La Biblia habla claramente de recompensas celestiales, pero por nuestra parte, siempre que hablamos de recompensas bíblicas (y los puntos de vista entre cristianos de ideas afines varían), debemos dejar de lado las ideas comparativas y tener cuidado de evitar la idea de que una vez que somos salvos por la fe sin las obras, ganamos varios grados de recompensas gracias a nuestra obediencia.
Entonces, ¿qué enseña la Escritura acerca de las recompensas en el cielo?
¿No habla Jesús de ganar recompensas?
Los Evangelios, específicamente Mateo y Lucas, incluyen varios ejemplos de Jesús enseñando acerca de las recompensas celestiales, pero no en el sentido de ganar recompensas adicionales. Jesús nunca contrasta diferentes cantidades de recompensas celestiales para quienes heredan el reino de Dios. En cambio, contrasta heredar el reino de este mundo con el reino de Dios. Consideremos algunos ejemplos.
Bienaventurados serán cuando los insulten y persigan, y digan todo género de mal contra ustedes falsamente, por causa de Mí. Regocíjense y alégrense, porque la recompensa de ustedes en los cielos es grande (Mt 5:11-12).
La gran recompensa, el cielo, es absoluta. La idea de recompensas más grandes entre los bienaventurados en el reino va en contra de la perspectiva del texto. En el reino de Dios, los bienaventurados (los mansos, los humildes, los misericordiosos, etc.), se diferencian claramente de lo que se considera grande en este mundo.

“Acumulen tesoros en el cielo” (Mt 6:20). De manera similar, en Mateo 6, Jesús no está imaginando una especie de bóveda espiritual donde se depositan recompensas crecientes para el disfrute futuro. Jesús contrasta los valores de Su reino por encima de los valores del reino de este mundo. Vivir por las riquezas de este mundo significa vivir por cosas que no pueden durar, porque todo es destruido por “la polilla” y “la herrumbre”. Los tesoros del cielo, sin embargo, son eternos.
Jesús le respondió: “Si quieres ser perfecto, ve y vende lo que posees y da a los pobres, y tendrás tesoro en los cielos; y ven, sé Mi discípulo” (Mt 19:21).
En esta declaración, Jesús señala el primer obstáculo que el joven rico tenía para seguirle: “Era dueño de muchos bienes” (19:22). Por supuesto, Jesús no está sugiriendo que alguien puede simplemente venderlo todo y darlo a los pobres para ganarse la vida eterna. Está diciendo que este joven rico no debería vivir para sus riquezas terrenales temporales, sino que debería valorar el reino de los cielos donde la humildad, el servicio y la misericordia cuentan. La recompensa es el reino de los cielos. La perfección que Jesús ofrece es la bendición escatológica que se extiende a los ciudadanos del reino.

Amen a sus enemigos, y hagan bien , y presten no esperando nada a cambio , y su recompensa será grande, y serán hijos del Altísimo (Lc 6:35).
Aquí, Jesús está enseñando a Sus discípulos acerca de la vida en Su reino en comparación con el mundo donde “los pecadores prestan a los pecadores para recibir de ellos la misma cantidad” (6:34). La recompensa “grande” por el amor desinteresado, la generosidad y la misericordia es la plena realización de ser “hijos del Altísimo”. Incluso si se vislumbra algún tipo de recompensa celestial, no hay indicios de que se pueda ganar por medio de la obediencia. Aquellos que buscan la vida del reino que Jesús prevé están motivados por lo que han recibido por medio de la promesa, no por alguna recompensa adicional que puedan ganar.

¿Qué pasa con la parábola de los talentos?
En la parábola de los talentos, un siervo recibe cinco talentos, otro dos, y otro uno, cada uno conforme a su capacidad (Mt 25:14-15). Ya sabes lo que sucede después, los siervos que comenzaron con cinco y dos, duplicaron la inversión de su señor y ambos son recompensados: “Bien, siervo bueno y fiel; en lo poco fuiste fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor” (Mt 25:21, 23). Pero el tercer siervo no hizo nada con su único talento y, posteriormente, es arrojado “en las tinieblas de afuera” (25:30). Su talento lo recibe el que tiene diez. Entonces Jesús declara: “Porque a todo el que tiene, más se le dará, y tendrá en abundancia; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará” (25:29). El segundo siervo queda fuera de la redistribución. ¿Por qué? Porque la cantidad de talentos no es el problema; la fidelidad sí lo es. Dicho de otra manera, el punto de Jesús no es que mientras más hagas, más serás recompensado. Simplemente está resaltando la superabundancia del don escatológico que se describe en la parábola como “[entrar] en el gozo del señor”.

