Hubo un tiempo, y no fue hace mucho tiempo, cuando el mundo cristiano estaba trágicamente poco provisto de recursos cuando se trataba de libros que confrontaban la pornografía y a los hombres que se complacen en ella. En aquel tiempo, casi cualquier recurso era mejor que nada si solo ayudaba a los hombres a avanzar contra su adicción. Hoy en día, sin embargo, estamos extremadamente provistos de recursos cuando se trata de tales obras, y un nuevo libro debe tener algo único que ofrecer si va a desplazar o complementar a los demás sobre el tema. Me alegro anunciar que La muerte de la pornografía de Ray Ortlund es precisamente un libro así.
La muerte de la pornografía es una serie de seis cartas de Ray Ortlund a hombres jóvenes, o, si lo prefieres, de un padre a un hijo. Está escrito de una manera que al mismo tiempo es paternal y pastoral, mientras es tierna y firme, y a la vez anima y reprende. “Este libro no se trata de cómo pulir esto y aquello, cómo convertirte en alguien socialmente más presentable. Se trata de que tu corazón por fin se atreva a creer en tu verdadera realeza. Se trata de que el ‘verdadero tú’ gane tracción para una nueva integridad, en especial en una hermandad honesta con otros varones. Se trata de que tú, junto con otros varones maravillosos, construyan un mundo de nobleza, donde tanto hombres como mujeres puedan florecer”.
Las palabras “realeza” y “nobleza” son clave. En su primera carta, Ortlund explica la dignidad que Dios ha dado a la humanidad en virtud de nuestro lugar especial en Su creación como criaturas hechas a Su imagen. “Tu identidad, quién eres en verdad, se encuentra en el Rey a quien representas. Tú eres Su embajador real en nuestro mundo quebrantado”. No solo eso, sino que esta realeza nos ha sido afirmada y restaurada por medio de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo.

En la segunda carta, cambia su enfoque de los hombres a las mujeres para mostrar que ellas, al igual que nosotros, son de la realeza. “Dios creó a cada mujer con una gran dignidad y un valor inconmensurables. Ya sea que ella misma lo crea o no, sigue siendo verdad: Dios la creó para la majestad. Dios es la razón de su valor. Y nadie tiene el derecho de degradarla porque Dios es quien le dio dignidad. Ella tiene el valor que toda mujer tiene a Sus ojos”. Esto tiene serias implicaciones. “Solo te pido que aceptes la manera como Dios la ve. Él está de su lado. Él se indigna con las maneras como es despersonalizada, monetizada y maltratada”.
Y es en este capítulo donde Ortlund comienza dando algunos golpes fuertes a los hombres con el puro horror de lo que hacen cuando se complacen en la pornografía. Aquí, por ejemplo, está su explicación de lo que un hombre le dice tácitamente a una mujer cuando la mira en esa pantalla.

No me importas. No me importa tu historia personal que te llevó hasta este horrible sitio pornográfico. No me importa qué sucederá contigo una vez que termines de grabar, cómo te arrastrarás hasta tu departamento y te emborracharás para dejar de sentir el dolor. No me importa lo que enfrentarás mañana, un simple día más en este tormento. No quiero saber lo que estás sufriendo. Ni siquiera quiero saber tu nombre. Tú no importas. Todo lo que importa aquí soy yo. Y no el “yo de la realeza” que Dios creó, sino el yo depredador, el yo que se masturba, el yo que quiere satisfacer su necesidad momentánea, el yo egoísta a quien Satanás le está robando la vida, así como yo robo la tuya. Así que, sea quien seas en la pantalla, pronto daré clic hacia otra víctima, pero tú mantén la actuación, ¿de acuerdo? Sigue sonriendo mientras abusan de ti. Sigue haciéndolo mientras yo me masturbo y me masturbo y me masturbo, porque de todos modos, nada importa ni de mí ni de ti.
Él no anda con rodeos: “Si miras pornografía, sé lo suficientemente honesto como para decirle a Dios: ‘Hoy me entretuve con explotación sexual’, o: ‘Hoy me uní para abusar a una mujer’, o: ‘Hoy miré, por placer, su degradación’, o: ‘Hoy me he posicionado contra ti y me he unido a Satanás’”.

Sin embargo, él no deja de ofrecer esperanza, pues en su tercera carta muestra que también Jesús es de la realeza, y que “Él es mejor en salvarnos de lo que nosotros somos en pecar”. Él está deseoso de perdonar nuestros pecados y de transformar nuestros deseos y obras.
Las tres últimas cartas pasan de los personajes (hombres, mujeres, Jesús) a imaginar un futuro mucho mejor. Aquí es donde se vuelve muy práctico al animar a los hombres a pasar de liberarse de la pornografía a liberar a otros de la misma, a trabajar juntos en una verdadera hermandad y a lidear con este problema no solo en sus propias vidas, sino en la iglesia y en la sociedad más amplia. Sus estímulos en el área de la confesión del pecado, la oración y la recepción de la sanidad de Dios son tan buenos como cualquier otro que he leído.

Su libro es único en su formato, único en su escritura y único en su autoría. Ortlund no es un hombre más joven que se une a sus compañeros para ofrecerles un hombro blando, sino un hombre mayor que suplica a los más jóvenes que abracen lo que realmente son en Cristo. Y a veces los abofetea. Él escribe con amor y firmeza y con el mejor tipo de intensidad.
“Eso es lo que te pido que recuerdes, durante todo el camino”, dice él. “Tu batalla contra la pornografía no se trata de la pornografía. No se trata del sexo. No se trata de la fuerza de voluntad. Tu batalla se trata de la esperanza. Se trata de que tu corazón crea que, a pesar de tus muchos pecados (como mis muchos pecados), Dios se regocija en darte un futuro con el que apenas puedes soñar. Vencerás si crees que el amor de Dios por ti es demasiado grande como para limitarse a lo que mereces”. Así es. Espero que muchos hombres, jóvenes y mayores, se tomen el tiempo de leer La muerte de la pornografía y dejen que transforme sus vidas.
(Nota: aunque el uso de la pornografía no se limita en absoluto a los hombres, ellos son el público de esta obra en particular).
Publicado originalmente en Challies.