¿Es posible adorar en el dolor? El camino trazado por Jesús

¿Es realmente posible adorar en medio del sufrimiento más profundo? Incluso en Navidad, muchos estamos obligados a hacernos esta pregunta.
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Jim Elliot, junto con su familia y otros misioneros, dedicaron años de amor, esfuerzos logísticos y oración incesante por la salvación de la tribu de los aucas en Ecuador. Sin embargo, cuando Jim y sus compañeros murieron violentamente a manos de aquellos a quienes habían ido a amar, el mundo se estremeció. Muchos se preguntaron si todo aquel sacrificio había valido la pena. Escuchemos las palabras de Elisabeth Elliot, su viuda:

Y una vez más, las palabras antiguas del Libro de libros vinieron a mi mente: “Todo esto nos ha sobrevenido, pero no nos hemos olvidado de Ti… No se ha vuelto atrás nuestro corazón, ni se han desviado nuestros pasos de Tu senda; sin embargo, nos has quebrantado en la región de los chacales, y nos has cubierto con la sombra de la muerte”.

Los misioneros en Ecuador. Ed, Peter, y Jim junto a sus respectivas esposas: Marilou McCully, Olive Fleming y Elisabeth Elliot./ Foto: Dominio público

Hoy, nosotros nos hacemos la misma pregunta. Los sufrimientos en este mundo caído parecen no dar tregua: injusticias, frustración profesional, cansancio emocional, dolor físico y, finalmente, la sombra de la muerte. ¿Es posible seguir adorando ante este panorama? Cuando miramos la vida de Jesús, descubrimos que existe una conexión profunda e íntima entre el sufrimiento y la adoración; para el Redentor, estos no fueron momentos aislados, sino elementos inseparables de Su obra.

Al mirar la vida de Jesús, descubrimos que el sufrimiento y la adoración están profundamente unidos, inseparables en la obra del Redentor. / Foto: Lightstock

El Salmo mesiánico por excelencia

Resulta supremamente interesante observar cómo el Antiguo Testamento se cumple en Jesús. El hecho que produce mayor asombro es la inmensa separación temporal entre la profecía y su cumplimiento. Los Salmos de David fueron escritos aproximadamente, 1000 años antes de Cristo. ¿Cómo es posible que un hombre, un milenio antes de la existencia del Imperio Romano y su método de ejecución, describiera de manera tan literal lo que sucedería en la cruz?

Quizás el ejemplo máximo de esto es el Salmo 22, el Salmo mesiánico por excelencia. Al leerlo, es imposible no ver el rostro de Jesús en Juan 19:

  • El Salmo comienza con el grito: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Sal 22:1), las mismas palabras que Jesús clama en Su agonía.

  • El narrador afirma tener una sed extrema, diciendo que su lengua se pegó a su paladar (Sal 22:15), lo cual vemos cumplido cuando Jesús dice: “Tengo sed” para que la Escritura se cumpliera (Jn 19:28).

  • Se describe el temor de que Sus huesos sean descoyuntados (Sal 22:14) y la exposición pública de Su cuerpo (Sal 22:17).

  • Se profetiza que Sus enemigos horadarían Sus “manos y… pies” (Sal 22:16), un detalle asombroso considerando que David no conocía la crucifixión. Esto se hace realidad cuando Tomás pide ver las marcas de los clavos en las manos de Jesús (Jn 20:25).

  • Finalmente, describe el reparto de Sus vestidos y la suerte echada sobre Su ropa (Sal 22:18), evento que Juan narra con precisión casi notarial al pie de la cruz (Jn 19:23-24).
El Antiguo Testamento se abre ante nosotros como un testimonio vivo: la profecía y su cumplimiento se encuentran en el rostro del Mesías crucificado. / Foto: Jhon Montaña

¿Tiene esto alguna importancia particular para nosotros hoy? ¿Acaso esta conexión profética de mil años cambia algo nuestra salvación? Por supuesto. El cumplimiento de la Escritura es uno de los argumentos fundamentales de los autores del Nuevo Testamento para demostrar que Jesús es quien dice ser.

