Lo que anhelo más que los milagros

Tim Challies nos invita a pensar en el maravilloso cuidado que Dios tiene por Sus hijos a través de Sus obras providenciales.
Foto: Envato Elements

Supongo que es posible que haya presenciado un milagro en mi vida, pero, si fue así, no soy consciente de ello. Si un milagro es un “evento sobrenatural y extraordinario que difiere de los procesos naturales observados”, entonces no puedo pensar en un momento en que haya visto un claro ejemplo de uno. Eso no quiere decir que Dios no pueda obrar milagros hoy o que no los haga. Eso no quiere decir que Él no haya obrado a mi alrededor y en mí de maneras extraordinarias. Es simplemente decirte que no puedo mirar un evento particular en mi vida y decir: “Eso fue un milagro”.

Y, si soy honesto, esto no me molesta en lo más mínimo. No me molesta en lo más mínimo porque en muchas ocasiones he sido testigo de algo que considero igualmente significativo o quizás incluso mucho más significativo: he sido testigo de la evidencia, la complejidad y el momento perfecto de la providencia de Dios. He sido testigo de cómo Dios ha arreglado cuidadosamente las circunstancias para que los acontecimientos se desarrollen de una manera que pruebe Su detallada participación en los asuntos del hombre. He sido testigo de situaciones en las que las cosas “simplemente sucedieron” de tal manera que solo pude llegar a concluir: “el Señor hizo esto”. 

Relato una de ellas en Estaciones de aflicción, en el capítulo titulado “Ángeles desconocidos”. Hablo de un día en que Aileen y yo estábamos particularmente tristes, particularmente abrumados por el dolor. Fuimos al cementerio para conmemorar el que habría sido el día de la boda de Nick. Y mientras estábamos llorando juntos, una encantadora pareja cristiana se acercó a nosotros y nos explicó que habían estado leyendo mis noticias. Nos mostraron dónde estaba enterrado su hijo cerca de allí y luego oraron por nosotros, oraron para que Dios nos consolara.  

Esto no fue un milagro. Este no fue un evento extraordinario y sobrenatural que se apartó de los procesos naturales observados. Dios no llamó a estas personas desde el cielo ni las fabricó de la nada ni las transportó instantáneamente desde lejos. Más bien, dispuso que visitaran la tumba de su hijo ese día y a esa hora (aunque no era su costumbre) y que Aileen y yo visitáramos la tumba de nuestro hijo ese día y a esa hora (aunque no era nuestra costumbre). Mucho antes de esto, había dispuesto que nuestros hijos fueran enterrados uno cerca del otro. Lo suficientemente cerca como para que esta pareja nos viera a través de unas pocas filas de tumbas. Había dispuesto que estuvieran familiarizados con mi sitio web y con nuestra historia, y que reconocieran nuestras caras. Él orquestó todo esto para que, cuando más necesitáramos consuelo, dos de los Suyos estuvieran allí para brindárnoslo.

“Estaciones de Aflicción: El Dolor de la Pérdida y el Consuelo de Dios”, escrito por Tim Challies.

Piensa en todos los hilos que debían entretejerse para que se produjera este acontecimiento: los eventos que debían llevarse a cabo, las decisiones que debían tomarse, los horarios que debían alinearse. Cuando nos despedimos ese día, Aileen y yo sabíamos, sin la menor sombra de duda que: Dios hizo esto. De hecho, Aileen ha dicho muchas veces que ese fue el momento en que realmente entendió que Dios nos estaba cuidando en nuestra pérdida. Y no fue por medio de un milagro, sino por medio de la providencia.

Aunque no lo comparto en el libro, una situación similar ocurrió poco tiempo después. Tuve otro día especialmente difícil y una vez más necesitaba estar cerca de Nick. Esta vez fui solo, estacioné en la calle del cementerio y me bajé del auto. Y “casualmente” vi a uno de nuestros diáconos y a su esposa sentados en su automóvil, a punto de irse. Ellos por “casualidad” habían visitado la tumba de Nick ese día y se encontraban allí en ese momento. Así que me acerqué a su auto y les dije: “Estoy teniendo un día difícil. ¿Orarían por mí?”. Y ellos, por supuesto, lo hicieron. Y una vez más supe que Dios había estado presente a través de Su providencia. Supe que había dispuesto esto para mi beneficio y como muestra de Su amor.

