¿Por qué es tan difícil perdonar?

Tu corazón quiere “justicia”, aun cuando lo que tú recibiste no fue justicia, sino misericordia y perdón.
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Para el ciudadano del reino de Dios, no hay nada más anti-evangelio que el no perdonar a otros. Jesús lanzó una preocupante advertencia al decir, “Si no perdonan a los hombres, tampoco su Padre les perdonará a ustedes sus transgresiones”, Mt. 6:15. Pablo hace lo suyo al escribir una magnífica epístola que gira alrededor del perdón, donde esencialmente le pide a la parte ofendida que perdone a su ofensor (Filemón). El evangelio en sí mismo gira alrededor del perdón en Cristo—su muerte da vida a todo aquél que reconozca que sus pecados pueden ser perdonados en Él. Es más, toda la Biblia gira alrededor de este eje—el perdón que Dios ofrece a los transgresores. Dios perdonó a Adán y Eva, a Noé, a Lot, a David, a Salomón, y en múltiples ocasiones, Dios perdonó al pueblo de Israel que ante repetidos actos de rebeldía, recibía inmerecidos obsequios de perdón y gracia. Si la Biblia gira alrededor del perdón en todas sus páginas, y si en su más íntima esencia, Dios es un Dios que perdona, ¿por qué nos cuesta tanto trabajo perdonar? Necesitamos reconocer que todos hemos sido parte de este ciclo satánico y genuinamente carnal. El no perdonar a otros abre la puerta de tu corazón a enemigos que son mucho para ti. El rencor, ira, enojo, amargura y resentimiento son solo unos cuantos enemigos que están listos para atacarte en cuanto tú se los permitas. El orgullo, arrogancia y soberbia son otros enemigos que están sigilosamente esperando tu descuido. Aunque hay varias razones por las que nos cuesta trabajo perdonar a otros, me parece que el Señor Jesús nos da las tres principales causas en Lucas 7:47. Veamos brevemente estas razones.

No vemos bien

“Por lo cual te digo que sus pecados, que son muchos, han sido perdonados, porque amó mucho; pero a quien poco se le perdona, poco ama” Lucas 7:47. Jesús estaba visitando la casa de un fariseo llamado Simón. Éste había organizado una comida para el Señor Jesús. Tal vez por curiosidad o tal vez por genuino interés, Simón quería conocer más de cerca a este hombre llamado Jesús. Cuando una mujer “pecadora” (Lc. 7:37) supo dónde se encontraba Jesús, de inmediato fue para lavar sus pies con sus propias lágrimas de arrepentimiento. Esto era un acto de respeto hacia Jesús, y una forma de declararse como “sierva” del Mesías. Pero Simón no vio nada de eso. Él se sintió insultado—fue demasiado para él. “Si supiera quién es esa mujer, no le permitiría que se acerque a él”, pensó entre sí este indignado fariseo. La respuesta de Jesús ante la pretensión de Simón fue extraordinaria: “ella me ama mucho, porque muchos pecados le han sido perdonados.” La razón por la que nos cuesta trabajo perdonar, es que no vemos bien nuestros propios pecados. Vergonzosamente, nos es muy fácil ver los pecados de otros, pero no los nuestros. El punto de Jesús no es que ella tenía más pecados que otros. Todos somos pecadores y ante Dios todos nos hemos descarriado como ovejas (Isa. 53:6). El punto de Jesús es que ella sí veía sus muchos pecados, mientras que los demás seguían ciegos ante ellos. ¿Te pasa lo mismo a ti? ¿Puedes ver los pecados de tu esposa, jefe, padre o hermano, pero no puedes ver los tuyos? ¿Los pecados de otros te parecen más graves y serios que los tuyos? ¿Los pecados de otros te suenan más escandalosos que los tuyos? Déjame decirte que, “… a quien poco se le perdona, poco ama.”

