La palabra aleluya aparece solo cuatro veces en el Nuevo Testamento. Eso podría sorprender a las iglesias y personas que la utilizan con frecuencia. Pero tal vez lo más sorprendente de todo es la ocasión en que son expresadas. De hecho, una de esas ocasiones es especialmente desafiante, si no repulsiva, para nuestros sentimientos modernos.
En Apocalipsis 19:1-6, aleluya es la frase de los santos en el cielo. ¿Por qué dicen “aleluya”? Porque se regocijan en la destrucción de los malvados.
Ahora vemos vagamente
¿Cuántos de nosotros hoy podemos siquiera soportar la idea del juicio divino, especialmente el juicio final? Entre quienes profesamos el nombre de Cristo, podemos genuinamente creer la Biblia y reconocer la realidad y la justicia de la ira de Dios y un infierno eterno. Pero, si somos honestos, a menudo intentamos evitar el tema. Quizá, de cierta forma, toleramos el juicio de Dios, pero nuestro instinto es ignorarlo. No nos gusta. Tal vez nos da un poco de vergüenza. Simplemente no pensamos en el infierno como una razón para que el pueblo de Dios se alegre.
Los factores de este instinto son correctos y buenos. Dios no pretende que la idea del infierno sea agradable. El infierno es más horrible de lo que podemos describir. Da testimonio del infinito valor del Dios que ha sido deshonrado por los que son arrojados allí. Pero en Apocalipsis, los santos, seguros en Cristo, se gozan. La idea de que algún día podamos disfrutar la justicia y el poder de Dios en acción en Su juicio, la idea de que el infierno pueda provocar nuestro “¡aleluya!”, parece casi imponderable.
Pero ese día, veremos más claramente, pensaremos más acertadamente y sentiremos más correctamente. Apreciaremos más completamente el valor de la gloria de Dios, y conoceremos de forma más real la maldad de los humanos en su rebelión contra Él, sin importar cuán educados y civiles hayan parecido en la alta sociedad. Tendremos nuevas capacidades para percibir la gloria de Dios, y nos regocijarnos mientras Él muestra Su poder al destruir a los impíos. Incluso ahora, podemos condicionar nuestros corazones para que se alegren apropiadamente en esas verdades.

Afirmar la verdad de Dios, y el corazón
Incluso con esas salvedades, muchos de nosotros podemos tener un gran espacio para el crecimiento emocional mientras consideramos si seremos capaces de estar felices en el cielo cuando sabemos que hay personas en el infierno.
Para comenzar, sería prudente evitar pretender que nuestra brújula moral es mejor que la de Dios. Algunos cristianos hoy pueden pensar de mala gana sobre el infierno: de acuerdo, Dios lo dijo. Lo creeré, pero no me gusta. Es el mismo estribillo que podríamos escuchar acerca de los llamados complementarios del hombre y la mujer, o acerca de cualquier serie de problemas en la primera línea del conflicto entre la enseñanza cristiana y las nociones que prevalecen en la sociedad moderna. Si bien podemos profesar admirablemente que nos aferramos a la Palabra de Dios, nuestro “desagrado” no es evidencia de madurez. En realidad, es una expresión de inmadurez moral, si es que no es un error o pecado.
Admitir que no nos gusta algo que Dios dice, hace u ordena nos presenta una oportunidad para crecer emocionalmente en nuestra semejanza a Cristo, quien habla acerca del infierno más que cualquier otra persona en las páginas de las Escrituras (ocho veces en el Evangelio según Mateo junto con Marcos 9:43-48 y Lucas 12:5).

Inspirados por el juicio
Queremos madurar en esto al reflexionar sobre la felicidad del pueblo de Dios no pese a la destrucción de los impíos de parte de Dios, sino a causa de ella. Deberíamos buscar ayuda en pasajes como Apocalipsis 19. Deberíamos sumergir nuestras almas en ellos.
Corre más sangre en las páginas de Apocalipsis que en cualquier otra parte de las Escrituras. Y, sin embargo, ¿cuál es la tendencia que define al pueblo de Dios de principio a fin? Su adoración (Ap 4:10; 5:14; 7:11; 11:16; y más). Su gozo en Dios se desborda en una alabanza audible.
A medida que los terribles juicios de Dios caen uno tras otro sobre los impíos, el tormento de los condenados en el infierno no puede disminuir el placer de los santos en el cielo. De hecho, los juicios de Dios, inspiran a Su pueblo a alabarle aún más. Mientras Su justicia cae sobre aquellos que soportan y profundizan su rebelión contra su Creador, ellos se alegran porque saben que son los destinatarios de Su gracia.