Pero, de manera particular, la conexión con el Salmo 22 dice mucho sobre nuestra relación con Dios en el dolor. Aunque los versículos hacen un eco constante de la cruz, no debemos olvidar que fueron pronunciados originalmente por un hombre común: el rey David. Él era un pecador débil como nosotros. El hecho de que Jesús decida citar a un hombre que sufre, y que los evangelistas resalten esta conexión, nos enseña dos grandes verdades acerca del dolor y el sufrimiento.

El cumplimiento de la Escritura confirma que Jesús es quien dijo ser y sostiene nuestra salvación. / Foto: Envato Elements

1. Dios no quiere que evitemos el sufrimiento, sino que lo llevemos a Él (Sal 22:1-21)

Este Salmo se divide en dos grandes secciones: una llena de clamor, desde el versículo 1 hasta el 21, y otra llena de alabanza, desde el 22 hasta el 31. Comencemos analizando la primera.

La historia de David está llena de episodios de angustia. El rey Saúl lo persiguió por el desierto como a una fiera, y años más tarde, su propio hijo, Absalón, encabezó una rebelión para quitarle el trono. David sintió el dolor de la traición y el miedo a la muerte. Sin embargo, a pesar de ese sufrimiento real, nada en su biografía corresponde estrictamente al nivel de tormento descrito en la primera parte del Salmo 22.

Debemos entender que David utilizó recursos literarios y exageraciones poéticas para expresar su angustia interna. David nunca tuvo sus pies y manos horadados literalmente, ni se repartieron sus ropas mientras él miraba en agonía. Pero aquí está lo sorprendente: lo que David describió a nivel metafórico, Jesús lo vivió a nivel literal. Ese sufrimiento extremo que se mantuvo en el lenguaje de la poesía por siglos, cobró carne y sangre cuando llegó el David definitivo.

En Salmos 22, el dolor de David se convierte en clamor. Lo que fue poesía de un rey quebrantado, siglos después se hizo realidad en la cruz. / Foto: Lightstock

Jesús sufrió tanto como se puede sufrir. No fue solo el trato físico extremo dado por los soldados romanos (Jn 19:1-3), sino el peso espiritual de cargar con el pecado de todos los redimidos de todas las épocas. Al ser castigado en nuestro lugar, experimentó una separación del Padre tan profunda que brotó la pregunta: “¿Por qué me has abandonado?”. Él fue despreciado y desechado por los hombres, tal como dice el Salmo: “Mas yo soy gusano, y no hombre; oprobio de los hombres, y despreciado del pueblo” (Sal 22:6).

¿Qué aprendemos de esto? Que Jesús ya sufrió más que cualquiera de nosotros, lo que nos permite sufrir estando firmes en Él. Al clamar al Padre desde la cruz, Jesús está validando el proceder de David: llevar la desesperación directamente a Dios. No necesitamos esconder nuestro dolor tras una máscara de supuesta piedad y fortaleza. Al igual que nuestro Señor, podemos gritar pidiendo auxilio desde el fondo del corazón, sabiendo que el cielo nos escucha (Sal 22:24). Jesús, siendo Dios, usó las palabras de un hombre común para recordarnos que nosotros también sufriremos, pero que Su ejemplo de llevar el dolor al Padre es el camino a seguir.

 Jesús ya sufrió más que cualquiera de nosotros, lo que nos permite sufrir estando firmes en Él. / Foto: Unsplash

Pero ni el Salmo, ni la pasión de Cristo, ni la historia de redención terminan con el dolor y la muerte. Dios, de manera abrupta, provee los medios para llegar al destino final: la adoración. Eso nos lleva a la segunda verdad que aprendemos de este cumplimiento profético.

2. El plan final de Dios para nosotros es la adoración (vv 22-31)

En el versículo 22 del Salmo 22, ocurre una transformación dramática. El lamento se corta y surge una explosión de alabanza: “Hablaré de Tu nombre a mis hermanos; en medio de la congregación te alabaré”. David deja de estar en la posición de víctima y retoma su labor real de representar a Dios frente al pueblo.

