Los cristianos gozamos del inestimable privilegio de caminar con Dios. A medida que avanzamos por la vida, lo hacemos en comunión con el Creador y Sustentador de todo lo que existe. Disfrutamos de una relación de verdadera familiaridad e intimidad. Dios nos invita a contarle nuestras preocupaciones y a hacerle saber nuestras inquietudes, y Él lleva esas cargas en nuestro nombre. Nosotros, por nuestra parte, pedimos Su sabiduría y Su guía, y Él nos las da. No hay mejor manera de vivir.
El camino del cristiano es un camino de estrecha comunión con Dios y de obediencia sincera a Él. He aquí algunas de las alegrías que recibimos en este caminar.
Caminar con Dios agrada a Dios. Quien camina con Él declara al mundo cuál es la compañía que más ama. Su comunión con el Padre trae gloria al Padre. Él, como Enoc, recibirá “testimonio de haber agradado a Dios” (Heb 11:5).
Caminar con Dios tiene un atractivo evangelizador. Pedro exhorta a las esposas a vivir en cercanía con Dios para que sus maridos incrédulos puedan ser “ganados sin palabra alguna” (1P 3:1). Muchos cristianos pueden testificar que el primer atractivo de la fe cristiana no fue el mensaje del evangelio, sino la comunión visible de otro creyente con Dios por medio del evangelio.

Caminar con Dios calla a los adversarios. Pedro insiste que, mediante las buenas obras, hagamos “enmudecer la ignorancia de los hombres insensatos” (1P 2:15). La hipocresía religiosa se burla del evangelio, pero una vida santa hace que el evangelio brille. Es una alegría cuando la única acusación que un incrédulo puede levantar contra un cristiano es su santidad.
Caminar con Dios es una forma agradable de vivir. Salomón dice de la sabiduría, que “sus caminos son caminos agradables y todas sus sendas, paz” (Pro 3:17). Experimentamos el placer sobrenatural de la comunión con Dios cuando caminamos cerca de Él.
Caminar con Dios es honorable. Un plebeyo se siente bendecido al caminar con el rey; un cristiano se siente bendecido por caminar con Dios. No hay mayor dignidad que un hombre mortal pueda experimentar, que la comunión con Dios mismo. Es la forma más honorable de vivir.

Caminar con Dios lleva al descanso. Quienes caminan en su pecado no experimentan descanso ni en esta vida ni en la venidera. Sin embargo, a los que huyen del pecado, Jesús les promete que “hallarán descanso para sus almas” porque Su “yugo es fácil” y Su “carga ligera” (Mt 11:29-30). En Cristo encontramos descanso ahora y en la eternidad.
Caminar con Dios es seguro. Andar por el camino del pecado es como caminar al borde de un acantilado. El pecador impenitente siempre está al borde de un pozo sin fondo, y el más leve empujón de la muerte lo hará caer. En cambio, los que caminan en piedad y sabiduría reciben esta promesa: “Entonces andarás con seguridad por tu camino, y tu pie no tropezará” (Pro 3:23).

Caminar con Dios dulcifica la muerte. No hay nada que alivie más la hora de la muerte, como caminar cerca de Dios. Caminar con Dios nunca nos daña, sino que siempre nos ayuda. Ningún cristiano llegará a la tumba lamentando haber orado demasiado, haber sido demasiado santo o haber caminado con Dios demasiado cerca. Al contrario, lamentará no haber pasado más tiempo con Dios, no haber crecido en santidad y no haber orado con mayor frecuencia y fervor.
Caminar con Dios nos enseña la mente de Dios. Los amigos que caminan juntos comparten sus secretos. Noé caminó con Dios y conoció Su plan para destruir el mundo; Abraham caminó con Dios y conoció Su plan de hacer de él una gran nación. Dios se revela a Sí mismo y Su voluntad a quienes pasan tiempo con Él. ¡Eso es lo que hacen los amigos!

Caminar con Dios evita que seamos abandonados por Dios. Quienes caminan con Dios nunca serán abandonados por Él. Dios puede retirarnos la sensación de Su presencia durante un tiempo para enseñarnos a clamar a Él, pero nunca nos abandonará del todo ni durante demasiado tiempo. Como dijo Dios a Isaías: “En un acceso de ira escondí mi rostro de ti por un momento, pero con misericordia eterna tendré compasión de ti”, dice el SEÑOR, tu Redentor” (Is 54, 8).
En verdad, esta estrecha comunión con Dios, es el gran privilegio del cristiano. No hay mejor manera de vivir.
Publicado originalmente en Challies.