Enero 8
“Los arameos, que habían salido en bandas, habían tomado cautiva a una muchacha muy joven de la tierra de Israel, y ella estaba al servicio de la mujer de Naamán. Y ella dijo a su señora: ‘Ah, si mi señor estuviera con el profeta que está en Samaria! Él entonces lo curaría de su lepra’”. 2 Reyes 5:2-3
El sufrimiento en sí mismo no conduce a una persona a una relación más profunda con Dios. Como con los que escuchan la Palabra de Dios y, aun así, no responden a ella con fe, el sufrimiento separado de la fe y de la esperanza en realidad nos amargará a medida que nuestro corazón se vuelva más duro que blando hacia Dios. En otras palabras, el sufrimiento nos hará correr hacia Dios o huir de Él. En medio de las pruebas, debemos preguntarnos: “¿Esta prueba me está amargando o endureciendo, o me está volviendo amoroso y amable?”.
En medio del libro de 2 Reyes, entre las historias de monarcas y profetas, encontramos una ilustración extraordinaria de amabilidad y de humildad frente a una gran aflicción en el ejemplo de una joven israelita. Los arameos la habían capturado durante una incursión, arrebatándola de su familia y de Israel; forzándola a trabajar al servicio de Naamán, un comandante en el ejército arameo. ¡Qué impensable tragedia para esta joven y su familia!
Sin embargo, en medio de este gran sufrimiento, obtenemos un vistazo de su sensible corazón: al enterarse de que su amo sufría de lepra, esta niña indicó a la esposa de Naamán cómo él podría ser sanado. Si ella se hubiera permitido amargarse, entonces, cuando se escuchó en la casa que su señor estaba enfermo, ella podría haber concluido: Bien, él no merece nada menos. En cambio, no lo hizo. Ella deseó lo mejor para su enemigo, en lugar de esperar lo peor. Esto es notable. ¿Cómo logró hacer esto? Podemos entender que lo logró porque, al enfrentarse con su tragedia y con la tristeza de estar separada de su familia, se volvió una y otra vez a su Dios amoroso y a Sus promesas.
A medida que navegamos por nuestro propio sufrimiento y buscamos ministrar a los que están en profunda aflicción, no debemos olvidarnos de cultivar un corazón tierno y compasivo. ¿Será fácil? ¡De ninguna manera! No obstante, la fidelidad de Dios es tan grande, tan abarcadora, que es capaz de sostenernos, aun en medio de nuestro más profundo dolor. Por lo tanto, voltea a Dios en cada circunstancia y encuentra consuelo en Su fidelidad y provisión. Entonces, cuando lo hagas, podrás “consolar a los que están en cualquier aflicción, dándoles el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios” (2 Co 1:4).
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
