En una temporada de profunda oscuridad espiritual, el gozo en Dios puede parecer un hermoso sueño que alguna vez tuvimos. Por más que lo intentamos, parece que no podemos recuperar ese sentimiento. La canción se desvaneció. La luz se apagó. Los mejores días se fueron como un sueño.
La oscuridad espiritual se presenta en muchos matices diferentes: dolor, duda, culpa, pérdida. A veces sabemos exactamente de dónde viene. Otras veces, no tenemos ni idea. Recuerdo un día de agosto, hace años, en el que, sin previo aviso, el sol pareció desaparecer de mi cielo. No sabía de dónde venía la oscuridad. Solo sabía que estaba oscuro.
El autor de los Salmos 42 y 43 conocía algo de ese sentimiento. Podía señalar algunas razones para la oscuridad de su alma, pero aún así no podía deshacerse de sus preguntas. Diez veces envía la palabra por qué a la noche. ¿Por qué se entristece su alma? ¿Por qué sus emociones se agitan como olas en el viento? ¿Por qué vaga a la deriva y solo? Y cuando sus enemigos se vuelven hacia él con una pregunta personal: “¿Dónde está tu Dios?”, no puede responder con la “voz de alegría” que una vez tuvo (Sal 42:3-4). Esa alegría es ahora un recuerdo.
Sin embargo, los Salmos 42 y 43, por oscuros que sean, cuentan más que una historia de gozo perdido. Cuentan la historia de un hombre que sigue refiriéndose a Dios como “mi salvación”, incluso en medio de su gran dolor (Sal 43:4-5 RV60). Por tanto, cuentan una historia de gozo que vive y lucha desafiando la oscuridad.
Si escuchamos con atención, oiremos cómo habla ese gozo mientras espera la luz.

“Recuerdo”
La memoria puede parecer un enemigo para aquellos que están encerrados en la oscuridad del alma. Quizás, al igual que el salmista, recordamos cómo una vez fuimos “a la casa de Dios con gritos de alegría y cánticos de alabanza” (Sal 42:4). Una vez, pero ahora ya no. Ahora lloramos (v 3). Ahora nos sentimos olvidados (v 9). Ahora cada día trae otra ola que nos dificulta respirar (v 7). Y la alegría de ayer solo nos recuerda cuánto hemos perdido.
¿Solo? No, eso no es del todo cierto. Para el salmista, el recuerdo es más que un enemigo. Al recordar su antigua alegría, siente pérdida, sí, pero también anhelo:
Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas,
Así clama por ti, oh Dios, el alma mía.
Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo;
¿Cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios? (Sal 42:1-2).

Estas no son las palabras de un hombre que recuerda y se hunde en la desesperación. Son las palabras de un hombre que recuerda y espera, que sabe que el gozo de entonces puede volver a ser su gozo otra vez. Es más, son las palabras de un hombre que, en lo más profundo de su ser, sigue reconociendo a Dios como su gozo. Si no fuera así¿Por qué suspiraría y tendría sed, pediría y anhelaría a Dios y solo a Dios? Como escribe John Piper:
Un cristiano, por muy oscura que sea la temporada de su tristeza, nunca está completamente sin alegría en Dios. Quiero decir que en su corazón permanece la semilla de la alegría, tal vez solo en forma de un recuerdo del sabor de la bondad y una renuencia a dejarla ir. (When the Darkness Will Not Lift [Cuando las tinieblas no se disipan], 48).
Si alguna parte de ti gime por Dios o suspira al recordar días mejores, no dejes que esa pequeña semilla se pierda. Deja que el recuerdo alimente el anhelo, y que el anhelo despierte la esperanza de que el futuro, y no solo el pasado, pueda escuchar tus gritos de gozo.

