Abril 30
«José tuvo también otro sueño, y se lo contó a sus hermanos, diciendo: ‘He tenido otro sueño; y el sol, la luna y once estrellas se inclinaban ante mí’… Sus hermanos le tenían envidia». Génesis 37:9, 11
La envidia es un sentimiento común a la humanidad. También es un monstruo, un gigante que puede comerse vivo a cualquiera.
¿Cómo luchas contra la envidia? ¿Quiénes son los que, en tu esfera de influencia o en tu campo de visión, están experimentando el favor o el éxito, y con los que, de alguna manera, desearías cambiar de lugar? Debemos tener cuidado. «La odiosa pasión de la envidia», escribe George Lawson, «atormenta y destruye mientras busca la ruina de su objeto».¹ La envidia tiende a destruir al envidioso.
Todavía no lo sabían, pero los hermanos de José estaban en el camino de los males del engaño, la malicia y el tráfico de esclavos de su propio hermano, de las formas más detestables de crueldad. El primer paso en ese camino fueron sus celos hacia él. Pero no lo vieron, y así caminaron hacia acciones que supuestamente no habían contemplado cuando José empezó a compartir sus sueños de grandeza.
Debemos aprender a ver nuestra envidia y a lidiar con ella. Pero ¿cómo podemos manejar el éxito de otros sin sucumbir a la amargura y los celos?
En primer lugar, reconocemos que Dios es soberano sobre los asuntos del hombre. Dios determinó que José tuviera lo que tenía y fuera lo que era, y determinó una posición menos importante para los hermanos de José. Si hubieran estado preparados para considerar esto, aunque hubiera sido difícil, se habrían ahorrado el dolor causado por ellos mismos por su odio envidioso.
En segundo lugar, nos dirigimos a Dios en oración. F. B. Meyer, un gran predicador del siglo diecinueve, contó una vez que otro predicador llegó a ministrar en la misma zona en la que él estaba ministrando, y de repente salieron personas de su congregación. Los celos empezaron a apoderarse de su alma, y la única liberación que pudo encontrar fue orar por este pastor compañero, orar para que Dios bendijera el ministerio de otro. La oración afloja las garras de la envidia en nuestros corazones.
Dios es el que levanta y derriba. Si los hermanos de José hubieran comprendido esta verdad, no habrían tenido ocasión de sentir envidia. Dios es también quien nos da cada aliento como un regalo Suyo. Si hubieran comprendido esto, habrían tenido más deseos de dar gracias que de amargarse. Hoy, escudriña tu propio corazón, reconoce y arrepiéntete de cualquier envidia que haya echado raíces, e inclínate con humildad y agradecimiento ante tu Dios soberano.
¹ George Lawson, Lectures on the History of Joseph [Conferencias sobre la historia de José] (Banner of Truth, 1972), 5.
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
