Un hábito es una práctica regular, muy arraigada en nuestros cerebros, a menudo difícil de abandonar. Los hábitos pueden ser buenos (como hacer ejercicio, comer saludablemente y leer la Biblia regularmente) o malos (piensa en tendencias poco saludables que nos hacen sentir atrapados).
Ya sea el mal hábito de acudir a la alacena en busca de satisfacción, caer en un trance frente al televisor, o un hábito más profundo y vergonzoso que no nos atrevemos a mencionar en el círculo del estudio bíblico semanal, la mayoría de nosotros podría romper al menos uno o dos hábitos. Muchos de nosotros anhelamos la libertad de romper con un mecanismo de afrontamiento poco saludable o un patrón secreto de pecado. Cuando somos honestos al respecto, la mayoría de nuestros “malos hábitos” son más que idiosincrasias peculiares. Son pecados como la glotonería, el chisme, la codicia y la avaricia.
Entonces, ¿cómo nos liberamos?
1. Comienza con oración
Nada rompe un hábito como estar tan harto de él que parece no haber otra opción más que abandonarlo. Así es como Dios suele obrar en nuestras vidas. Nos cansamos de sentirnos mal por demasiado azúcar. Nuestras mentes se agotan de perseguir las últimas tendencias en moda, entretenimiento y remodelación del hogar.
El apóstol Pablo estaba claramente cansado de su pecado cuando escribió estas palabras a la iglesia en Roma: “Pues no hago el bien que deseo, sino el mal que no quiero, eso practico” (Ro 7:19). Cuando podemos admitir fácilmente que nuestra carne pecaminosa nos hace miserables, estamos listos para estar de acuerdo con Dios e intentar abandonar el hábito. Podemos comenzar orando para que estemos demasiado cansados del comportamiento como para continuar en él.

2. Considera el mañana
Aunque medio galón de helado de chocolate pueda parecer bueno en el momento, la sabiduría nos hace preguntarnos sobre cuáles son las implicaciones para mañana. Si el malestar físico proviene de un hábito, enfócate en el malestar que vendrá mañana en lugar del placer temporal de darte gusto hoy.
Nuestros comportamientos tienen consecuencias naturales, y es por la gracia de Dios que Él nos permite sentir el peso de nuestros pecados. Considera si codiciar cosas costosas te llenará o te vaciará. Considera cómo las cosas que entran en tu cuerpo te harán sentir en un futuro cercano. Las consecuencias naturales pueden ser un fuerte elemento disuasorio.

3. Pide ayuda en el momento
Dios nos llama a acudir a Él cuando somos débiles. Cuando nuestras defensas están bajas y anhelamos ceder, Él espera a que lo llamemos. Él nos recuerda que Su poder se perfecciona en nosotros cuando admitimos nuestras debilidades (2Co 12:10). A Dios le encanta dar sabiduría a quienes la piden (Stg 1:5). Debemos volver nuestros ojos a Él en nuestros momentos más débiles y buscar Su liberación.

4. Reemplázalo con un gozo más profundo
Una de las mejores estrategias para cambiar un comportamiento es reemplazarlo. Podemos reemplazar nuestros patrones habituales poco saludables por patrones saludables. Una caminata corta es un alivio del estrés más saludable que una bolsa de papas fritas. Un libro intelectualmente estimulante es más saludable que una adicción a los videojuegos.
Dios ha prometido nunca dejarnos enfrentar una tentación sin proveer una vía de escape (1Co 10:13). Podemos unirnos a Él en este trabajo planificando actividades de reemplazo agradables para los momentos en que sabemos que seremos tentados a caer en hábitos poco saludables.

5. Cuéntaselo a un amigo
Finalmente, arrojar luz sobre los hábitos ocultos en nuestras vidas a menudo desata el poder para hacernos libres. Cuando sacamos nuestros secretos a la luz, el poder transformador del Espíritu Santo ya está obrando en nosotros para traernos libertad. Ya sea buscando rendir cuentas con un amigo, o buscando consejo profesional para superar una adicción de largo plazo, caminar el trayecto con un seguidor de Cristo en quien confiamos puede marcar toda la diferencia.
El deseo de Dios es ver a Sus hijos viviendo en abundancia y libres del pecado (Jn 10:10). Cristo murió para liberarnos del pecado, una vez para siempre. Aunque los hábitos pecaminosos no mueran fácilmente, comenzamos poniéndonos de acuerdo en que la victoria ya es nuestra, y damos pasos dentro de esa victoria uno a la vez.
Publicado originalmente en Desiring God.