunidad al médico para diagnosticar el problema y recetar una cura. Incluso cuando él intenta intervenir, no escuchas y hablas por encima de él sobre tu problema. Esta sería una cita inútil y totalmente frustrante para el médico que quiere ayudar.

En nuestro intento por crucificar el orgullo, ¿con qué frecuencia pensamos que humildad simplemente equivale a pensar que somos perdedores y enfocarnos en sentirnos mal con nosotros mismos? C. S. Lewis lo dice de manera simple: “La humildad no es pensar menos de ti mismo; es pensar menos en ti mismo”. Y Mychene añade: “Por una mirada a ti mismo, da diez miradas a Cristo”. Deja de sentir lástima por ti mismo y de perderte en tu propia desesperación interna. Reconoce tu pecado, siente desesperanza, y luego mira a Cristo, mira a Cristo, mira a Cristo, mira a Cristo, mira a Cristo, mira a Cristo, mira a Cristo, mira a Cristo, mira a Cristo y nuevamente, ¡mira a Cristo! “Él te redimió. Él no te dejará. Él te ha salvado. Él te guardará. Él te guiará. Caminará a tu lado. Él te llevará a casa seguro” (Look Again, 20schemes Music).
Mientras escribo este blog, he estado reflexionando sobre el ejemplo de la humillación del rey Nabucodonosor en Daniel 4. Nabucodonosor habla por experiencia y advierte a cada uno de nosotros: “Él puede humillar a los que caminan con soberbia” (Dn 4:37b). Amigo, la realidad es que, si no nos humillamos ante el Señor, Él ciertamente nos humillará. Y no será agradable. Es mucho mejor humillarnos nosotros mismos que experimentar la humillación del Señor.
¿Cómo crucificamos el orgullo? ¿Cómo nos humillamos ante Dios? Primero, conocer nuestro pecado y desesperarnos por nuestro orgullo. Luego “alzar nuestros ojos al cielo” (Dn 4:34) y volvernos hacia nuestra única esperanza y ayuda, nuestro Salvador Jesucristo, pidiéndole que haga lo que no podemos hacer solos:
Destruye en mí todo pensamiento altivo,
Rompe el orgullo en pedazos y dispérsalo al viento,
Aniquila cada rastro persistente de justicia propia…
Abre en mí una fuente de lágrimas de penitencia,
Rómpeme, luego restáurame.
En qué cree la humildad (El valle de la visión).
Este artículo se publicó originalmente en 20 Schemes Equip.