Juicio para ti
Si pudiéramos mover las nubes y echar un vistazo al cielo, veríamos a mártires clamando por justicia: “¿Hasta cuándo, Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre en los que moran en la tierra?” (Ap 6:10). Escucharíamos un llamado angelical a adorar “porque la hora de su juicio ha llegado” (Ap 14:7). También escucharíamos otro “cántico de Moisés” en el que los santos en el cielo proclaman: “Todas las naciones vendrán y te adorarán, porque tus juicios se han manifestado” (Ap 15:4).
Las alabanzas del cielo culminan en Apocalipsis 18 y 19. El juicio de Dios muestra su poder ante los ojos expectantes de Su pueblo que le adora (Ap 18:8). La destrucción de Babilonia convoca a Sus santos a adorar:
“¡Alégrate, oh cielo, por lo que le ha sucedido!
¡Alégrense también ustedes, santos, apóstoles y profetas!,
porque Dios, al juzgarla, les ha hecho justicia a ustedes” (Ap. 18:20, NVI).
“A ustedes”, les dice a los santos. Los juicios divinos de Dios contra los malvados sirven para hacernos justicia.

Aleluya sobre el infierno
El clímax del juicio de Dios aparece en Apocalipsis 19:1-6. Es aquí donde el pueblo de Dios estalla en los cuatro aleluyas (versículos 1, 3, 4 y 6). ¿Por qué aleluya ahora? Porque el pueblo de Dios lo alaba por el juicio por medio del cual los salva:
“¡Aleluya! Salvación y honra y gloria y poder son del Señor Dios nuestro; porque sus juicios son verdaderos y justos; pues ha juzgado a la gran ramera que ha corrompido a la tierra con su fornicación, y ha vengado la sangre de sus siervos de la mano de ella” (Ap 19:1-2).
Luego, una vez más, claman: “¡Aleluya!”, y declaran: “Y el humo de ella sube por los siglos de los siglos” (Ap 19:3). Finalmente, la voz de una gran multitud irrumpe en el versículo 6: “¡Aleluya, porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina!”. Se acerca el día en el que el pueblo de Dios se regocijará de que Su juicio haya caído sobre los impíos. Entonces conoceremos y sentiremos por completo lo que ahora sabemos y sentimos solo en parte.
Ese día, y durante toda la eternidad, los horrores del infierno no arruinarán la alegría de la novia de Jesús. Por inimaginable que pueda parecernos a algunos de nosotros en este tiempo intermedio desorientador, la demostración decisiva y eterna de la justicia y el poder de Dios por medio de la destrucción eterna de los malvados ocasionará la alabanza y el gozo del pueblo de Dios.

Gozo en el final, y ahora
Cuando lleguemos a la gloria, encontraremos gozo eterno en el Dios de extraordinaria misericordia y justicia implacable. De hecho, no podríamos encontrar gozo eterno, creciente y profundo en un Dios que fuera injusto. En el fondo, no queremos un Dios sin ira ni poder. No queremos un Dios que afirma a los impíos o que simplemente los pasa por alto. No anhelamos a un Dios que se queda de brazos cruzados mientras el mal queda impune.
Muy pronto, los matices grises desaparecerán, y quienes están sin Cristo quedarán expuestos como rebeldes endurecidos en contra de su Creador; como detractores del Dios que amamos; aborrecedores del Cristo que adoramos y de Su novia. Hay una guerra en la que todo está en juego para el cosmos, una que ignoramos a nuestro propio riesgo.
Aunque ahora nos cueste entender cómo la destrucción eterna de los malvados podría ser un motivo de alegría, no será así siempre. Pero podemos seguir creciendo y madurando en esta vida. Lo que no podemos sentir ahora, lo sentiremos pronto. Cuando llegue el día, no eludiremos la verdad, sino que nos deleitaremos en ella. Nunca más cuestionaremos cómo suceden estas cosas. Entenderemos y adoraremos.
No nos estremeceremos. Proclamaremos aleluya.
Publicado originalmente en la revista en español de 9 Marcas.