No recordamos bien

“Por lo cual te digo que sus pecados, que son muchos, han sido perdonados, porque amó mucho; pero a quien poco se le perdona, poco ama” Lucas 7:47. La siguiente causa por la que no perdonamos a otros, es porque olvidamos el momento en nuestras vidas en el que reconocimos nuestros muchos pecados ante Dios. ¿Recuerdas el día en que el Espíritu Santo te abrió los ojos para ver tu pecado? ¿Recuerdas lo sucio que te sentiste? ¿Recuerdas lo agradecido que te sentiste cuando entendiste que todos tus pecados te son perdonados? Pues es hora de que regreses a ese estado de convencimiento por tu pecado. El evangelio no es solamente para los no creyentes, como si fuese el boleto a entregar en la entrada del teatro. El evangelio no se olvida, se vive. El evangelio no se guarda, se practica. El evangelio no se vende con palabras, se ejemplifica con tu vida. Cada vez que hablas de la Cruz, de la muerte y resurrección de Jesús, estás haciendo referencia, en un grado u otro, al perdón que Jesús ofrece a todos los pecadores. Tú continúas siendo un pecador. Tú continúas ofendiéndole también. Y tu falta de perdón a otros endurece tu corazón con capas de piedra que Jesús ya ha destrozado. No lo olvides, tú también has sido perdonado, y, por lo tanto, tu condición de ofensor perdonado no te debe permitir robarle a Dios la posición de Juez ofendido. Ante cualquier ofensa que sufras, el ofendido no eres tú, es Dios. Deja que el Juez juzgue, y vive mostrando a otros la libertad que tienes al ser perdonado.

No amamos bien

“Por lo cual te digo que sus pecados, que son muchos, han sido perdonados, porque amó mucho; pero a quien poco se le perdona, poco ama” Lucas 7:47. La tercera razón por la que no perdonamos es porque no amamos. No hablo de amar a otros solamente. Cuando Adán y Eva cayeron en pecado (Gen. 3) no solo la relación con Dios fue quebrantada, sino también la relación con otros seres humanos. Amar a otros genuinamente no es algo natural al ser humano. Pero cuando menciono que no perdonamos porque no amamos, me refiero que no amamos a aquél que nos perdonó. En su más fundamental esencia, no debemos perdonar a otros solo porque sepamos que lo tenemos que hacer, sino porque amamos a aquél que nos perdonó a nosotros. Perdonar a otros es amar a Dios. ¿Cómo? Muy simple. Cuando perdonas a otros estás imitando a Dios. Cuando perdonas a otros estás mostrando lo que Dios hace por los que se arrepienten. Cuando perdonas a otros, muestras el carácter de Dios en tu vida. Cuando perdonas a otros, lo haces porque disfrutas dar del perdón que Dios te ha dado a ti. Damos de lo que tenemos—los perdonados, por ende, damos perdón. Tristemente, cuando alguien nos ofende llegamos a enojarnos con Dios. Sentimos que no merecemos injusticia, maltrato, dolor o traición. Nos sentimos por arriba de nuestra condición de humanos perdonados. De pronto, te pones en el altar de tu corazón. Sutilmente quitas a Dios de Su trono, y pones tu dignidad, orgullo o persona por encima de Dios. Cuando alguien se atreve a lastimarte, tu ego se ve seriamente ofendido. Tu alma grita por venganza. Tu corazón quiere “justicia”, aun cuando lo que tú recibiste no fue justicia, sino misericordia y perdón. Permíteme decirlo otra vez, el evangelio nos enseña que Dios es el Juez ofendido y nosotros los ofensores perdonados. No trates, entonces, de hacerte pasar por juez ofendido—juzgando quién merece o no tu perdón—tú siempre serás el ofensor perdonado. Y el que ha sido perdonado mucho, ama mucho también.

Josué Ortiz

Josué Ortiz (MDiv., DMin.) es pastor fundador de la Iglesia Gracia Abundante en la Ciudad de México. Es doctor en predicación expositiva por The Master’s Seminary. Está casado con Rebekah y juntos tienen tres hijos. Puedes seguirlo en twitter: @pastorjosuecdmx

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