Enero 11
“Entonces Job se levantó, rasgó su manto, se rasuró la cabeza, y postrándose en tierra, adoró, y dijo: Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré allá. El Señor dio y el Señor quitó; bendito sea el nombre del Señor. En todo esto Job no pecó ni culpó a Dios.” Job 1:20–22
Job es, quizá, el ejemplo bíblico más grande de perseverancia en medio de la aflicción. A pesar de ser un hombre intachable y justo, en un solo día experimentó la muerte de sus hijos y la pérdida de prácticamente todas sus posesiones. Sin embargo, una de sus primeras reacciones fue reconocer la soberanía de Dios, tanto en la abundancia como en la pobreza, al traerle circunstancias de gozo y también de dolor. A medida que el caos, el desánimo y el tormento descendían sobre él, se rasuró la cabeza, se colocó una túnica rasgada y cayó al suelo, no solo en angustia, sino también en adoración.
Es notable que, en la oscuridad de su dolor, “Job no pecó ni culpó a Dios”. En cambio, en medio de sus lágrimas, confió en la providencia de Dios. En otras palabras, reconoció que Dios sabe lo que está haciendo en cada circunstancia. Dios es digno de nuestra adoración, aun en medio de las situaciones más difíciles. Job sabía que sus años estaban en las manos de Dios (Sal 31:15).
La mayoría de nosotros ha pasado por clamores de angustia y por charcos de lágrimas. Sabemos qué tan difícil puede ser reconocer la soberanía y la bondad de Dios en medio de una tormenta. Nos preguntamos dónde está Él. En nuestra respuesta humana al dolor, tendemos a pensar que las afirmaciones de la providencia de Dios son anticuadas o trilladas, pero no lo son. De hecho, con el paso del tiempo o con el cambio en nuestras circunstancias, podemos volver a ver hacia atrás y reconocer que no hay situación trágica que Dios no haya permitido en Su soberanía. Él permite que todas las cosas pasen por Sus manos; nada lo toma por sorpresa.
No debemos menospreciar el dolor de otros ni ofrecer respuestas sencillas. En cambio, somos llamados a alentarnos unos a otros para ser más como Cristo durante los tiempos de aflicción y recordarnos unos a otros que Dios nos ha otorgado vida eterna y amor incondicional y que Su cuidado ha guardado nuestro espíritu (Job 10:12). Y, por supuesto, podemos recordar la historia y ver que Dios ha entrado en la oscuridad de este mundo y sondeado las profundidades del sufrimiento. Él es un Dios que sabe qué es ser como nosotros. Él es un Dios que ha puesto delante de nosotros un futuro donde no habrá más dolor ni llanto.
Incluso en las dificultades de la vida y en las profundidades del dolor, la providencia paterna de Dios permite todas las cosas para nuestro bien y para Su gloria. Él ha probado que sabe lo que está haciendo. Por eso, podemos seguir alabándolo en medio de la oscuridad.
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
