Gratitud: el ejemplo de un leproso

El cierre del año revela nuestras quejas más profundas. Un leproso samaritano nos muestra cómo redimir nuestra mirada al pasado con gratitud.
Foto: Unsplash

En septiembre de 1860, el barco de vapor Lady Elgin naufragó en las aguas gélidas del lago Michigan, cerca de Evanston, Illinois. Edward Spencer, un joven estudiante de teología, vio la tragedia desde la orilla y no se quedó de brazos cruzados. Sin dudarlo, se lanzó al agua helada una y otra vez, luchando contra el oleaje violento, los restos del naufragio y una posible hipotermia.

Al final del día, Spencer había logrado rescatar personalmente a 17 personas. Aquel esfuerzo físico sobrehumano fue tan devastador, que su salud quedó dañada de forma permanente, obligándolo a abandonar sus estudios para el ministerio y marcando su vida con una fragilidad física que lo acompañaría hasta la muerte. Sin embargo, lo más impactante de su historia se reveló años después, en su funeral. Allí se mencionó un hecho estremecedor: de las 17 personas que Spencer rescató arriesgando su propia vida, ni una sola se había acercado a él para darle las gracias.

¿Y qué tiene que ver la historia de Spencer con el final de un año? Aquellos sobrevivientes estaban tan embriagados por el regalo de haber conservado la vida, que se olvidaron por completo de su rescatista. Esta tendencia al olvido es la misma que acecha nuestro corazón, especialmente al cierre de un año. Al igual que los rescatados del lago, solemos estar tan enfocados en el “regalo”, o en la falta de él, que ignoramos por completo el rostro de Aquel que nos lo ha dado.

El barco de vapor Lady Elgin, hundiéndose, media hora después de haber sido atropellada, fuera de Winnetka, Illinois / Imagen: New York Illustrated News

Final de año: época de ingratitud

El final de un año suele ser un campo de batalla para el corazón humano. Por un lado, el mundo nos bombardea con una invitación a la planificación frenética del futuro, prometiéndonos que el próximo ciclo será, finalmente, el de nuestro éxito económico, nuestra plenitud física o nuestro ascenso profesional. Sin embargo, la realidad del presente nos obliga a mirar hacia atrás, y lo que vemos, con frecuencia, es una acumulación silenciosa de insatisfacciones.

Nos miramos al espejo y nos quejamos de que el tiempo no ha sido clemente con nuestra apariencia; revisamos nuestras cuentas y sentimos que el esfuerzo no se tradujo en la seguridad que esperábamos; comparamos nuestra vida con los fragmentos editados de la felicidad ajena en redes sociales y terminamos el año con un sabor amargo de “insuficiencia”.

Cerrar el año también es enfrentarse a lo que no salió como esperábamos. / Foto: Envato Elements

Como creyentes, nuestras mentes teológicas saben que no merecemos nada, excepto la condenación por nuestro pecado, y que cada respiro es pura gracia soberana. No obstante, existe una brecha entre lo que confesamos y lo que late en nuestro orgulloso corazón: exigimos tener más y nos comparamos con el mundo. Por eso ponemos tanta esperanza en el nuevo año que viene.

Para sanar esta inclinación hacia la ingratitud y el olvido, necesitamos regresar a la Escritura y observar una escena en el camino a Jerusalén: la sanación de los diez leprosos en Lucas 17:11-19. En este relato, no solo encontramos un milagro físico, sino dos lecciones profundas que deben redefinir nuestra gratitud en este año nuevo.

Necesitamos volver a la Escritura y aprender, otra vez, a vivir agradecidos. / Foto: Lightstock

Lección 1. El Dador es más importante que el regalo

El relato comienza con una imagen de profunda desesperación: “Aconteció que mientras Jesús iba camino a Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea, y al entrar en cierta aldea, le salieron al encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a distancia” (vv 11-12). En aquel tiempo, la lepra era una sentencia de muerte social; estos hombres estaban “a distancia” porque la ley los consideraba impuros, excluidos de la comunidad y del templo. En su angustia, ellos hacen lo correcto: “Gritaron: ‘¡Jesús, Maestro! ¡Ten misericordia de nosotros!’” (v 13).