“Digo”
Los creyentes abatidos pueden repetir fácilmente la triste pregunta del salmista:
¿Por qué te abates, oh alma mía, Y te turbas dentro de mí?
Pero, podemos titubear antes de decir sus siguientes palabras:
Espera en Dios; porque aún he de alabarle, Salvación mía y Dios mío (Sal 42:5-6).
Quizás te cueste ver otra cosa que no sea tristeza en el futuro. Quizás la oscuridad de hoy parezca proyectar su sombra sobre todos tus mañanas. Entonces, ¿cómo puedes decir: “Aún he de alabarle”? Solo si te centras menos en el “yo” y más en “Él”.

Escucha cómo habla el salmista de Dios, incluso con su alma tan abatida. Aquel a quien ora no es simplemente “Dios”, sino “el Dios viviente”, “Dios mío”, “el Dios de mi vida” y “mi roca” (Sal 42:2, 5-6, 8-9). Puede parecer lejano, pero este Dios sigue siendo mi Dios.
¿Sabes que Él es el mismo para ti en Cristo? Si es así, entonces Sus promesas de pacto descansan sobre ti, incluso si no las sientes y te cuesta creer en ellas. Él sigue “mandando Su misericordia” para sostenerte, guardarte y llevarte en su buen tiempo a días de abundante alabanza (v 8). Porque Él ha dicho en Jesús: “Te amaré”, tú puedes decir en la oscuridad: “Aún he de alabarte”.
Por supuesto, algunas sombras nos desolaron tanto que no sabemos si podemos llamar a Dios “mi Dios”. ¿Es mío? nos preguntamos. ¿O es esta oscuridad la prueba de que no lo conozco? Si dudas, mantén ante ti la persona y las promesas de Jesucristo. Sí, lucha contra tu pecado y combate tu incredulidad. Pero no te encierres en tu alma oscurecida. Considera Sus misericordias. Considera Sus méritos. Y con el tiempo, el Espíritu te llevará de “Dios” a “mi Dios”, y de “puedo alabarlo de nuevo” a “lo haré”.

“Resisto”
“Recuerdo” nos muestra la alegría que hay detrás de nosotros; “Digo” se apodera de la alegría que hay delante de nosotros. Pero, ¿qué hay de hoy? ¿Qué hay de ahora? ¿Cómo habla la alegría oscurecida de esta tarde? En una palabra: “Resisto”.
Como alguien que sabe lo obstinada que puede ser la oscuridad, me anima el hecho de que el salmista le diga a su alma abatida, tres veces, que espere en Dios a lo largo de estos dos salmos (Sal 42:5, 11; 43:5). La oscuridad del alma, como la noche, suele desaparecer gradualmente. El amanecer llega poco a poco. Y lo hace cuando los creyentes débiles, atribulados, tentados y afligidos se atreven a desafiar su desesperación. Como predicó una vez Martyn Lloyd-Jones sobre este pasaje: “Desafíate a ti mismo, desafía a los demás, desafía al diablo y al mundo entero, y di con este hombre: ‘Aún así lo alabaré’” (Spiritual Depression [Depresión espiritual], 21).
Pero ¿durante cuánto tiempo debemos resistir? No lo sabemos. Dios trata con Sus hijos individualmente, levantando la oscuridad de uno después de un mes, de otro después de un año, de otro después de una década o más. Pero en el nombre de Jesús, sabemos esto: incluso toda una vida de resistencia a la oscuridad es mejor que ceder ante ella. Porque aquellos que resisten y siguen resistiendo encontrarán a quien anhelan. Y a Quien anhelan nunca los decepcionará.
Un día, querido santo, Dios enviará Su luz y verdad, y ellas te llevarán al lugar donde la alabanza será tu porción profunda y diaria. Porque Dios será tu alegría profunda y diaria, tu “gozo” (Sal 43:3-4). Tus lágrimas se convertirán en canciones y tu noche en amanecer. Y la alegría que parecía imposible como un sueño volverá a ser tuya.
Publicado originalmente en Desiring God.