De niña solía soñar mucho y fantasear con el futuro. En mis fantasías menos realizables era una paleontóloga que dirigía la excavación de fósiles de una familia prehistórica de dinosaurios o una astronauta que ayudaba a salvar la tierra de la amenaza de un asteroide.
En el fondo, yo sabía que eso no podía ser cumplido, pero desde muy pequeña tuve un sueño que si creí realizable: ser médico. No quería ser una médico famosa ni salvar vidas en la emergencia como vemos en las series de televisión; más bien, quería ser la médico de mi pueblo, aquella a la que todos conocían y acudían cuando estaban enfermos. Quería ser una persona apreciada por su rol en la comunidad, estudiar, prepararme y volver a desarrollar mi profesión entre mi familia y amigos con los que crecí.
Manos a la obra
Ya en la universidad mis planes cambiaban según el área médica por la que estaba rotando. Para mí, la medicina era tan apasionante que quería hacerlo todo y sabía que no importaba la especialidad que escogiera eso me iba a cautivar, porque vivía y vivo asombrada por la maravillosa obra de Dios al crear el cuerpo humano. Ya era creyente mientras estudiaba, pero, a pesar de eso, fui formando una identidad en torno a mi deseo de ser médico.
Me casé con un hombre de ciudad, que no tenía ningún interés en vivir en un pueblo pequeño y eso generó los primeros conflictos en mi matrimonio, pues como dije antes, mi plan era otro. Sabía que no iba a conseguir convencer a mi esposo así que me resigné a quedarme en la ciudad, pero entonces debía buscar la manera de posicionarme como médico donde estaba viviendo.
Traté en dos ocasiones de aplicar a la residencia médica para estudiar una especialidad, pero cada vez que se acercaba la fecha de los exámenes, algo me detenía. Así que decidí estudiar a distancia una maestría en nutrición, no porque me interesara, más bien lo hice solo por ocupar mi tiempo en algo, pues el trabajo también era escaso. Ahora sé que todo era la mano de Dios guiándome.

Cambio de planes
En el proceso pasaron muchas cosas que me hicieron tomar interés genuino en el área de la nutrición, sin embargo me sentía frustrada porque no era ni por cerca el tipo de médico que yo había imaginado. Esa frustración creció más cuando me convertí en madre.
Recuerdo que una noche llegué llorando con mi esposo, con mi bebe en brazos y le dije que, aunque amaba a mi hijo y a él, yo era médico antes que madre, esposa o cualquier otra cosa y me sentía muy vacía, desdichada y avergonzada por no poder ejercer mi profesión como yo quería, y como los demás esperaban. Fue una época muy dolorosa en mi vida, pero Dios me estaba humillando y, en el proceso, Él estaba arrancando los ídolos de mi corazón.

En esa etapa de dolor y frustración, Dios me confrontó con mi pecado de menospreciar a los demás y considerarme mejor que otros. Me hizo ver cómo en mi orgullo, yo había dañado a mi familia y había sido una complicación en vez de una ayuda para mi esposo. El Señor me escudriñó y me mostró los sentimientos horribles que anidaban en mi corazón sobre la maternidad, viéndola como un contratiempo y no como bendición.
Pero no me dejo ahí hundida en el hoyo de la culpa. El Señor usó la iglesia, para que, por medio de la predicación y la comunión con mis hermanos, Su tierno y amoroso Espíritu Santo abriera mis ojos a mi verdadera identidad.
Me hizo entender que antes de ser madre, esposa, médico o cualquier otra cosa, yo soy Su hija, fui creada por Él, pensada desde antes de la fundación del mundo para Su gloria. Soy tan amada por Él, que dio a Su Hijo unigénito para salvarme. Él me dio convicción de pecado, me arrepentí y me perdonó.

Gozo inesperado
El párrafo anterior es un gran resumen de años de caer y levantarme, de hacer rabietas y resignarme, de la lucha entre la verdad de la Palabra y mis deseos egoístas.
En todos estos años, el Señor me fue guiando, y a veces halando, como a una oveja torpe con vista corta, hacia Su voluntad, que es buena, aceptable y perfecta (Ro 12:2). Además, también me guio para cumplir un plan que definitivamente era mejor que el mío: Su plan. Hoy lo alabo porque sé que, a pesar de no merecerlo, Él tenía Su mirada puesta en mí y estaba enseñándome el camino que debía andar.
Yo te haré saber y te enseñaré el camino en que debes andar; te aconsejaré con Mis ojos puestos en ti (Sal 28:8).

El Señor me ha permitido seguir ejerciendo mi profesión, pero de una manera muy distinta a la que yo había planeado. La mayor parte del tiempo soy ama de casa, hacemos escuela en el hogar, mi esposo ha sido llamado al ministerio y trato de ser su ayuda en lo que puedo. Si alguien hubiera viajado en el tiempo hace 15 años y me hubiera contado lo que hago hoy, no le habría creído ni por un segundo, y lo que menos le hubiera creído, es que lo disfrutaría.
Me encanta sentarme en la mañana a disfrutar mi café sin prisa, mientras espero que mis hijos se levanten para iniciar nuestra jornada, poder cocinarles y estar para despedir y recibir a mi esposo la mayoría de los días de la semana. Pero, sobre todo, amo la obra del Espíritu Santo en mi vida, mi identidad basada en la Palabra de Dios, gozar de la gracia del evangelio cada día y compartirlo animando a otras hermanas en la fe que están batallando o sufriendo como yo lo estuve (2Co 1:4).

Aún en crecimiento
No es que ya no luche con mi orgullo y mis deseos, pues vienen como olas a mi vida y a veces logran moverme, pero he decidido abrazar la vida que Dios me dio y contentarme en Él que es suficiente para mi hoy y lo será para siempre.
No necesito ser reconocida, productiva ni exitosa según el mundo, he renunciado a la vida que soñé tener porque mi Padre me ha dado otra mejor. No es perfecta, no carece de sufrimientos y pruebas, pero está llena de esperanza porque sé que soy una peregrina aquí y que mi verdadero hogar está más allá del sol.
Porque nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también ansiosamente esperamos a un Salvador, el Señor Jesucristo (Fil 3:20).