La respuesta de Jesús es generosa: “Cuando Él los vio, les dijo: ‘Vayan y muéstrense a los sacerdotes’. Y sucedió que mientras iban, quedaron limpios” (v 14). Los diez recibieron lo que pidieron. Los diez experimentaron la limpieza en su propia carne. Pero aquí es donde la historia toma un giro que debe hacernos reflexionar: nueve de ellos se quedaron con el regalo, pero solo uno regresó por el Dador: “Entonces uno de ellos, al ver que había sido sanado, se volvió glorificando a Dios en alta voz” (v 15).

Lucas 17:11-19 registra la historia de los diez leprosos, en la que encontramos no solo el milagro de su sanidad, sino también una profunda lección sobre la gratitud. / Foto: Jhon Montaña

El hecho de que nuestras mentes y corazones estén más ocupadas en lo que no recibimos en el año que terminó, o en lo que exigimos para el año que recién comienza, demuestra que le damos muy poca importancia al Dador de la gracia.

Incluso los incrédulos estarían de acuerdo en decir que, de cada diez personas que reciben una bendición, quizás solo una es agradecida. Sin embargo, este pasaje va más allá de una simple enseñanza de autoayuda sobre la amabilidad. El punto central es que el leproso que regresó entendió de dónde vino esa gracia: “Cayó sobre su rostro a los pies de Jesús, y le dio gracias” (v 16). Él vio el regalo, pero su mirada no se detuvo en su piel limpia; inmediatamente fijó su vista en la fuente.

Tristemente, solemos ser como esos nueve leprosos. Estamos tan preocupados por lo que creemos que merecemos que, cuando lo recibimos, ignoramos de dónde ha venido. Es posible que esos nueve hayan sido “obedientes” al seguir caminando hacia los sacerdotes, pero su corazón no fue transformado por la gratitud. Al estar interesados únicamente en el regalo, perdieron la oportunidad de dar gloria a Dios. Esa misma actitud es la que nos lleva a exigir más en nuestro corazón y a quejarnos por no tener “lo suficiente”. Sin embargo, cuando ponemos los ojos en el Dador, nuestro corazón se llena de satisfacción por lo que recibimos (e, incluso, por lo que no recibimos) y accedemos al regalo superior: la adoración.

Cuando fijamos los ojos en Dios, la gratitud reemplaza la queja y la adoración vence a la insatisfacción. / Foto: Lightstock

Lección 2. Nuestra gratitud revela la sinceridad de nuestra fe

La gratitud no es simplemente una actitud positiva; según la Escritura, demuestra directamente si amamos a Jesús o si lo rechazamos.

El pasaje enfatiza un detalle que habría sido escandaloso para la audiencia original: el hombre que regresó “era samaritano” (v 16). La importancia de esto radica en que quienes se suponía que conocían a Dios eran los judíos, no los samaritanos. Sin embargo, este extranjero demostró tener un corazón con más fe que aquellos que tenían la Ley y las promesas.

Jesús, al ver esto, lanza preguntas que revelan el corazón ingrato del ser humano: “Jesús le preguntó: ‘¿No fueron diez los que quedaron limpios? Y los otros nueve, ¿donde están? ¿No hubo ninguno que regresara a dar gloria a Dios, excepto este extranjero?’” (vv 17-18). Aquí, Jesús hace eco de lo que sucedió siglos antes, registrado en 2 Reyes 5. En aquella ocasión, el rey de Israel no quiso confiar en que Dios podía curar la lepra, pero Naamán el sirio, otro extranjero, sí confió, fue curado y reconoció que no había Dios en toda la tierra sino en Israel.

La gratitud revela el corazón. / Foto: Unsplash

Esto debe llenarnos de temor santo. ¿Nos identificamos con el leproso samaritano que reconoce su indignidad y se postra ante la gracia? ¿O somos como los judíos religiosos que, aun conociendo la doctrina de la gracia, no somos capaces de volver a adorar porque sentimos que las bendiciones son nuestra “paga” por ser buenos? La gratitud sincera es el termómetro que mide si nuestra fe es una obediencia externa de ritos o una entrega interna de amor.