Puedo mirar al pasado y contar más historias en las que Dios obró providencialmente en lugar de milagrosamente. Podría contarte acerca de la noche cuando visité a un amigo y “casualmente” me crucé con una de sus vecinas, una joven que estaba jugando con algunos de los niños del barrio. Unos meses más tarde comencé duodécimo grado en un nuevo colegio y la persona que se sentaría delante mío en mi primera clase fue esa misma joven. Nos hicimos amigos, le presenté a Cristo y nuestro próximo aniversario celebraremos las bodas de plata. Y todo comenzó y se desarrolló, no a través de milagros, sino a través de la providencia. Por medio de la coordinación deliberada y compleja que Dios obró de las circunstancias, de las diferentes personas, de los diferentes lugares y de los diferentes tiempos.

Una vez pasé mi hora de almuerzo caminando, agobiado al pensar en si tenía que renunciar a mi trabajo para comenzar mi propio negocio y dedicar más tiempo para escribir. Cuando regresé a mi escritorio, mi gerente me llamó a su oficina, me dijo que me iban a despedir y me entregó un cheque de indemnización. Providencia. Una vez hice clic “al azar” en un enlace de mi blog que me llevó a un pastor que se convertiría en un querido amigo y en cuya iglesia se instalaría mi familia y vendría a servir. Providencia. Una vez mi auto se descompuso en un lugar extremadamente peligroso en la carretera durante una terrible tormenta, solo para ver que una grúa había estado justo detrás de mí. Providencia. Una y otra vez mi vida ha dado testimonio de la belleza de la providencia de Dios.

La providencia de Dios significa que todo ocurre por una razón, tanto las cosas grandes como las pequeñas, tanto el bien como el mal. / Foto: Jhon Montaña

La razón por la que comparto esto es porque conozco que hay muchos cristianos que tienen ansias por recibir milagros y anhelan ver uno. Desean ver un milagro porque están convencidos de que esto fortalecerá su fe y aumentará su confianza en Dios. Y aunque la Biblia no nos prohíbe anhelar milagros, tampoco nos instruye a desearlos. No promete que seremos testigos de uno y no asocia la presencia o la fuerza de nuestra fe con ellos. (De hecho, hace lo contrario). Pero ¿no sería trágico si pasáramos nuestras vidas buscando milagros mientras pasamos por alto la providencia? ¿No sería trágico si Dios estuviera obrando maravillosamente en nosotros, para nosotros, a través de nosotros y a nuestro alrededor, y nos lo perdiéramos porque eligió no obrar milagrosamente?

No estoy diciendo que no debamos orar por milagros. Quizás eso sea especialmente cierto cuando se ora por aquellos cuyo diagnóstico es grave o cuya situación es trágica, y para quienes solo un milagro puede salvarlos. Más bien, estoy diciendo que el poder de Dios se muestra a nuestro alrededor de maneras que son igualmente significativas y tal vez incluso más inspiradoras, si tan solo miramos, observamos y contamos. Porque aunque Dios muestra ocasionalmente Su gloria a través de milagros, lo hace mucho más comúnmente a través de la belleza de la providencia. Búscala y la verás; mírala y lo alabarás por ello.


Este artículo se publicó originalmente en Challies.

Tim Challies

Tim Challies es uno de los blogueros cristianos más leídos en los Estados Unidos y cuyo BLOG ( challies.com ) ha publicado contenido de sana doctrina por más de 7000 días consecutivos. Tim es esposo de Aileen, padre de dos niñas adolescentes y un hijo que espera en el cielo. Adora y sirve como pastor en la Iglesia Grace Fellowship en Toronto, Ontario, donde principalmente trabaja con mentoría y discipulado.

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