Octubre 4
Yo les he dado a conocer Tu nombre, y lo daré a conocer, para que el amor con que me amaste esté en ellos y Yo en ellos (Juan 17:26).
Eso es lo que Jesús oró la noche antes de morir. Imagina poder disfrutar de lo más placentero con energía y pasión ilimitadas para siempre. Esta no es nuestra experiencia actual. Tres cosas impiden nuestra completa satisfacción en este mundo.
Una es que nada en este mundo creado tiene un valor personal lo suficientemente grande como para satisfacer los anhelos más profundos de nuestro corazón.
Otra es que nos falta la fuerza para saborear los mejores tesoros hasta su máximo valor.
Y un tercer obstáculo que se interpone en el camino de la completa satisfacción es que nuestras alegrías aquí llegan a su fin. Nada perdura. Pero si el propósito y la oración de Jesús en Juan 17:26 se hacen realidad, todo esto cambiará. Él oró: “…que el amor con que me amaste esté en ellos”. ¡El amor de Dios, que infinitamente tiene placer en Su Hijo, está en nosotros!
Si el deleite de Dios en el Hijo se convierte en nuestro deleite en el Hijo, entonces el objeto de nuestro deleite, Jesús, tendrá un valor personal inagotable. Él nunca se volverá aburrido, decepcionante ni frustrante.
No se puede concebir un tesoro mayor que el Hijo de Dios.
Además, nuestra capacidad para saborear este tesoro inagotable no estará limitada por las debilidades humanas. Disfrutaremos del Hijo de Dios con el mismo gozo de Su Padre. ¡Eso es lo que Jesús pidió en oración!
El deleite de Dios en Su Hijo estará en nosotros y será nuestro; el deleite en el Hijo será nuestro. Y esto nunca terminará, porque ni el Padre ni el Hijo tienen fin.
Su amor mutuo será nuestro amor por ellos y, por tanto, nuestro amor por ellos nunca morirá ni disminuirá.
Devocional tomado del libro The Pleasures of God, página 27.
