Pocos alcanzamos el éxito que esperamos. Nos embarcamos en nuevos proyectos, nuestras mentes se llenan de grandes sueños, pero luego tenemos que contentarnos con mucho menos de lo que habíamos anhelado. Nos proponemos conquistar el mundo, pero el mundo no siempre sigue nuestros planes. La fantasía y la realidad suelen ser polos opuestos.
Pero no siempre. A veces tenemos éxito. A veces alcanzamos nuestros objetivos y hacemos realidad nuestros sueños. A veces se cumplen nuestros anhelos. Y en la periferia de estos momentos de satisfacción acecha un peligro silencioso.
Es bueno desear el éxito y soñar con él. Es bueno establecerse metas y es un placer alcanzarlas. Pero el peligro surge cuando mucho de nuestro esfuerzo lo dedicamos a alcanzar el éxito mientras ponemos poco esfuerzo en nuestra santificación. Cuando la búsqueda de metas sobrepasa la búsqueda de la santidad, nos hacemos vulnerables al orgullo, a la avaricia y a un millón de otros pecados. A veces el éxito nos bendice y a veces nos maldice. A veces la misma cosa por la que trabajamos es la misma cosa que nos destruye. A veces la mayor bendición de Dios es retener el éxito que haría naufragar nuestras vidas o nuestra fe. Es peligroso obtener un éxito que exceda nuestra santificación.

Lo he visto en jóvenes que quieren servir al Señor y cambiar el mundo por medio de un ministerio público. Quieren que su libro llegue a las listas de los más vendidos, que su canción se cuele en las listas de éxitos musicales. Entonces, cuando sucede, los destruye porque su santificación fue insuficiente para manejar su éxito. Se creyeron los elogios, se dejaron arrastrar por la publicidad, se dejaron llevar. Lo he visto en personas mayores que trabajaron durante largos años y finalmente, obtuvieron el deseo de su corazón. Pero habían descuidado sus almas, descuidado su carácter. Ganaron el mundo entero pero perdieron su matrimonio, perdieron su familia, perdieron lo que importa mucho más.

Es bueno desear el éxito, pero es mejor desear la santificación. Es bueno soñar con alcanzar metas, pero es mejor soñar con alcanzar la piedad. Las palabras que deberíamos escuchar no son: “Bien hecho, siervo bueno y exitoso”, sino, “Bien hecho, siervo bueno y fiel”.* En el registro final, nuestros logros contarán mucho menos que nuestra fidelidad.

Haz tus planes. Establece tus objetivos. Comienza tus proyectos. Pero mientras planificas el éxito, ruega por la santificación. Al embarcarte en ese nuevo proyecto, determina que ganarás nueva piedad. Ora para que Dios te guarde del éxito que exceda tu santificación.
*Adaptado de una cita anónima que encontré en Seven Leaders de Iain Murray.
Publicado originalmente en Challies.