¿Se debió esto a un rescate inmediato? El Salmo no lo especifica. Solo vemos un cambio abrupto: de repente, está adorando y llamando a otros a unirse a él. Esta transición nace de la gracia de Dios obrando en su espíritu. Y esto es, para mí, lo más magnífico de este Salmo: Jesús cumple este cambio de la manera más abrupta y gloriosa posible. Después de morir, Jesús resucita. ¿Acaso hay algo más abrupto? Mientras que la tumba de Juan 19 parecía el punto final de una derrota, el amanecer de Juan 20 demostró que el destino final era la victoria. Al salir de la tumba, Jesús no solo asciende, sino que comienza a expandir Su reino por medio de Su iglesia y el Consolador que envía al mundo.

El autor de Hebreos (2:11-12) cita nuevamente el Salmo 22 para referirse a Cristo, pero ya no en la primera sección del Salmo, llena de dolor, sino en la segunda, llena de adoración. David dijo en esta sección, lleno de gozo, que “de Ti viene mi alabanza en la gran congregación; mis votos cumpliré delante de los que le temen” (Sal 22:25); su anhelo era decirle al pueblo cuán grande era su Dios. Y en un sentido mucho más elevado, Jesús es el medio por el cual nosotros conocemos a Dios (Juan 20:17). Él no es solo la Palabra por la cual Dios nos ha hablado; también se ha compadecido de nosotros y se ha rebajado a nuestra humanidad para guiarnos al Padre. Al igual que David, pero sin pecado, Él se identificó con nuestra debilidad para que nosotros pudiéramos identificarnos con Su gloria.

La cruz no fue el final, la tumba quedó vacía, y de la aparente derrota nació la victoria que hoy sigue expandiéndose por medio de Su iglesia. / Foto: Lightstock

Nosotros seguiremos ese mismo camino. En el sufrimiento, el sentido parece perderse, pero el plan de Dios es que compartamos Su gloria. Ningún dolor, por profundo que sea, tiene el poder de borrarnos el destino de comunión eterna. La alabanza de David prefiguraba la gloria que vendría después de la cruz. Cristo, al cumplir el Salmo, nos asegura ese gozo. Incluso hoy, aunque las circunstancias no cambien de inmediato, el poder de Cristo permite que en medio del clamor podamos llamar a otros a la adoración. Podemos ser instrumentos para anunciar que “Él ha hecho esto” (Sal 22:31), testificando de Su victoria a pesar de nuestras cicatrices, tal como Jesús mostró las Suyas a los discípulos para darles paz (Jn 20:19-20).

Aunque el sufrimiento nuble el sentido, el plan de Dios es llevarnos a la comunión eterna. Ningún dolor puede borrar ese destino. / Foto: Lightstock

Conclusión: del dolor a la adoración

Lo que hizo de Elisabeth Elliot un referente del cristianismo no fue solo su tragedia, sino su disposición a continuar sirviendo con el evangelio a la tribu que asesinó a su esposo. ¿Cómo pudo anhelar la salvación de quienes acabaron con su amado Jim? Solo hay una respuesta: Cristo la capacitó para seguir Su camino. Ella llevó su clamor al Señor y, por el poder del Espíritu, experimentó esa transición del dolor a la adoración, convirtiéndose en el puente para que una tribu alcanzara la salvación.

Providencialmente, Jim Elliot murió un 8 de enero. En estas fechas de fin de año y principios de uno nuevo, solemos esperar solo alegría, pero la realidad es que a veces son los días donde más sufrimos por las ausencias y las crisis. Que en este tiempo el Señor nos permita no solo llevar nuestro dolor y frustración a Él, sino tener la seguridad inquebrantable de que la adoración es nuestro destino final. Al igual que David encontró consuelo y Jesús encontró la victoria, nosotros también podemos confiar en que nuestra historia no termina en el lamento, sino en la alabanza eterna frente al trono de aquel que venció a la muerte.

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David Riaño

David Riaño es editor general de BITE Project. Es parte del equipo plantador de la Iglesia Familia Fiel en Cajicá, donde también sirve en ministerios de enseñanza. Es Licenciado en Filología Inglesa y Magíster en Estudios Literarios de la Universidad Nacional de Colombia. Disfruta tomar café y ver series con su esposa Laura.

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