Abril 7
“Eliseo le envió un mensajero, diciendo: ‘Ve y lávate en el Jordán siete veces, y tu carne se te restaurará y quedarás limpio’. Pero Naamán se enojó, y se fue”. 2 Reyes 5:10-11
Incluso una breve lectura de la historia y la sociología revela la incapacidad de la humanidad para arreglar nuestro mundo roto. No hace mucho tiempo, se nos decía que la gente hacía cosas malas porque era pobre; si nos ocupábamos de la necesidad mat
erial, entonces veríamos un comportamiento mejor. Ahora, en algunos de los países más ricos del mundo, algunos sociólogos explican que la codicia, la corrupción y el asesinato son el resultado de tener demasiado. Los expertos y los líderes mundiales se muestran desconcertados ante estas fuerzas externas, buscando respuestas en todos los lugares equivocados.
Naamán tenía una condición que lo hacía infeliz, y era francamente terrible de soportar. Tenía los recursos necesarios para probar cualquier tratamiento que quisiera, y es de suponer que estaba dispuesto a llegar a cualquier extremo. El problema era que estaba buscando en los lugares equivocados. Su estatus, riqueza y conexiones reales no produjeron el remedio que deseaba, y al acudir al rey de Israel en busca de alivio, su petición le produjo consternación; el rey se rasgó las vestiduras porque sabía que no podía ayudar (2R 5:7).
La respuesta del rey fue el mismo tipo de reacción que probablemente tienen muchos de nuestros líderes mundiales cuando viajan por el mundo, tratando de hacer lo que pueden en el servicio público. Seguramente, durante la noche, deben sentir deseos de rasgarse las vestiduras y decir: “¿Cómo puedo hacer frente a esto y marcar la diferencia? ¿Cómo podemos traer paz? ¿Cómo podemos encontrar una cura?”.
Sin embargo, lo que el rey no podía hacer lo podía hacer el profeta de Dios. Pero la cura sonaba ofensiva para el leproso. Naamán buscaba algo grandioso, algo que se ajustara a su elevado estatus y lo dejara con un sentido de importancia propia reforzado. Pensó que la cura debía ser menos simple o más impresionante. Consideraba que el remedio de Eliseo era humillante y ridículo.
Aunque la lepra real ha sido erradicada en gran medida, todos seguimos viviendo con esa horrible y terminal condición llamada pecado. Sin embargo, muchos no están dispuestos a escuchar la cura de Naamán. El mensaje de Cristo crucificado como único y suficiente remedio para nuestro pecado fue “piedra de tropiezo para los judíos, y necedad para los gentiles” (1Co 1:23), y sigue siéndolo para muchos hoy. Incluso los creyentes no son inmunes a la tentación de pensar que cuando se trata de un remedio para el pecado, debemos hacer algo.
Es necesario abrir los ojos diariamente al remedio que necesitamos y humillarnos, como finalmente hizo Naamán (2R 5:14). Porque es la persona que hace eso la que puede saber que las palabras “quedarás limpio” son cosa del pasado, y la que puede alegrarse de que Jesús la vea y le diga: “ya estás limpio” (ver Jn 13:10-11; 15:3). No te mires en el espejo y pienses que el remedio se encuentra en lo que eres o en lo que haces; en cambio, mira a través de la ventana de la fe, mira la cruz y sabrás que Él lo hizo todo.
Devocional tomado del libro Verdad para Vivir: 365 devocionales diarios
