Aunque todo sermón necesita un comienzo, no es indispensable que tenga una introducción formal. Si bien debe iniciar en algún punto, no existe ninguna regla que exija comenzar con una historia o ilustración. El predicador puede ir directamente al texto si así lo desea. Algunos, de hecho, lo hacen.
Sin embargo, muchos predicadores, y quizás incluso la mayoría, eligen comenzar con una especie de “puente” entre el servicio y el sermón, como una manera de captar la atención de los oyentes y atraerlos hacia la exposición. De este modo, la introducción funciona como un anzuelo que despierta el interés de la congregación y los motiva a escuchar. H. B. Charles ofrece una orientación útil sobre cómo hacerlo bien:
No comiences cada sermón de la misma manera. Sé creativo. Usa diferentes puertas para entrar en la casa. Cuenta una historia. Plantea una pregunta. Presenta un problema. Usa una cita impactante. Describe el trasfondo del texto. También puedes incorporar una lección con demostración visual o recurrir a contenido multimedia. Varía. Practica la diversidad. Cambia la forma en que te diriges a ellos, especialmente si predicas a la misma congregación cada semana. Practicar la variedad en la introducción es una manera sencilla pero efectiva de mantener la originalidad en el púlpito.

En mi experiencia, hay varios “niveles” de introducción al sermón, cada uno más difícil de preparar, pero también más gratificante, que el anterior.
El primer nivel de introducción al sermón es el que simplemente da comienzo al sermón y no vuelve a aparecer. Puede ser un relato de actualidad o una fábula histórica. Puede ser un poema o una experiencia de la vida del predicador. Ayuda a la congregación a pasar de la alabanza que acaban de cantar a escuchar una exposición de 40 minutos. En este nivel, las mejores introducciones plantean una tensión que necesita resolverse o una pregunta que exige respuesta. No son triviales, vulgares ni aburridas, sino serias, apropiadas e interesantes. El propósito de la introducción está en sintonía con el del sermón, y este, a su vez, armoniza con el mensaje del texto bíblico.

El segundo nivel de introducción al sermón es aquel que comienza al inicio y luego reaparece en la conclusión. Introduce una tensión que debe resolverse o una pregunta que necesita respuesta, para luego regresar en la conclusión y explicar cómo se ha resuelto. Este enfoque generalmente requiere un tema más fuerte, como una ilustración particularmente conmovedora o una anécdota especialmente interesante. Podría ser una canción cuya primera estrofa se presenta al principio y cuya última estrofa se retoma al final, o una historia cuya primera parte se cuenta al inicio y cuya conclusión se narra en la conclusión. Si el primer nivel de introducción es un puente hacia el sermón, el segundo nivel es un puente hacia el sermón y luego de vuelta hacia afuera, funcionando como un marco que resuelve cualquier tensión, tema o pregunta planteada al principio.

El tercer nivel de introducción al sermón es aquel que no solo comienza y termina un sermón, sino que también aparece a lo largo del mismo. Enmarca el sermón, pero también lo ilustra de manera continua, proporcionando un tema que mantiene comprometido al oyente. Solo la mejor ilustración, anécdota, canción o imagen literaria es capaz de hacer esto. Y aún así, existe el peligro de que una ilustración tan fuerte pueda amenazar con convertirse en el punto central del sermón, desplazando el propósito del texto que se está predicando. Si el primer tipo de introducción sirve como un puente hacia el sermón y el segundo como un puente hacia adentro y hacia afuera, este tercer tipo también proporciona los puntos de referencia a lo largo del camino. Es un puente hacia adentro, hacia afuera y a través de, por así decirlo.

Creo que H.B. Charles tiene razón cuando dice: “El despegue es, sin duda, la parte más importante del vuelo. Los corredores trabajan para obtener un buen impulso desde los bloques para ganar la carrera. Y la introducción es clave para predicar un mensaje sólido”. Aunque cada introducción cumple una función, algunas son meramente funcionales. Son útiles, pero no particularmente hábiles; son prácticas, pero no especialmente memorables. Una buena introducción generalmente requiere un pensamiento profundo, investigación y oración, pero tal esfuerzo es recompensado generosamente cuando esa introducción bendice a los oyentes y les sirve bien mientras escuchan la predicación de la Palabra de Dios.
Nota adicional
Cada vez soy más de la opinión de que las referencias a la cultura popular, como programas y películas, no suelen ser útiles y tienden a caer en saco roto. Lo digo porque no creo que hoy en día haya suficiente cultura compartida como para que una película o un programa sean significativos para un número suficiente de personas en la iglesia, de manera que puedan servir de ilustración útil [a menos que se ofrezcan muchas explicaciones]. No creo que podamos dar por sentado que las personas hayan visto la mayoría de las películas, ni que las conozcan. Además, no hay muchas películas que un pastor pueda citar o referirse sin correr el riesgo de ofender al menos a un oyente que las considere inapropiadas para un público cristiano. Por eso, otros medios de ilustración suelen ser más efectivos.
Publicado originalmente en Challies.