Jesús concluye diciendo al samaritano: “Levántate y vete; tu fe te ha sanado” (v 19). Aunque los diez fueron limpiados físicamente, solo de este hombre se dice que su fe lo salvó integralmente. Su gratitud fue la prueba de que su fe no era una transacción para obtener salud, sino un vínculo vital con el Redentor. La ingratitud de los otros nueve, por el contrario, reveló que para ellos Jesús era solo un medio para un fin, un proveedor que podía ser desechado una vez que el beneficio había sido entregado.

Una mirada redimida al año que terminó

Pensando en el año que acaba de concluir, debemos reconocer que nuestra tendencia natural es el olvido y la queja. Mientras que el mundo se enfoca demasiado en el futuro, considerando con insatisfacción lo que no tiene y anhelando lo que cree merecer, el cristiano hace bien en mirar al pasado. Debemos considerar lo que sí recibimos con la profundidad de quien sabe que es absolutamente inmerecedor de toda bondad.

La gratitud no es un ejercicio de psicología positiva; es la prueba viva de que no rechazamos a nuestro Señor Jesús. Es el acto de volvernos del “regalo” para buscar el rostro del “Dador”. Cuando recordamos que incluso el pan de cada día es una manifestación de la misericordia divina para pecadores que merecían el juicio, nuestro corazón orgulloso se rinde.

La gratitud no es autoayuda ni optimismo. Es volver del regalo al Dador y rendir el corazón delante de Cristo. / Foto: Lightstock

¿Somos como los judíos orgullosos que recibieron la limpieza pero olvidaron al Mesías, o como el samaritano agradecido que encontró en los pies de Jesús su mayor tesoro? Al igual que Edward Spencer arriesgó su vida para rescatar a hombres que luego lo olvidaron, Cristo dio Su vida para rescatarnos de una lepra mucho más profunda que la de la piel. Que en este año nuevo, nuestra mayor meta no sea acumular más logros, sino vivir en una adoración constante, dando gloria a Dios con nuestra gratitud.

Apoya a nuestra causa

Esperamos que este artículo te haya sido útil. Antes de que saltes a la próxima página, queremos preguntarte si considerarías apoyar la misión de Volvamos al evangelio.

Desde el año 2013 hemos trabajado para servir a la iglesia de habla hispana publicando recursos que apuntan a Cristo y a la verdad de las Escrituras. Nuestro deseo ha sido ayudar a personas como tú a conocer y amar más a Cristo, Su Palabra y Su iglesia. Y queremos continuar proveyendo recursos para tu crecimiento y edificación en la fe.

Volvamos al evangelio siempre ha sido sin fines de lucro y depende de lectores como tú. ¿Considerarías apoyarnos? ¿Cuánto gastas en un café o en un refresco? Con ese tipo de compromiso mensual, nos ayudarás a seguir sirviendo —a ti y a la iglesia del mundo hispanohablante—. ¡Gracias por considerarlo!

En Cristo,

Equipo de Volvamos al Evangelio

¿Mi donación es segura?
¿Mi donación es deducible de impuestos?
¿Puedo cancelar mi donación recurrente?

David Riaño

David Riaño es editor general de BITE Project. Es parte del equipo plantador de la Iglesia Familia Fiel en Cajicá, donde también sirve en ministerios de enseñanza. Es Licenciado en Filología Inglesa y Magíster en Estudios Literarios de la Universidad Nacional de Colombia. Disfruta tomar café y ver series con su esposa Laura.

Artículos por categoría

Artículos relacionados

Artículos por autor

Artículos del mismo autor

Artículos recientes

Te recomendamos estos artículos

Siempre en contacto

Recursos en tu correo electrónico

¿Quieres recibir todo el contenido de Volvamos al evangelio en tu correo electrónico y enterarte de los proyectos en los que estamos trabajando?

.