Es un error traducir cada frase de la parábola (como “sobre mucho te pondré” o “le será dado, y tendrá más”), como indicativos de un aumento de las recompensas o del estatus celestial. Las parábolas sencillamente no funcionan de esa manera. No podemos escoger arbitrariamente qué detalles están cargados teológicamente y cuáles son simplemente “parte de la historia”. Por ejemplo, el señor claramente simboliza a Dios Padre. Pero nadie debería interpretar las descripciones específicas del señor en la parábola como algo que refleja algo más acerca de los atributos o las acciones de Dios, como la descripción del siervo de que el señor cosecha donde no sembró y recoge donde no esparce (25:24, 26). Los que señalan esta parábola para defender los grados de recompensas celestiales no han prestado mucha atención al contexto ni entienden cómo leer las parábolas de una forma diferente a las narrativas.

Los verdaderos seguidores de Jesús serán recompensados; recibirán la herencia que Jesús prometió. Pero los niveles de recompensa celestial en base a las obras no son el tema central de la parábola. Además, las parábolas adyacentes (las diez vírgenes (25:1-13) y las ovejas y los cabritos (25:36-41)) confirman esta conclusión. No hay grados de disposición, fidelidad o servicio, aquellos en el reino están dispuestos, son fieles y sirven. Ellos escucharán: “Vengan, benditos de Mi Padre, hereden el reino preparado para ustedes desde la fundación del mundo” (25:34; comparar 25:10; 21). La motivación para la fidelidad se centra en agradar a Dios y el cumplimiento de Su promesa.

¿No recibirá cada uno una recompensa por algo?
En 1 Corintios 3:8, Pablo dice: “cada uno recibirá su propia recompensa conforme a su propio trabajo”. El punto de Pablo aquí no se trata de los diferentes grados de recompensa, sino de cómo Dios juzgará y recompensará el trabajo de cada persona en función de si estaba fundamentado en Cristo (3:12-14). Observa que Pablo habla específicamente del ministerio cristiano aquí, y las recompensas no se presentan como motivos de fidelidad. En Colosenses 3:24, sin embargo, Pablo habla de forma más general de “la recompensa de la herencia” para todos los que hacen todo “como para el Señor y no para los hombres” (3:23).
Otro texto que menciona las recompensas celestiales es 1 Timoteo 6:17-19:
A los ricos en este mundo, enséñales que no sean altaneros ni pongan su esperanza en la incertidumbre de las riquezas, sino en Dios, el cual nos da abundantemente todas las cosas para que las disfrutemos. Enséñales que hagan bien, que sean ricos en buenas obras, generosos y prontos a compartir, acumulando para sí el tesoro de un buen fundamento para el futuro, para que puedan echar mano de lo que en verdad es vida.

Al igual que en el Sermón del Monte, “acumular” describe una vida marcada por el servicio, la generosidad y hacer el bien a los demás, la clase de vida que refleja y participa en la vida venidera. Si preguntamos: “Entonces, ¿qué obtendremos?”, significa que no entendimos el texto.
Finalmente, la palabra “corona” aparece con cierta frecuencia en el Nuevo Testamento. Este término se asocia a menudo con las recompensas celestiales. La corona del creyente, no obstante, es una metáfora de la gloria de la vida eterna (comparar 2Ti 4:8; Stg 1:12; 1P 5:4; Ap 2:10). La recompensa prometida de la vida eterna exhorta a los creyentes a perseverar en la fe.
Enfócate en el dador, la recompensa vendrá después
La Biblia ofrece una recompensa futura para el pueblo de Dios, pero no enseña que ganamos recompensas por obedecer. Tampoco ofrece recompensas como motivación para la obediencia. Hacerlo pasaría por alto al que da y es la recompensa en favor de las recompensas mismas, es decir, Dios.
Los cristianos nunca deberíamos pensar en la obediencia, el amor o el servicio en términos de obtener alguna gratificación futura. Aunque los evangélicos seguiremos discrepando sobre la naturaleza de las recompensas celestiales, todos debemos tener cuidado de que en nuestra predicación y enseñanza no demos la impresión de que el cielo en la presencia de Cristo es glorioso, pero que las recompensas lo harán aún mejor. Cristo, por medio de quien tenemos perdón y vida eterna, es toda la recompensa que necesitamos.
Publicado originalmente en la revista en español de 9 Marcas.
